viernes, 28 de noviembre de 2008

Si tan sólo...

Todos los días, aproximadamente a la misma hora, a Khaize le gustaba abandonar los estudios y salir a dar un paseo. Solía caminar hasta el límite del vecindario para después tomar el camino de piedras detrás del vetusto edificio que antes funcionara como improvisada capilla y que, tras unos pocos centenares de metros desembocaba en la playa, que a pesar de no ser de particular belleza, siempre había llamado su atención. Pasaba incontables horas mirando los pájaros volar hacia la lejanía. Su alma se maravillaba al ver la danza de formas de las nubes al ser empujadas por el viento, aspirando el embriagante olor de la sal, sintiendo en su piel el áspero contacto de las milenarias rocas sobre las que se recostaba, escuchando el eterno romper de las olas en la playa. La solitaria contemplación del mar y del cielo era lo más cercano a la felicidad que pudiera imaginar. Su mente gustaba de volar hasta donde su cuerpo no podía seguirla. A veces se convertía en aire y se elevaba hasta perderse en el rojo-anaranjado del crepúsculo, empujando a las nubes, enredándose entre las blancas alas del albatros. Otras veces era un pececillo que nadaba entre corales y caracoles y de cuando en cuando jugueteaba cerca de los afilados anzuelos y las redes que los pescadores locales tendían. Su vida era sencilla y transcurría tranquila, siempre ajustándose a esa feliz rutina, hasta una tarde a finales de verano, en la que Khaize caminó un poco más que de costumbre a lo largo de la playa. La razón: más allá de las rocas en las que habitualmente descansaba, casi perdido entre la bruma del atardecer y las faldas de las montañas, había un extraño grupo de rocas de forma tan caprichosa que más de una vez le había hecho preguntarse si en realidad se trataba de rocas o de alguna rara edificación de tiempos antiquísimos. Muy a su pesar, nunca había podido investigar esas extrañas formas que le observaban a la distancia mientras daba sus paseos vespertinos, pero esa tarde era diferente: su estricto tutor se encontraba fuera de la ciudad negociando los contratos de arrendamiento de los múltiples edificios que poseía en los pueblos vecinos. Era un hombre muy poderoso y muy rico, dueño de fábricas, talleres y edificios de apartamentos en toda la región. Seguramente regresaría hasta bien entrada la noche, lo que le daba algunas horas para recorrer la playa.

A medida que avanzaba sobre la húmeda arena de la playa, podía ver cómo lentamente las distantes rocas tomaban una forma parecida a la de un templo tallado en las entrañas mismas de las montañas, en contra de cuyo extremo oriental las olas rompían con tal fuerza que producían una bruma finísima de partículas suspendidas en el aire y dificultaban la visión del templo, sin embargo, al acercarse lo suficiente, dicha bruma se disipaba poco a poco dando paso a escalofriantes frescos pintados sobre las rocas. A pesar de la humedad y del tiempo era posible distinguir imágenes de hombres y mujeres ofrendando a extrañas figuras ricamente ataviadas con plumas de aves y máscaras de jade y metales preciosos, ávidas de regalos y de la sangre de sus siervos humanos, la cual fluía como ríos de los que estos perversos dioses bebían hasta hartarse. Con horrorosos ojos miraban desdeñosamente a los desdichados esclavos que los atendían derramando cuantiosas lágrimas de horror y desesperación. Las enormes garras se hundían en los indefensos torsos desnudos mientras las bocas de afilados dientes les trituraban el cráneo. Por un momento los llantos largamente olvidados invadieron el lugar con su melodía e hicieron a Khaize caer de rodillas en la arena, tratando dificultosamente de respirar, librando una titánica batalla contra el olor de la sangre y la putrefacción de los cuerpos muertos. Se arrastró penosamente los pocos metros que separaban el templo de la playa y hundió la cabeza en el agua.

Después de que la gelidez del mar le devolviera a la realidad, permaneció un largo rato sentado sobre la arena de la playa, tratando de evitar la vista del odiado templo, pensando sin éxito en la manera de regresar por otra vía. Al fin se dio cuenta de que el templo estaba totalmente rodeado por las montañas y el mar. La única forma de regresar era volver sobre sus pasos, volver a ver las imágenes de corrupción, miseria y muerte. Reunió entonces todas las fuerzas de su alma y se volvió lentamente hacia el templo. Con grandes dificultades logró ponerse en pie y comenzar la marcha. Un pie primero, luego el otro, recordándose a cada paso que lo visto hacía unos momentos eran sólo antiguas imágenes plasmadas en la roca por un pueblo olvidado e ignorante, que los olores nauseabundos y los gritos de horror no eran más que el delirio producido por una larga caminata y una jornada entera sin apenas probar bocado. Levantó valerosamente la cara al llegar de nuevo frente a la fachada de los murales para comprobar que su terrible efecto había desaparecido. El terror que hacía unos instantes le hubiera invadido le parecía ahora risible. Las imágenes eran, sí, grotescas, pero representaban solamente la cultura y la religión de los constructores de aquel templo junto al mar. No guardaban relación alguna con el aquí y el ahora. Sin embargo mientras más las observaba, más fascinado se sentía por ellas. Sumido en un trance casi hipnótico se imaginó como uno de los pobres infelices condenados a servir para siempre a aquellos monstruos. Imaginó cómo las garras de los dioses perversos lo estrujaban mientras lo elevaban por el aire justo hasta la altura de sus ojos. Miró fijamente dentro de esas pupilas y halló el odio, la soberbia y la sed de sangre de estos seres atroces. Miró también dentro de las fauces que se cerraban cercenando su cabeza, triturándolo, devorándolo por completo para después escupir sus restos sobre la arena de la playa. Vio cómo su sangre se juntaba con la sangre de otro millar de seres humanos para formar hirvientes ríos que bañaban campos de interminables horrores, tan espantosos que se le antojaba difícil que incluso en el infierno alguien más hubiera conocido. Después se imaginó como un dios asesino. Con sus poderosas garras tomaba los regalos ofrecidos por sus súbditos humanos y se ataviaba con ellos. Hundía sus fauces dentro del grupo de bellos jóvenes que le obsequiaban cada vez que la luna brillaba llena sobre el mar, tomando dos o tres en cada bocado. Sentía el dulce sabor de la carne fresca, de la virtud sin mancilla, de la inocencia infinita.

Aún fascinado por estas visiones, decidió entrar al templo esperando tomar algún objeto que le recordara por siempre su peculiar aventura. Avanzó directamente hacia la entrada con pasos tan firmes que habrían retumbado de no ser porque la arena los absorbía hambrienta. Se detuvo poco antes de entrar y miró hacia la profundidad. El paso de los años había convertido el interior del templo en poco más que una gruta ordinaria. Las estalactitas y estalagmitas se juntaban entre sí haciendo casi imposible el paso. El olor de la sal impregnaba el ambiente y sólo el lento y monótono goteo del agua hería el silencio, desgarrándolo como el cuchillo desgarra a la tela. Ágilmente se escurrió por entre las formaciones rocosas y los charcos de salitre mojando de cuando en cuando sus pies casi descalzos, enfundados sólo en unas viejas sandalias, hasta llegar a lo que debió haber sido la nave principal. Caminó en línea recta hasta llegar al altar de piedra, en donde encontró diversos objetos usados en los rituales de los dioses asesinos: cuchillos de piedra, restos de vasijas en las que supuso se depositaban las vísceras de los sacrificados, lanzas, y máscaras, todos esparcidos sobre el suelo desde hacía tanto tiempo que éste ya comenzaba a devorarlos con bocanadas de sedimentos y sal. Un tenue rayo de luz entraba desde una grieta en la montaña bañándolo todo con un pálido resplandor. A su derecha un estrecho camino daba la vuelta por detrás del altar principal y se perdía entre las sombras. Hurgó en sus bolsillos en busca del áureo encendedor que solía cargar consigo. Su frío y duro tacto le dio el valor para emprender el camino hacia la oscuridad. Lo encendió y contempló fascinado el danzar de la flama y las ondulaciones de luces y sombras que ésta producía dentro del templo al avanzar a través del camino. Absorto como estaba, perdió noción de tiempo y distancia hasta que repentinamente cayó en la cuenta de que había llegado hasta una bóveda con un techo tan alto que más bien parecía una enorme gruta. Impulsado por una curiosidad incontrolable, siguió caminando hasta ver una escalera de caracol que bajaba hacia las tinieblas. Se detuvo ante ella, la rodeó lentamente en busca del punto de acceso, y entonces volvió la vista. La obscuridad era tan densa que más allá de los tres o cuatro metros que iluminaba con su encendedor no lograba ver nada. Aterrorizado, se dio cuenta de que la obscuridad aparecía ante él igual en todas direcciones y le cerraba el paso. No podría regresar por donde había llegado sencillamente porque no sabía por dónde había llegado. A pesar de todo, la singular escalera en el medio de la cueva le brindó algo de calma: una escalera significaba civilización, y la civilización, aún hallándose solo en el interior de una montaña, significaba compañía.

Decidió entonces bajar por la escalera pensando que tal vez habría otra salida al llegar al otro extremo. Comenzó el descenso lentamente, haciendo oídos sordos a sus propios pensamientos que constantemente le recordaban que se encontraba en una cueva en las entrañas de una montaña a la orilla del mar. Decidió apagar su encendedor para conservar el precioso combustible que tal vez necesitaría más adelante. La inmensa obscuridad se cerraba sobre él como una espesa manta negra. Pudo sentir sus pupilas dilatarse en un vano intento por captar más luz. Alzó los brazos frente a su cara, sacudiéndolos con frenesí para tratar de verlos y se sorprendió de no ser capaz de distinguir cosa alguna, ningún cambio en las sombras, ningún punto en el que la obscuridad apareciese más o menos densa. Palpó el aire delante de él hasta encontrar el herrumbroso pasamanos del cual se asió para comenzar nuevamente su marcha. Paso a paso continuó descendiendo durante lo que le pareció una eternidad. El ruido de sus pasos hacía un eco tremendo que le helaba el corazón y le turbaba la razón al pensar en la inmensidad de la cueva en la que estaba metido. Sintió el impulso de volver sobre sus pasos, pero nuevamente pensó que lo mejor sería continuar. Y así lo hizo. No sabría decir si avanzó por diez, quince o treinta minutos; acaso hubieran sido un par de horas o tal vez más. El tiempo parecía haber perdido su significado o al menos haber sido sustituido por una parodia de sí mismo. Su propio cuerpo se sentía distinto, como si sus sentidos se hallaran embotados por un hormigueo parecido al de una intoxicación alcohólica, aunque no sabría decirlo -Khaize nunca había sufrido una-. Su respiración era lenta y profunda y su corazón latía casi al mismo ritmo con el que sus pies devoraban los peldaños bajo ellos. Un punzante dolor lo sacó de su sopor. Era como la mordida de una gran serpiente de afilados colmillos clavándose en su planta. Se quitó la sandalia y palpó su pie. Se sentía tibio, húmedo y viscoso. Al llevarse la mano hacia la nariz sintió el dulce olor de la sangre y entonces se sintió perdido, desesperado y herido y gritó con todas sus fuerzas, lanzando maldiciones a su suerte, a la cueva y a los horribles dioses del templo. El eco le devolvió sus maldiciones multiplicadas mil veces, causándole un nuevo estremecimiento que subió por todo su cuerpo, desde las piernas hasta la nuca y sintió cómo las fuerzas le abandonaban. Mientras rodaba escalera abajo pensó que nunca volvería a levantarse, que bajaría dando tumbos hasta el infierno, pues ese era seguramente el lugar al que conducía aquella horrible gruta, con su maldita escalera de caracol, que era como una lengua que lo envolvía y lo llevaba hacia las tinieblas y la muerte.


II

Al cabo de algún tiempo Khaize despertó. Aunque seguía sumido en la total obscuridad, se sintió feliz de hallarse con vida. Supuso que cuando sufrió aquel desmayo se hallaba ya cerca del final de la escalera. Sentía el dolor de la caída en todo su cuerpo, se sentía magullado y casi sin fuerzas, con la lengua pastosa y un sabor como a centavo en la boca. Palpó su cuerpo en busca de algún hueso roto o alguna herida abierta. Nada. Se incorporó con trabajo y buscó nuevamente a tientas la escalera, la odiada escalera que era a la vez su único punto de referencia, su chaleco salvavidas en medio del enfurecido mar de tinieblas que le envolvía. Estaba ahí frente a él. Con desesperación se aferró a ella y así permaneció durante algún tiempo hasta que se sintió un poco mejor y decidió continuar su camino. Ahora menos que nunca podía volver. Su única alternativa era continuar hacia adelante, lo que fuera que eso significase. Con no pocas dificultades logró incorporarse y comenzó a buscar a tientas su encendedor palpando el suelo húmedo y salitroso. Cuando al fin lo halló, rogó al cielo que aún funcionara. Lo tomó nerviosamente y secó con frenesí el pequeño rodillo metálico con su camisa hasta que estuvo convencido de haber eliminado cualquier rastro de humedad. Deslizó el pulgar con firmeza una, dos, tres veces. Nada. Cuatro, cinco, seis, siete. Un nudo comenzó a formarse en su garganta mientras las lágrimas llenaban sus ojos. Intentó una vez más y la pálida flama iluminó su semblante desesperado, debajo del cual asomaba un dejo de satisfacción por la atinada decisión de ahorrar combustible: no habría sabido qué hacer de haber tenido que continuar a oscuras. Levantó la mirada hacia la escalera sólo para ver cómo se perdía en las tinieblas y la inmensidad y comenzó a caminar nuevamente, apagando a ratos su encendedor para conservar el precioso combustible.

Estuvo caminando durante algún tiempo hasta que la obscuridad comenzó a disiparse lentamente. A lo lejos se veía una pequeña luz. Sin ningún punto de referencia, Khaize calculó que estaría a unos trescientos metros de distancia. Aún a sabiendas de que este cálculo era caprichoso, le daba un sentido de realidad a su situación. Siguió avanzando paso a paso hacia la luz, respirando lenta y profundamente, sintiendo cómo temblaban los engarrotados músculos de sus muslos y pantorrillas. La brisa tibia y fresca lo adormecía y un par de veces se tumbó en el suelo para descansar. A pesar de que la luz aparentaba llegar a él horizontalmente, en sus piernas sentía como si estuviera escalando un muro casi vertical, adherido a él como una mosca. Incluso extendió los brazos frente a su cara buscando alguna evidencia de tal muro, algo que le indicara que ascendía. Tanteó algunas veces sin poder hallar nada y eso lo hizo sentir desconcertado. Tenía la certeza de que la luz se veía directamente frente a él, de eso no había duda. Pero tampoco había duda del dolor en sus pantorrillas, de la tensión en los muslos, del hecho de que tenía que inclinarse hacia adelante a cada paso, exactamente como si estuviera subiendo. Pero nada de eso importaba realmente, sólo la luz poseía algún significado dentro de esa cueva maldita. Sólo debía pensar en hallar la salida, en escapar de ahí rápidamente. Correr hasta llegar a casa y tumbarse en su cama con la luz encendida, siempre encendida. Jamás volvería a apagar la luz. Ya había tenido tinieblas suficientes para el resto de su vida.

A la distancia el pequeño punto de luz se volvía cada vez más opaco y más azul mientras que la brisa que antes era tibia se iba enfriando lentamente, no lo suficiente como para preocupar a Khaize, pero sí para causarle algún escalofrío furtivo. Además sus ropas seguían mojadas. Poco antes de llegar a la salida -ahora sabía que la luz era una abertura lo suficientemente grande para salir a través de ella- aparecieron las primeras estrellas brillando débilmente sobre el tapiz azul-violeta del cielo. Con un último esfuerzo Khaize logró al fin salir de la cueva. La salida había resultado ser un agujero en el suelo. Curioso, tomó un pequeño guijarro y lo echó a las tinieblas. Escuchó cómo caía dando tumbos una distancia enorme hasta que al fin el sonido se hizo tan débil que dejó de percibirlo. Esto, sin embargo, no significaba que el guijarro se hubiese detenido, sino que sencillamente había caído a una profundidad tan grande que ni siquiera el sonido lograba escapar de ella. Sin embargo Khaize habría jurado que todo su trayecto dentro de la cueva había sido en línea recta, una línea horizontal y recta. Una vez más la naturaleza lo empujaba hacia adelante, primero con un mar de tinieblas, ahora con un abismo de profundidad inconmensurable. Fue hasta este momento que, al mirar en derredor, Khaize se dió cuenta de que no sabía donde se encontraba. Esperaba encontrar la playa y las luces de la ciudad a la distancia, sin embargo parecía estar en una especie de meseta en medio de la nada, una pequeña montaña con la punta recortada. Calculó su altura en unos trescientos metros y recordó cuando, en el interior de la cueva, al ver la luz por primera vez, había calculado esa misma distancia. ¿Acaso sería posible que hubiera ascendido caminando por el interior de la montaña? Las laderas eran casi verticales, la meseta era un cuadrado casi perfecto de unos 50 metros de lado, desolada y cubierta sólo de una arena finísima y amarilla y algunas pequeñas rocas. A la distancia se veían cientos, tal vez miles de mesetas similares distribuidas ordenadamente, de manera simétrica, formando motivos similares al código de Braile. El día comenzaba a morir lentamente, el sol se escondía detrás de una de las mesetas, la más alta de todas, de la cual parecían surgir todas las demás como un manto, llenando el horizonte de resplandores de color naranja. De nuevo se sintió presa del miedo. No quería pasar la noche allí, solo, sin ningún lugar para refugiarse, sin saber dónde estaba o cómo volver a casa. La fuerza le volvió a abandonar y cayó sobre sus rodillas. Cubriendo su cara con las manos comenzó a llorar amargamente. ¿Qué sino maldito le había hecho ir más allá de su escondite habitual? ¿Por qué no había salido corriendo -como lo hubiera deseado- al ver los horribles frescos del templo de rocas? Pues si ha de ser así -pensó- que así sea. Retrocedió algunos pasos, tomó impulso y se lanzó hacia el vacío con tal velocidad que pensó que tal vez lograría salvar la distancia desde su meseta hasta la meseta más proxima.

Y lo logró. Mientras saltaba se sintió inexplicablemente impulsado por una fuerza desconocida que lo guió justo hasta el centro de la meseta más próxima. También inexplicablemente aterrizó sobre sus dos pies sin sentir mayor impacto que el que uno siente al pegar un pequeño brinco en su lugar. Repentinamente el suelo cedió bajo sus pies con un horrible estruendo y Khaize sintió cómo se desplomaba hasta el fondo de un abismo interminable. Mientras caía, la arena amarilla llenaba sus ojos y abrasaba sus pulmones y sus gritos de horror y desesperación fueron engullidos por un silencio tan espeso que casi podía palparse. Sin embargo, a diferencia del abismo en la meseta anterior, este se hallaba iluminado por la tenue luz amarilla de millares de pequeñas antorchas empotradas en las paredes. Khaize se percató de esto una vez que el horror inicial de la caída se hubo disipado junto con el polvo y las rocas, después de más de diez minutos en caída libre. Incluso dejó de ser consciente de que caía, sólo una sensación de extraña ingravidez comenzó a invadirlo, y si no fuera porque podía ver cómo descendía a través del abismo a una velocidad increíble, habría jurado estar flotando en el aire. Se sentía tranquilo y en paz por primera vez desde que iniciara su aventura en el templo de los dioses perversos, cuyos retratos se hallaban también en las paredes de este abismo. Pensó si habrían estado en la meseta anterior, la de la obscuridad, y si de igual manera se encontrarían en el resto de las mesetas que había en ese valle maldito. Esas imágenes seguramente habían sido pintadas por manos no humanas, tal vez por horribles demonios voladores o por gigantes primigenios al servicio de aquellos dioses que parecían observarlo con sus ojos burlones y sus bocas torcidas en sonrisas grotescas mientras descendía hasta el centro mismo de la tierra.

Nuevamente aterrizó -por fin- sobre sus dos pies de manera extrañamente silenciosa junto a una escalera de caracol. A pesar de la inmensa altura de la que había caido, no se hizo ningún daño ni sintió dolor de ningún tipo. Pero lo que más lo fascinó fue la escalera. Estaba hecha de un metal parecido al acero, pulida intensamente, de modo tal que su superficie reflejaba como si fuese un espejo. Sus escalones anchos y pesados se incrustaban en un tronco grueso de una manera tan perfecta que era imposible distinguir ninguna unión. Daba la sensación de haber sido construida en una sola pieza a partir de un trozo inmenso de aquel metal lustroso. Al alzar la vista, Khaize se percató que era tan enorme que se perdía en la inmensidad de la cueva. Sin embargo, a diferencia de la cueva de la obscuridad, esta vez sabía que la escalera no llegaba tan alto como para alcanzar la meseta de polvo amarillo. Ni siquiera recordaba haberla visto mientras caía, lo cual lo llenó de desconcierto y de una firme intención de averiguar hasta dónde llegaba la escalera, aún si el ascenso le tomaba horas o incluso días. Estaba ahora convencido de que en estas cuevas el tiempo era sólo una parodia de sí mismo, tras haber caído en la cuenta de que durante todo su trayecto no había sentido hambre, sed o cansancio. Ya no pensaba que de vuelta en casa habría brigadas de rescatistas tratando desesperadamente de hallarlo, buscando debajo de cada piedra, detrás de cada árbol, en el fondo de cada río. No le sorprendería regresar para percatarse de que todo este episodio había durado apenas un par de minutos de tiempo real. Tal vez todo esto era sólo una ensoñación, un letargo hipnótico al cual lo había inducido el eterno romper de las olas sobre la playa y el olor intenso y penetrante de la sal. Apretó los párpados respirando lenta y pausadamente, con la necia esperanza de que al abrirlos se encontraría de nuevo tumbado sobre las rocas de la playa. Inició el ascenso tras abrir los ojos y descubrir que seguía en la maldita cueva.

Sería difícil tratar de hacerse una idea del tiempo que Khaize empleó para ascender por la escalera, si tan sólo hubiese algún punto de referencia habría sido posible contabilizar los latidos del corazón, la frecuencia de la respiración, el oscilante danzar de las llamas en las antorchas, cualquier cosa que le diera algún sentido al propio concepto del tiempo. En lugar de Esto, Khaize se percató de que al llevar su mano al pecho, el latido de su corazón era absolutamente imperceptible, al intentar inspirar profundamente, notó que su pecho no se inflamaba, al mirar las miles de antorchas que iluminaban el interior de la cueva, éstas parecían pequeñas lámparas pues a diferencia de lo que sucede en una antorcha común, las flamas no oscilaban. Todo el interior de la cueva parecía permanecer estático, como si se tratara de una pintura infernal en la cual Khaize era el único elemento cambiente, subiendo los peldaños paso a paso, quizá lentamente o quizá rápidamente. No había manera de saberlo. Durante todo el trayecto Khaize podía sentir las vibraciones que sus pisadas producían en los escalones, sin ser capaz de percibir ningún ruido. Renunció a la idea de gritar en cuanto notó que no le era posible respirar. En medio de su tremenda confusión intentó articular una explicación que diera sentido a todo lo que había a su alrededor. Un pensamiento obscuro y macabro rondaba su cabeza, golpeando insistentemente sus sienes como sólo el terror puede hacerlo. Pero este era un terror distinto al miedo a la muerte, era el terror de pensar si esto era todo lo que había más allá de la vida: mundos interconectados de silencio infinito, de obscuridad infinita y quién sabe de qué tantas cosas más. Tal vez habría mundos donde fuese imposible sentir, donde no existieran los conceptos de arriba y abajo, donde la ausencia de sentidos pudiera sumirlo en los profundos abismos de un cascarón insensorial, ¡Y todos esos mundos repartidos en las horribles mesetas amarillas! Todos ellos con la soledad como un negro fondo. Como el escenario en el que ocurrían los sucesos de esta extraña obra. Sin embargo -pensó- tal vez subiendo por esta escalera llegue nuevamente al templo y pueda salir de aquí. En todo caso, es preferible seguir avanzando en vez de arriesgar a convertirme en una más de las imágenes que adornan estas grotescas paredes.

Cuando al terminó de subir por la escalera, se halló nuevamente en la gigantesca gruta, sólo que en esta ocasión no era una gruta obscura plagada de salitre, estalactitas, estalagmitas y sedimentos, sino una gran bóveda iluminada por una misteriosa luz cuyo origen era imposible discernir y cuyas paredes estaban hechas de un material parecido al mármol, tan lustroso que casi podía ver su reflejo en ellas. Recorrió el resto del camino -que ya sabía de memoria- hasta llegar al templo. ¡Qué bello era el templo! Bañado con esa hermosa luz aperlada, algo que tenía que mostrarle a todos en Altíos. Seguramente se sentirían tan felices como él se hallaba en ese momento, después de su extraña aventura. Al trasponer la entrada principal vio algunos de los frescos más piadosos, imágenes hermosas de hombres y mujeres que se entregaban a sí mismos por un inmenso amor hacia sus benefactores, y no pudo evitar dejar escapar un par de lágrimas, hecho un poco vergonzoso para un joven de su edad y posición, pero a fin de cuentas estaba solo. Podía sin duda permitirse este tipo de gestos. Sería su propio pequeño secreto. Siguió entonces su camino a Altíos, deseoso de enseñar a su tutor y a Eepelas los prodigios de que acababa de ser testigo.

III
Al contrario de lo que la gente piensa, no siempre he sido un hombre agraciado. Desde la más tierna de las edades, mientras los demás niños aprendían con entusiasmo los secretos del universo a través de las ciencias y las artes, yo me dedicaba sólo a una silenciosa contemplación del mundo a mi alrededor. Nunca hallé satisfacción alguna en la superioridad intelectual ni en los deportes o las artes. El mundo me daba lo mismo y cada nuevo amanecer, yo sólo anhelaba que el día se fuera rápidamente, dando paso de nuevo a la noche en una interminable sucesión que me llevaría finalmente al dulce reposo eterno. Es por eso que nadie jamás puso sus esperanzas en mí. Mi pobre padre murió bajo las pezuñas de un furioso toro en un rancho de Bonanza, en donde trabajaba com peón, antes de que yo aprendiera a caminar, y mi madre comprendió rápidamente que yo no iba a brindarle ninguna seguridad en su vejez. En lugar de eso, sería una pesada carga para ella; y una muy hambrienta boca que alimentar. Por esa razón decidió marcharse abandonándome a mi suerte apenas hube cumplido los diez años. No he vuelto a verla en la vida. Nunca más volví a descansar mi cabeza en su regazo mientras ella cantaba canciones infantiles acerca de estrellas y hadas, de magia y de princesas; sus lágrimas cayendo lentamente sobre mi frente, resbalándome hasta las sienes para luego caer en la tierra seca. No le guardo ningún rencor. Creo que hizo lo correcto. Yo mismo debí haberlo hecho cuando llegó mi momento... pero no lo hice.

Mi vida transcurrió de manera más o menos normal. Me convertí en un hombre, tomé por esposa a una muchacha local e inicié una familia por mi cuenta. Siendo mi gran tamaño y fortaleza física los únicos atributos que la naturaleza me había dado, decidí aprovecharlos para ganar el sustento para mí y para los míos, y conseguí empleo como sacaborrachos en el pequeño club nocturno local. Era un trabajo fácil puesto que todos en el pueblo me conocían y eran pocos los que, embriagados o no, hubieran osado enfrentarme con los puños. Mis noches eran tranquilas, rodeado de mujeres jóvenes –aunque definitivamente no hermosas– en poca ropa, cervezas, billar y costillas de cerdo en salsa picante para cenar. Una vida sencilla y feliz, sin aspiraciones ni preocupaciones. Mi turno terminaba a las 4:30 de la madrugada y no eran pocas las ocasiones en que decidía caminar los diez kilómetros que separan Bonanza de Altíos, respirando a grandes bocanadas la salada brisa del mar estival a cada paso, sintiendo en mis pulmones el sabor del agua y la frescura del nuevo día, apenas por comenzar.

Encontré a Khaize una de esas noches en que regresaba a casa después de una noche de trabajo. Quiso el destino que precisamente esa noche, particularmente fría y nublada, mi vieja pick-up exhalara su último aliento a la mitad del camino hacia Altíos, un par de horas antes del amanecer. Me apeé con fastidio, caminé hacia el frente y levanté el capó con un suspiro, casi como si supiera qué hacer pero estuviera muy cansado para hacerlo. No me tomó más que un par de segundos comprender que mis exiguos conocimientos de mecánica no eran suficientes para reparar mi camioneta e irme a casa, así que decidi cerrar el cofre nuevamente y caminar. A la mañana siguiente regresaría con un mecánico.

Extrañamente comenzó a amanecer poco menos de diez minutos después de haberme puesto en marcha. Las primeras luces del alba iluminaron el mar a mi izquierda y las marismas a mi derecha, mientras avanzaba sobre la carretera. La blanca bruma danzaba como una flama en una vela sobre las marismas, empujada por la brisa del atlántico. El frío se me colaba entre los huesos subiendo lentamente por mi espalda, provocándome escalofríos y llenándome los ojos de lágrimas. Entonces vi a la distancia una silueta sobre los nenúfares. Parecía un niño pequeño o una de esas criaturas que la gente llama shanneks, de los que se dice que son niños con cara de anciano que gustan de atraer hacia ellos a los viajeros extraviados, haciéndolos vagar por varios días hasta perder la cordura. Este último pensamiento me llenó de un extraño miedo que, sin embargo, me hizo seguir avanzando, sintiendo mi corazón como el batir de un enorme tambor que hacía estremecer todo mi interior.

Seguí cada vez más de prisa hasta que la niebla se disipó y pude ver claramente. Era un niño hermoso, más o menos de un año de edad, sin más ropa que unas sandalias de goma. Sus grandes ojos negros me miraban fijamente debajo de unas pestañas espesas y largas. Era como si supiera que iba a ir por él. Como si hubiera estado esperando precisamente por mí. Corrí precipitadamente sobre las hojas, lo tomé entre mis brazos rápidamente –estaba helado- y lo cubrí con mi camisa. Su pequeña mandíbula temblaba frenéticamente mientras se pegaba contra mi cuerpo tratando de hallar algo de calor. Corrí con él de regreso hasta la orilla de la carretera y después de un muy breve interrogatorio, pronto fue claro para mí que aún no sabía hablar. Sin embargo, dentro de mí sentía como si él me entendiera, como si ambos fuésemos partícipes de un extraño lenguaje que sólo nosotros comprendíamos. Grité desesperadamente hacia la marisma durante algunos minutos tratando de llamar a los padres del niño pero el batir de las olas en la playa detrás de mí fue mi única respuesta. A la distancia mi averiada camioneta aún se distinguía como un pequeño punto de color rojo. Miré al pequeño una vez más y decidí llevarlo a casa.

IV
Al contrario de mí, Khaize se convirtió en un muchacho lánguido y débil, con una habilidad extraordinaria para los estudios. Curiosamente en una persona joven, sentía una especial fascinación por la historia y la literatura. Al igual que yo, era reservado y solitario. Su única alegría en la vida consistía en tumbarse sobre las rocas de la playa a observar el atardecer. Mi otra hija y mi esposa habían muerto años atrás a causa de una horrible epidemia de fiebres que atacó todo el sur del país, diezmando la población. De los supervivientes, la mayoría emigraron a otros lugares, temerosos de que el aire maldito de la región aún podría cobrar más vidas. Fue entonces, en medio de la desolación y la muerte, cuando comenzó mi ascenso hasta prácticamente convertirme en el dueño de Altíos. Con la cuidad prácticamente abandonada, las tierras quedaron a disposición de quien quisiera y pudiera tomarlas, imperando la ley del más fuerte sobre lo poco que aún quedaba de orden y autoridad. Pocos años después, se descubrieron en el sur yacimientos ricos en hidrocarburos y gas natural, lo que convirtió nuevamente a Altíos de pueblo fantasma a importante centro industrial. Logré contratos y concesiones importantes con las compañías de transporte que pretendían tender líneas de ferrocarril y carreteras a través de mis tierras, llegando a ser en poco menos de seis meses uno de los hombres más importantes de la región.

Pronto llegaron a Altíos oleadas de extranjeros de piel cobriza y facciones toscas que decían provenir del sur. Se establecieron a lo largo de la costa en pequeñas casas de formas extrañas que a veces resemblaban montículos de piedra o volcanes en miniatura. En las mañanas brumosas, que después de la epidemia habían aumentado considerablemente, tanto en intensidad como en frecuencia, las casas de estos extranjeros adquirían un peculiar parecido con las formaciones rocosas que había más allá de los límites de la cuidad. Esto llenaba de desconfianza a los viejos habitantes de Altíos, a los que dichas formaciones siempre habían causado un miedo difícil de explicar. Yo nunca conocí a nadie que se hubiera aventurado más allá de las escolleras del faro e incluso a mí mismo me producía escalofríos la idea de alejarme demasiado de la ciudad caminando sobre la playa, hacia el sur, sobre todo cuando la bruma caía sobre la tierra como una cortina de seda grisácea. Incluso la carretera que corría a lo largo de toda la costa del Este, al llegar a Altíos se desviaba bruscamente una decena de kilómetros tierra adentro, para luego salir nuevamente hacia el mar sólo hasta después del estuario del río Kinimcasto, a casi 100 kilómetros de distancia. Era como si todos supieran que esa zona estaba prohibida para el hombre, como si, consciente o inconscientemente, evitáramos cualquier contacto con ella. Incluso la naturaleza paticipaba de este acuerdo cubriendo toda esa área con una bruma espesa y casi perenne, independientemente de la estación del año.

Cada vez fue más evidente para mí que, si bien Khaize normalmente rehuía la compañía de las demás personas y no hablaba con nadie a menos de que fuera necesario, intercambiando cuando mucho algunos monosílabos y frases más bien lacónicas, eso si, con gran amabilidad y siempre esbozando su hermosa sonrisa; era en compañía de los extranjeros cuando parecía más a gusto. Y aún entre éstos, disfrutaba especialmente conversar con los de mayor edad. En poco tiempo se hizo muy allegado a Eepelas Tewigan, un hombre de unos sesenta años, que llegó con una caravana de inmigrantes el año del décimo cumpleaños de Khaize y a quien tomé como mozo doméstico poco tiempo después.

Eepelas era un hombre muy carismático y muy sabio, cualidades que no siempre resultaban evidentes a primera vista, pues sabía esconderlas muy bien detrás de su rostro duro como la piedra y sus modales toscos, propios de casi todos sus conciudadanos. A pesar de su gran sabiduría, decía desconocer el origen de su extraño nombre, atribuyéndoselo un poco en broma y un poco en serio a algún capricho de su padre, el cual, después de haber vivido durante cuarenta años bajo el nombre de Sebastián, un día, sin más ni más decidió comenzar a llamarse Eepelas Hannatiel Tewigan y a rodearse de personas misteriosas, casi siempre de edad avanzada, con las cuales se encerraba por las noches durante largas horas, frecuentemente hasta el amanecer. A pesar, o tal vez a causa de su misterio y de esa casi hipnótica forma conque lo relataba, tanto Khaize como yo mismo encontramos rápidamente en Eepelas un compañero de conversación y un hombre de confianza respectivamente. Fue tal su impacto sobre nosotros que puedo decir, sin lugar a dudas, que si a alguien en todo Altíos pudiésemos considerar como familia, ambos habríamos dicho que ese alguien era Eepelas. Fue por esta razón que en poco tiempo, Eepelas pasó de ser un mozo doméstico a mi asistente personal y mi brazo derecho en casi todos mis asuntos.

Una mañana a finales de verano, pedí a Eepelas que me acompañara a Bonanza a renegociar los contratos de arrendamiento de algunos de los edificios que ahí poseía. Salimos muy temprano y estuvimos fuera hasta muy entrada la noche. La negociación había sido todo un éxito y decidimos visitar el antiguo club nocturno en el que trabajara hacía tantos años. Tomamos algunos tragos y entre copas, bailarinas y conversaciones con antiguos amigos, llegó nuevamente el día, seguido de la tarde. Nos despedimos entre efusivos abrazos y promesas de un pronto retorno y tomamos el camino de regreso a Altíos. Yo me tumbé en el asiento trasero del automóvil, sintiéndome verdaderamente exhausto mientras Eepelas tomaba el volante. Le pedí que condujera lentamente para disfrutar del bello paisaje mientras le contaba la historia de cómo había encontrado a Khaize. Mis ojos se cerraron sin darme cuenta y cuando volví a abrirlos, apareció frente a ellos la cara de Eepelas, pálida como un muerto. Su voz desesperada me urgía a acompañarlo a la playa. Me levanté rápidamente, aún sintiendo un leve mareo y corrí tras él hasta el límite del vecindario. Rodeamos la capilla abandonada y tomamos el camino de piedras hasta la playa. Sobre una gran roca plana vi lo que hasta el día de hoy considero al mismo tiempo la imagen más bella y la más espantosa visión.

Khaize se veia tan sereno, con sus grandes ojos negros abiertos, como si mirara hacia el horizonte y su cabello cayendo desordenadamente sobre su rostro. Sus flácidos miembros se extendían a sus costados y el pecho permanecía inmóvil. Me acerqué a él lentamente, sintiendo como si mi propia vida se me escapara a cada paso, y acaricié sus frías mejillas con desesperación mientras mi mirada se nublaba. Eepelas mientras tanto se apresuró a tomarlo por los tobillos e indicarme que necesitábamos llevarlo a lo largo de la playa, a un lugar que él conocía. Era tanta la seguridad y la firmeza de su voz y tan grande mi estupor que le obedecí sin decir una palabra, como un autómata.

A pesar de la hora del día y de que estábamos en verano, conforme avanzábamos por la playa, el aire se iba haciendo cada vez más y más brumoso, como un extraño sueño en el que nos dirigiésemos hacia las puertas del cielo, o del infierno. Eepelas me indicó que siguiera caminando a lo largo de la playa hasta llegar al templo en las rocas. Él a su vez iría de nuevo a la ciudad a conseguir algunos brebajes, cuyos nombres eran tan extraños que ni siquiera puedo recordarlos. Nos separamos entonces y yo seguí caminando con Khaize a cuestas, sintiendo cada vez más su pequeño y esbelto cuerpo tan pesado como si se tratara de un pedazo de plomo, sintiendo cómo mis pies se hundían en la tierra a cada paso. Parecía como si la propia arena de la playa tratara de evitar que yo siguiera caminando, como si quisiera sepultarme vivo, tragarme y no dejarme salir nunca más. Pero a pesar de todo esto y del enorme temor que siempre me había inspirado aquella parte de la playa, era incapaz de desobedecer e incluso de comprender las órdenes de Eepelas, como si su voluntad actuara a través de mi cuerpo y yo no fuera más que un instrumento de sus designios, así que seguí caminando con mi preciosa carga hasta llegar al templo. Era algo majestuoso, horroroso y bello a la vez. Labrado en las entrañas mismas de las montañas, con las cuales se confundía en algunas partes, su majestuosidad me recordaba a la antigua ciudad de Petra, en el medio oriente. Sin embargo, a diferencia de las desnudas paredes de Petra, en las paredes de este templo había algún tipo de pinturas de monstruos emplumados o vestidos con plumas de colores que, aunque desgastados por el paso del tiempo, debieron haber sido brillantes cuando fueron creadas, siglos o probablemente milenios atrás. Tratando de obtener una mejor perspectiva de las imágenes, me alejé de la entrada del templo caminando hacia atrás lentamente, hasta sentir el agua del mar en mis tobillos, fascinado por las pinturas tropecé al pisar sin darme cuenta una enorme caracola blanca, dejando caer el cuerpo de Khaize sobre la arena. Una ola furtiva llegó hasta la orilla, sumergiendo el rostro de Khaize y llenando sus ojos de arena. Durante un breve instante, tal vez una milésima de segundo, o tal vez incluso menos, el rostro sumergido de Khaize se vio como lleno de vida, como si me mirara desde debajo del agua mientras jugaba a bucear. Podría haber jurado que me miró. Una oleada de terror recorrió todo mi cuerpo y me apresuré a levantar a Khaize y llevarlo a la entrada del templo. Lo coloqué sobre la arena y tomé su rostro entre mis manos, estrujándolo con fuerza mientras lloraba desconsoladamente. Lo cubrí de besos casi hasta desmayarme. Todo parecía tan doloroso, tan irreal. Me tumbé sobre la arena, junto a su cuerpo y miré hacia la lejanía, tratando con todas mis fuerzas de no pensar en nada.

Eepelas llegó poco después, trayendo consigo algunos frascos de vidrio llenos con algún tipo de brebaje de color rojo obscuro y un olor extremadamente potente y fétido que vertió dentro de la boca de Khaize uno a uno. Después de esto, me indicó que lo acompañara dentro del templo. Tomé a Khaize nuevamente y caminé detrás de mi extraño guía a lo largo de la nave principal hasta llegar al altar, detrás del cual, escondida entre las sombras, había una estrecha escalera de caracol que bajaba hasta las catacumbas. Comenzamos el lento descenso y cuando faltaban sólo un par de escalones para llegar al suelo, una vez más tropecé, dejando caer a Khaize. Me maldije a gritos por mi estupidez y el eco me devolvió mis maldiciones multiplicadas por mil. Eepelas me miró con severidad y puso el dedo índice delante de sus labios cerrados, indicándome que no hiciera ruido. Seguimos caminando en silencio hasta llegar hasta donde se encontraban los cajones mortuorios y los osarios, cajones de piedra que tal vez debido a la composición química del suelo mezclada con el agua del mar, tenían una tonalidad amarillenta o anaranjada. Eepelas tomó del suelo una gran roca y con ella practicó un agujero sobre la tapa de uno de los cajones, apenas lo suficientemente grande para que pudiera pasar a través de él el cuerpo de un adolescente. Colocamos a Khaize dentro y nos apresuramos a salir del templo.



-- To be continued --

Amada mía

Qué suave -pensó Amado- se siente su piel. Sus manos son tan delicadas y pequeñas, y sus dedos tan largos y finos. Debe ser una princesa, un ángel!

El tren seguía su marcha incansablemente por el túnel obscuro e interminable. Al llegar a cada estación se detenía sólo el tiempo indispensable para que los pasajeros ascendieran y descendieran, en ese orden, de los vagones. A bordo de un vagón del metro en horas pico, el ser humano muestra su verdadero rostro, no hay fórmulas de cortesía, no existen las ancianas ni los niños y si eres una mujer joven, da lo mismo si eres hermosa o no lo eres. Sólo la estrategia y la suerte cuentan cuando doscientas personas compiten ferozmente por 36 asientos. Amado lo sabía y por eso se acomodó justo en el espacio donde el asiento individual forma una escuadra con la pareja de asientos que están frente a él. De ese modo, si alguno de los pasajeros que iban sentados en esa área quería levantarse, debía forzosamente pasar frente a él. En ese momento él se introduciría en la escuadra para dejar el paso libre a quien quisiera salir y al mismo tiempo, bloquear el paso a quien quisiera entrar. Un movimiento impecable, ensayado y perfeccionado a lo largo de casi veinte años.

Sólo que ese día nadie se había levantado aún cuando una mano pequeña y tersa, blanca como el nácar se abrió paso entre vientres y espaldas hasta asirse del tubo de aluminio un par de centímetros arriba de la mano del propio Amado, que inmediatamente intentó localizar a la dueña de aquella angelical extremidad. Fue inútil. El vagón estaba tan lleno que no lograba ver más allá del antebrazo. El resto se perdía detras de la hinchada barriga de un señor de mediana edad, que se había vaciado medio frasco de Drakkar Noir encima.

A medida que el tren avanzaba, nuevas manos fueron apareciendo sobre el tubo de aluminio hasta que éste llegó a estar cubierto casi en su totalidad por un ejército de dedos. La hermosa mano comenzó a descender poco a poco, tal vez a causa de la gravedad, tal vez a causa de la grasa, el sudor y la crema que cada nueva mano iba dejando sobre el tubo, dándole un tacto como de palo encebado; hasta que tocó suavemente la mano izquierda de Amado. Una sensación cálida recorrió todo su brazo hasta llegar al tronco, desde donde bajó por el vientre, justo hasta el sexo, que comenzó a hincharse y palpitar. ¡Era tan bello! Era como tocar el cielo. Amado sintió morir de la desesperación, quería gritarle al hombre perfumado que se quitara inmediatamente, que era el único obstáculo que impedía que los jóvenes enamorados pudieran acercarse hasta sentir el palpitar de sus corazones amordazados, cuando repentinamente, casi como si hubiera escuchado sus pensamientos, el hombre descendió en la siguiente estación.

Amado lo siguió dos segundos después, justo después de percatarse que la hermosa mano angelical pertenecía a un niño de doce años que llevaba a su hermanita a la escuela. Aún podía sentir el palpitar de su sexo, que ya empezaba a adormecerse nuevamente.

Amanda mía

...Y entonces te veo, con las huellas de un sueño intranquilo en la cara. A veces suspiras, a veces pareces a punto de despertar. Quisiera tomarte pequeña entre mis brazos, acercarte a mi, llenarme de ti, sentir tu olor a nueva vida. A veces busco tus labios tratando de hallar ese beso que no vas a darme hasta el anochecer, y quiero que el día se vaya para ver tus ojos negros...

lunes, 22 de septiembre de 2008

Demostraciones prácticas de la física moderna - La contracción de la masa


Ayer me levanté un poco más tarde de lo habitual, tomé un baño más largo que lo habitual y caminé al metro despacio, un poco más despacio que lo habitual. El andén rebosaba gente; parecía como si alguien regalara algo -Tortibonos tal vez- porque la gente seguía llegando. Todos miraban hacia la izquierda buscando ver dentro del túnel. Todos con un pie sobre la línea amarilla y uno detrás de ella, formaditos como sardinas en espera de entrar en la lata.

Y la lata llegó finalmente. Se detuvo despacio y una de sus puertas quedó justo frente a mi nariz, lo cual no es una coincidencia -sucede que después de más de diez años, sé exactamente dónde pararme para que alguna puerta quede justo frente a mi nariz-. La puerta se abrió despacio y las dos o tres personas que intentaban bajar se vieron repentinamente empujadas hasta el fondo del vagón por una marejada de personas que intentaba subir. Yo, por supuesto, formaba parte de dicha marejada y como soy un ciudadano responsable, me tomo muy en serio mi papel de miembro de marejada y empujo como corresponde, con rostro serio, pecho erguido, nalgas apretadas y pies bien clavados en el suelo. Cuento también con el pretexto perfecto en caso de que algún irresponsable se enoje: "Es que el de atrás me está empujando". Un crimen sin víctimas.

Dentro del vagón se respiraba de segunda mano el aroma inconfundible del sudor, el perfume y el aliento de más de cien personas. Una brisa tibia que me bajaba desde el cuello hasta la mitad de la espalda resultó ser el aliento de un señor de mediana edad con una calva brillante, casi a punto de charol, que se hallaba detrás de mi y pareció sonreirme cuando volteé a ver quien me estaba respirando encima. Afortunadamente en la siguiente estación subió una nueva marejada que vino a reconfigurar el interior del vagón, llevándome lejos, casi hasta el centro del pasillo.

Ni bien me hube acomodado, llegamos a la siguiente estación. Pensé que seguramente el tren debía haber aumentado su velocidad pues recorrió la distancia prácticamente en la mitad del tiempo. O tal vez me hallaba en una especie de trance provocado por la acción combinada de doscientos sobacos. La nueva marejada me empujó casi hasta la otra puerta del vagón y nos pusimos nuevamente en marcha. Esta vez tardamos aún menos en llegar a la siguiente estación y la marejada correspondiente me hizo dar con la nariz en la puerta de cristal. No había duda de que allí estaba. Incluso toqué el vidrio con la punta de la lengua para cerciorarme de que no estaba soñando. En caso de que alguien lo pregunte, sabe más o menos como cabría esperar que sepa.

Fue en ese momento, estando casi adherido al cristal, cuando tuve la revelación. La comprobé matemáticamente esa misma tarde en cuanto tuve algún tiempo libre. El tren se movía cada vez más rápido y había cada vex más y más gente metida en el mismo vagón. Sin embargo el vagón no parecía hacerse más grande. ¿Cómo puede ser esto? La masa se había contraído!!

Q
uod erat demonstrandum

sábado, 30 de agosto de 2008

Juan de Dios

Mario vivía solo en un lujoso departamento en el penúltimo piso de uno de los condominios más exclusivos de la ciudad. Desde la terraza se veía cómo el sol comenzaba a ocultarse detrás de las nubes teñidas de un anaranjado brillante mientras abajo, en las calles, las luces comenzaban a encenderse. La tibia y suave brisa de la tarde-noche se sentía como una bendición y le hacía recordar con añoranza los momentos pasados junto a María muchos años atrás, cuando él aún era un adolescente inquieto y ella una hermosa jovencita de largos cabellos negros y una mirada que habría hecho caer de rodillas a los mismos ángeles. Suspiró con nostalgia y apuró el último trago de su copa de cognac. Miró hacia abajo con las manos apoyadas en el barandal. La ciudad tenía un aire tan hermoso... las gentes pasaban con grandes prisas hacia ambos lados de la calle, encontrándose, despidiéndose, marchando hacia sus casas o hacia alguno de los pintorescos bares alineados a lo largo de la avenida.

Entró en el departamento cerrando tras de sí la puerta de cristal mientras ésta dejaba escapar un leve chirrido al deslizarse sobre su marco de aluminio. Corrió las persianas quedando en obscuridad total excepto por los tenues rayos de luz que se infiltraban entre éstas. Encendió el televisor y el reproductor de DVD mientras se recostaba en el carísimo reposet de piel negra. En seguida toda la habitación se iluminó con el destello azulado de las imágenes del televisor, las cuales mostraban una hermosa rubia de ojos verdes, cabellos largos y rizados y enormes implantes de silicona en los pechos a punto de ser penetrada por un inmenso hombre de piel morena. Su mano derecha comenzó entonces a deslizarse suavemente debajo de la bata entreabierta hasta estrujar firmemente el sexo, que para ese momento ya comenzaba a hincharse.

Contempló el resto de la escena mientras con su mano acariciaba su propio sexo al ritmo de las imágenes, tocándose a veces con más rapidez, a veces bajando la intensidad, a veces cerrando los ojos para imaginarse partícipe de las acciones, hasta que al final alcanzó el clímax a la par del hombre moreno que observaba en la pantalla. Tomó un puñado de kleenex del taburete colocado para este fin a un lado de su sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo. Se dirigió al baño para orinar, pues siempre experimentaba unas intensas ansias de hacerlo después de una eyaculación.

Estando en el baño no fue capaz de oír cómo un extraño abría lentamente la puerta de su terraza y se introducía en la sala con la obscuridad y el ruido de la película, que seguía aún reproduciéndose, como sus aliadas.

Las cosas sucedieron con tal rapidez que Mario no se percató de nada hasta estar tumbado con el vientre en el suelo y una cuerda de cáñamo fuertemente atada alrededor de su cuello. Sintió como una mano enorme y callosa levantaba su bata desde atrás y separaba sus nalgas, dejándolas al descubierto.

Con una fuerte embestida, el miembro erecto de Juan de Dios fue a insertarse en el recto de su sofocada víctima, que ya ni siquiera opuso resistencia. Mario perdió la consciencia mucho antes de que la esperma de su agresor invadiera su cuerpo y ya no volivió a despertar jamás.

Juan de Dios tomó un puñado de kleenex del taburete colocado al lado del sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo.

Juan de Dios

Era una noche fría y la lluvia caía suavemente sobre la ciudad. La bruma era como una cortina grisácea que hacía casi imposible toda visibilidad más allá de unos pocos metros.

A los pies de un viejo árbol, una pequeña lámpara a pilas horadaba la niebla con un tenue resplandor amarillento, iluminando el camino de las finísimas gotas que terminaban por hundirse en la tierra, haciéndola más suave y arrebatándole ese aroma que tantos y tantos poetas añoran cuando narran los años de su juventud y la belleza de su tierra natal. Más abajo, la reblandecida tierra era removida por una pala oxidada en manos de un solitario hombre.

Terrones tras terrones salían volando por el aire desde la fosa cada vez más profunda, algunos para caer fuera de ésta formando grandes montículos; unos más para, mezclados con la lluvia, retornar a su origen convertidos en torrentes de lodo; y aún algunos terrones más cubrieron de negro el torso desnudo de Juan De Dios, enredándose entre sus cabellos y lastimando sus ojos.

Cuando la fosa fue lo suficientemente profunda, salió de ella con un tremendo salto y miró en los profundos ojos negros de la desnuda y amordazada mujer que en vano buscaba en los suyos algún rastro de humanidad. En vez de esto, encontró el poderoso impacto de una bota negra con la punta desgastada que la precipitó al fondo de lo que sospechaba, sería su morada última. La sangre manaba profusamente de la vagina obscura y se mezclaba con el lodo pero ella ya no pudo ver nada. Ni siquiera los primeros terrones que Juan De Dios lanzó hacia adentro con la pala y que ya empezaban a cubrirla.

Juan de Dios

Benito pasó volando como el viento frente a la farmacia hasta llegar a la malla de ciclón detrás de los condominios multifamiliares. Eran las tres de la madrugada y el vecindario estaba completamente desierto. Había llovido más o menos copiosamente hacía poco más de dos horas y el ambiente se sentía frío y vaporoso. El sereno le rasgaba la garganta y se le metía en los pulmones. Los músculos de sus piernas se sentían como incendiados. A pesar de que cada bocanada de aire que tomaba le lastimaba el pecho no podía parar, no debía prestar atención a los minúsculos puntos de color que aparecían frente a sus ojos ni al cosquilleo que sentía en toda la cara.

La elevada malla metálica no le cerró el paso por mucho tiempo: metió sus manos en los orificios, tomó impulso y se encontró trepándola. En lo alto un oxidado alambre de púas prometía un cruce difícil, pero incluso eso era preferible. Debía pasar al otro lado a como diera lugar.

Al llegar a la cima su pantalón se enredó en una de las púas. Habría caído de frente una altura de 7 metros de no ser porque esa misma púa que le había hecho trastabillar ahora le sostenía el talón, por lo que solamente se llevó un golpe menor en la cara. Se asió lo más fuerte que pudo con una mano mientras con la otra desenredaba el desgarrado talón de su pantalón. De un brinco estuvo nuevamente en el suelo. Siguió corriendo. Atravesó los condominios multifamiliares sin saber bien a dónde dirigir sus pasos. Por un momento tuvo la sospecha de que sería mejor detenerse y pelear antes de que el cansancio se lo impidiera, pero al pensarlo nuevamente decidió que su única alternativa era correr. Y así lo hizo.

Mientras tanto, otra figura surcaba la noche pisándole los talones. Una figura que a pesar de su corpulencia poseía una agilidad enorme. Poco a poco se fue aproximando a Benito por la espalda hasta que al fin lo tuvo al alcance de su mano y lo cogió del cabello. Benito sintió como si el fuerte tirón le hubiese arrancado la cabeza con todo y vértebras y cayó de espaldas sobre el piso aún mojado. El casquillo de una bota se hundió en su abdomen dejándole sin aliento. Un par de lágrimas aparecieron en sus ojos mientras trataba desesperadamente de tomar aire sin comprender cómo había llegado a esa situación. Si esa misma mañana alguien le hubiera dicho que en algunas horas estaría llorando en el suelo, muriendo de dolor y escupiendo sangre seguramente habría pensado que se trataba de una broma de muy mal gusto. Pero la broma era real, su dolor era real. Y la bota que ahora impactaba su cara también lo era.

Con la nariz rota y el rostro ensangrentado levantó una mirada suplicante pero la única respuesta que recibió fue el ruido sordo de otra poderosa patada y el estallido de su cráneo. Después, obscuridad y silencio perpetuos.

Juan de Dios enjuagó la sangre de sus botas en un charco cercano, encendió un cigarrillo y sonrió para sus adentros. Se le antojó una hamburguesa con papas.

Juan de Dios

Juan De Dios se levantó del suelo. La sangre aún le escurría por toda la cara mezclándose con la tierra y con la cal. Las heridas de sus mejillas y su nariz le ardían lo indecible y las moscas se arremolinaban a su alrededor tratando de hacer un festín de su sangre seca. Sorbió un gargajo y lo escupió convertido en una mezcla sanguinolenta de flema y arena. Recogió el sombrero de paja del suelo y se lo acomodó en la cabeza.

Caminó lenta y desgarbadamente hasta detenerse ante el espejo de una vieja ford pick-up abandonada. - Todo normal - pensó mientras contemplaba su cara y recogía su largo cabello lacio en una cola de caballo. Había sido arrastrado sobre la grava con la cara sumida en el suelo y sus mejillas enrojecidas estaban aún palpitantes y húmedas a causa de la piel quemada. Un profundo corte en el pómulo izquierdo y una nariz rota remataban su reflejo sobre el sucio y empañado espejo lateral. En su mente la combinación del rojo escarlata de la sangre coagulada, el rojo brillante de la sangre que aún le escurría y el tono bronce de su propia piel tostada por el abrasador sol del medio día se le antojó hermoso. No pudo menos que sonreir y lanzar un beso al guerrero que le sonreía desde el otro lado del espejo.

Se sacudió la tierra de los pantalones de mezclilla y continuó hacia afuera del lote baldío. Sus botas negras tenían las puntas desgastadas y una de ellas, la derecha, dejaba ver una uña enterrada en un dedo no envuelto en ningún calcetín. Miró en ambas direcciones al llegar a la esquina y dio la vuelta. Nadíe le había visto. Nadie le seguía. Nadie sabría jamás lo formidable que había sido su adversario... ese mismo que ahora yacía sin vida en un lote abandonado detrás del viejo sitio de construcción del muelle.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Juan de Dios

Como cada día, Ana apagó su computador a las 11:30 p.m., se levantó de su escritorio, recogió sus cosas sin prisa y se dispuso a abandonar la oficina. Por los vacíos pasillos del complejo industrial, sólo el eco de sus zapatillas negras hería el silencio. Al principio pensó en tomar el elevador pero decidió que era mejor idea bajar caminando los tres pisos que la separaban del nivel principal: después de todo, ese sería probablemente el único ejercicio que realizaría en toda la semana. Estaba engordando, poco a poco, de manera casi imperceptible a primera vista, tal vez unos cinco o diez gramos por día. Multiplicados por treinta días al mes, multiplicados por doce meses al año, multiplicados por cinco años desde que la última de sus amigas de la universidad se había casado.

Al llegar al nivel principal no se sorprendió de ver que el acceso estaba cerrado. Tendría que dar la vuelta por detrás de la central de calefacción del edificio hasta donde se hallaba el cubículo del oficial encargado de la seguridad. Allí saludaría al viejo Don Andrés, el vigilante nocturno, intercambiarían un par de palabras, él le entregaría su credencial a cambio del gafete de color violeta que la identificaba como consultora externa con acceso temporal por tiempo indefinido, se despedirían y ella caminaría un par de manzanas hasta llegar a la parada del autobús que la llevaría a casa. La misma rutina día tras día. Se quedó un momento pensando cuán gris le parecía su existencia últimamente y cuando volvió en sí, ya se hallaba a bordo del último autobús con ruta Parque Tecnológico-Revolución. Miró al conductor. Era un hombre de unos cincuenta años, con un abultado vientre enfundido de manera casi heroica en una camisa de poliester con diseño a cuadros. El pantalón azul marino, los zapatos negros con las puntas gastadas, el cinturón de hebilla y la uña del dedo meñique derecho, más larga que el resto, remataban su estereotipada apariencia.

Poco a poco la gente fue descendiendo del autobús hasta que, antes de llegar a la última estación, sólo quedaba otra persona además de ella. Se trataba de un hombre joven, alrededor de unos veintiocho a treinta y dós años, cuya molesta tos con flemas impregnaba el ambiente con un tufo a mezcal y marihuana. Su viejo y raído pantalón apestaba a orines y su camisa a sudor. Ana comenzó a sentirse preocupada al darse cuenta de que ambos bajarían al mismo tiempo. Temía que después de bajar tratara de hablarle, o peor aún, de seguirla, así que en cuanto el autobús se detuvo, bajó con la velocidad del relámpago y caminó con la mirada clavada en el suelo, esperando cubrir en poco tiempo los dos kilómetros que aún la separaban de su hogar. Entre tanto, el conductor del autobús tuvo que tomar el bate de beisbol que guardaba debajo de su asiento y dar un leve golpe en las costillas al último pasajero, que se había quedado dormido en su asiento, mientras le indicaba que el recorrido había terminado.

Ya había andado algo màs de la mitad del camino cuando Ana recordó que se había olvidado de comprar provisiones para la semana. No tendría nada que cenar al llegar a su departamento, ni siquiera café o leche para beber. Miró su reloj de pulsera mientras en su cabeza hacía rápidamente el cálculo. Si se apresuraba podría comprar en el almacén que se hallaba a un par de lotes de su edificio. En caso de no llegar a tiempo tendría que regresar hasta el mini super abierto veinticuatro horas, o bien, irse a la cama con el estómago vacío. Un leve retortijón en el estómago hizo la decisión más fácil y encaminó sus pasos al mini super. Tras voltear hacia atrás y hacia ambos lados y percatarse de que el desagradable pasajero del autobús no la seguía comenzó a caminar con un poco más de confianza. Después de todo era la tibia noche de un viernes en pleno verano y las estrellas brillaban fulgurantes en el cielo. Se sintió un poco triste al pensar que sus únicos planes consistían en comprar algo de café, galletas y problablemente un yoghurt de dieta y sentarse frente al televisor hasta que los ojos se le cerraran, pero un hombre alto, de tez obscura y cabellos negros enfundado en un traje de raya de gis que pasó por su lado tratando de disimular que le miraba los senos le hizo apartar de su mente esos pensamientos. Sonrió por lo bajo con satisfacción y algo de vanidad mientras que su rostro se sonrojaba levemente.

Tras algunos minutos más de la larga e inesperada caminata, que ya empezaba a dejarse sentir en su respiración, en su rostro y debajo de sus axilas, Ana se sintió feliz de ver en la distancia el letrero de neón que anunciaba el fin de su recorrido. Sólo faltaba un par de cientos de metros y podría refrescarse y descansar un poco. Pensó en comprarse una bebida preparada a base de vino blanco y jugo de frutas. Quién sabe, tal vez era una buena noche para olvidarse de la dieta, tal vez bebería una botella en la tienda y llevaría algunas más a casa. Entonces se sentiría jovial y acaso un poco más bella. Tal vez incluso buscaría en su agenda el teléfono de algún amigo de ocasión y le invitaría a pasar una velada juntos. O tal vez no. Si la ocasión era propicia podría hasta salir a recorrer los bares del populoso barrio central en busca de emoción, cualquier cosa que rompiera con el tedio cotidiano. Había escuchado de labios de mujeres algo más libertinas que podían conocerse extranjeros muy interesantes allí.

Al pasar delante de una barda con una abertura, practicada seguramente por algún malviviente de la zona, sintió un repentino tirón y de repente se encontró resbalando por la tierra suelta dentro de un lote desierto rematado en un barranco de unos dos metros de profundidad. Una mano áspera y callosa le cubrió fuertemente la boca mientras otra la palpaba con confianza y libertad en busca de sus pertenencias. Comenzó con los bolsillos traseros del pantalón, estrujando las nalgas en el proceso, continuó hacia adelante y se detuvo un momento en el sexo antes de subir a las bolsas delanteras del saco y hacer una nueva escala en los senos. Una voz con fétido aliento recomendó a Ana no oponer resistencia o las consecuencias podrían ser peores. Con lágrimas en los ojos, ella asintió y en seguida ofreció a su atacante cualquier pertenencia que deseara a cambio de dejarla salir rápidamente y sin daño. Él le sonrió, tomó su reloj, sus pulseras, su collar y su teléfono móvil y lentamente escaló hasta la salida. Entonces se detuvo un par de segundos y decidió que aún no había terminado, que había algo más que deseaba hacer, y bajó de un salto hasta la aterrorizada Ana, que desesperadamente le suplicaba que la dejara, que ya había tomado de ella todo cuanto poseía. "Aún no", le dijo y la tomó con fuerzas por el cuello, colocándose detrás de ella. Su enorme y áspera mano se deslizó poco a poco por su vientre y continuó por debajo del pantalón hasta llegar al sexo. Con los dedos índice y anular separó los labios mientras introducía lentamente el dedo medio en la vagina, produciendo con la larga y astillada uña un dolor indescriptible en Ana. Después se llevó el dedo frente a la nariz y lo olfateó con desesperación, como si quisiera aspirarlo, impregnarse de él. Ana sintió náuseas cuando lo vio meterse el dedo en la boca y chuparlo.

Entonces oyó un estruendo, como una explosión a sus espaldas y sintió cómo un bulto caía pesadamente. Se volteó tan rápidamente que pudo ver a su atacante desplomarse con el cráneo hecho pedazos. Había alguien más allí pero no pudo ver de quién se trataba. Una nueva explosión la sumió en la obscuridad eterna.

Juan de Dios sonrió para sus adentros. La noche había sido muy productiva: en apenas quince minutos se había hecho de un bonito bate de béisbol y ya hasta lo había estrenado. Tres veces.