sábado, 30 de agosto de 2008

Juan de Dios

Mario vivía solo en un lujoso departamento en el penúltimo piso de uno de los condominios más exclusivos de la ciudad. Desde la terraza se veía cómo el sol comenzaba a ocultarse detrás de las nubes teñidas de un anaranjado brillante mientras abajo, en las calles, las luces comenzaban a encenderse. La tibia y suave brisa de la tarde-noche se sentía como una bendición y le hacía recordar con añoranza los momentos pasados junto a María muchos años atrás, cuando él aún era un adolescente inquieto y ella una hermosa jovencita de largos cabellos negros y una mirada que habría hecho caer de rodillas a los mismos ángeles. Suspiró con nostalgia y apuró el último trago de su copa de cognac. Miró hacia abajo con las manos apoyadas en el barandal. La ciudad tenía un aire tan hermoso... las gentes pasaban con grandes prisas hacia ambos lados de la calle, encontrándose, despidiéndose, marchando hacia sus casas o hacia alguno de los pintorescos bares alineados a lo largo de la avenida.

Entró en el departamento cerrando tras de sí la puerta de cristal mientras ésta dejaba escapar un leve chirrido al deslizarse sobre su marco de aluminio. Corrió las persianas quedando en obscuridad total excepto por los tenues rayos de luz que se infiltraban entre éstas. Encendió el televisor y el reproductor de DVD mientras se recostaba en el carísimo reposet de piel negra. En seguida toda la habitación se iluminó con el destello azulado de las imágenes del televisor, las cuales mostraban una hermosa rubia de ojos verdes, cabellos largos y rizados y enormes implantes de silicona en los pechos a punto de ser penetrada por un inmenso hombre de piel morena. Su mano derecha comenzó entonces a deslizarse suavemente debajo de la bata entreabierta hasta estrujar firmemente el sexo, que para ese momento ya comenzaba a hincharse.

Contempló el resto de la escena mientras con su mano acariciaba su propio sexo al ritmo de las imágenes, tocándose a veces con más rapidez, a veces bajando la intensidad, a veces cerrando los ojos para imaginarse partícipe de las acciones, hasta que al final alcanzó el clímax a la par del hombre moreno que observaba en la pantalla. Tomó un puñado de kleenex del taburete colocado para este fin a un lado de su sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo. Se dirigió al baño para orinar, pues siempre experimentaba unas intensas ansias de hacerlo después de una eyaculación.

Estando en el baño no fue capaz de oír cómo un extraño abría lentamente la puerta de su terraza y se introducía en la sala con la obscuridad y el ruido de la película, que seguía aún reproduciéndose, como sus aliadas.

Las cosas sucedieron con tal rapidez que Mario no se percató de nada hasta estar tumbado con el vientre en el suelo y una cuerda de cáñamo fuertemente atada alrededor de su cuello. Sintió como una mano enorme y callosa levantaba su bata desde atrás y separaba sus nalgas, dejándolas al descubierto.

Con una fuerte embestida, el miembro erecto de Juan de Dios fue a insertarse en el recto de su sofocada víctima, que ya ni siquiera opuso resistencia. Mario perdió la consciencia mucho antes de que la esperma de su agresor invadiera su cuerpo y ya no volivió a despertar jamás.

Juan de Dios tomó un puñado de kleenex del taburete colocado al lado del sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo.

Juan de Dios

Era una noche fría y la lluvia caía suavemente sobre la ciudad. La bruma era como una cortina grisácea que hacía casi imposible toda visibilidad más allá de unos pocos metros.

A los pies de un viejo árbol, una pequeña lámpara a pilas horadaba la niebla con un tenue resplandor amarillento, iluminando el camino de las finísimas gotas que terminaban por hundirse en la tierra, haciéndola más suave y arrebatándole ese aroma que tantos y tantos poetas añoran cuando narran los años de su juventud y la belleza de su tierra natal. Más abajo, la reblandecida tierra era removida por una pala oxidada en manos de un solitario hombre.

Terrones tras terrones salían volando por el aire desde la fosa cada vez más profunda, algunos para caer fuera de ésta formando grandes montículos; unos más para, mezclados con la lluvia, retornar a su origen convertidos en torrentes de lodo; y aún algunos terrones más cubrieron de negro el torso desnudo de Juan De Dios, enredándose entre sus cabellos y lastimando sus ojos.

Cuando la fosa fue lo suficientemente profunda, salió de ella con un tremendo salto y miró en los profundos ojos negros de la desnuda y amordazada mujer que en vano buscaba en los suyos algún rastro de humanidad. En vez de esto, encontró el poderoso impacto de una bota negra con la punta desgastada que la precipitó al fondo de lo que sospechaba, sería su morada última. La sangre manaba profusamente de la vagina obscura y se mezclaba con el lodo pero ella ya no pudo ver nada. Ni siquiera los primeros terrones que Juan De Dios lanzó hacia adentro con la pala y que ya empezaban a cubrirla.

Juan de Dios

Benito pasó volando como el viento frente a la farmacia hasta llegar a la malla de ciclón detrás de los condominios multifamiliares. Eran las tres de la madrugada y el vecindario estaba completamente desierto. Había llovido más o menos copiosamente hacía poco más de dos horas y el ambiente se sentía frío y vaporoso. El sereno le rasgaba la garganta y se le metía en los pulmones. Los músculos de sus piernas se sentían como incendiados. A pesar de que cada bocanada de aire que tomaba le lastimaba el pecho no podía parar, no debía prestar atención a los minúsculos puntos de color que aparecían frente a sus ojos ni al cosquilleo que sentía en toda la cara.

La elevada malla metálica no le cerró el paso por mucho tiempo: metió sus manos en los orificios, tomó impulso y se encontró trepándola. En lo alto un oxidado alambre de púas prometía un cruce difícil, pero incluso eso era preferible. Debía pasar al otro lado a como diera lugar.

Al llegar a la cima su pantalón se enredó en una de las púas. Habría caído de frente una altura de 7 metros de no ser porque esa misma púa que le había hecho trastabillar ahora le sostenía el talón, por lo que solamente se llevó un golpe menor en la cara. Se asió lo más fuerte que pudo con una mano mientras con la otra desenredaba el desgarrado talón de su pantalón. De un brinco estuvo nuevamente en el suelo. Siguió corriendo. Atravesó los condominios multifamiliares sin saber bien a dónde dirigir sus pasos. Por un momento tuvo la sospecha de que sería mejor detenerse y pelear antes de que el cansancio se lo impidiera, pero al pensarlo nuevamente decidió que su única alternativa era correr. Y así lo hizo.

Mientras tanto, otra figura surcaba la noche pisándole los talones. Una figura que a pesar de su corpulencia poseía una agilidad enorme. Poco a poco se fue aproximando a Benito por la espalda hasta que al fin lo tuvo al alcance de su mano y lo cogió del cabello. Benito sintió como si el fuerte tirón le hubiese arrancado la cabeza con todo y vértebras y cayó de espaldas sobre el piso aún mojado. El casquillo de una bota se hundió en su abdomen dejándole sin aliento. Un par de lágrimas aparecieron en sus ojos mientras trataba desesperadamente de tomar aire sin comprender cómo había llegado a esa situación. Si esa misma mañana alguien le hubiera dicho que en algunas horas estaría llorando en el suelo, muriendo de dolor y escupiendo sangre seguramente habría pensado que se trataba de una broma de muy mal gusto. Pero la broma era real, su dolor era real. Y la bota que ahora impactaba su cara también lo era.

Con la nariz rota y el rostro ensangrentado levantó una mirada suplicante pero la única respuesta que recibió fue el ruido sordo de otra poderosa patada y el estallido de su cráneo. Después, obscuridad y silencio perpetuos.

Juan de Dios enjuagó la sangre de sus botas en un charco cercano, encendió un cigarrillo y sonrió para sus adentros. Se le antojó una hamburguesa con papas.

Juan de Dios

Juan De Dios se levantó del suelo. La sangre aún le escurría por toda la cara mezclándose con la tierra y con la cal. Las heridas de sus mejillas y su nariz le ardían lo indecible y las moscas se arremolinaban a su alrededor tratando de hacer un festín de su sangre seca. Sorbió un gargajo y lo escupió convertido en una mezcla sanguinolenta de flema y arena. Recogió el sombrero de paja del suelo y se lo acomodó en la cabeza.

Caminó lenta y desgarbadamente hasta detenerse ante el espejo de una vieja ford pick-up abandonada. - Todo normal - pensó mientras contemplaba su cara y recogía su largo cabello lacio en una cola de caballo. Había sido arrastrado sobre la grava con la cara sumida en el suelo y sus mejillas enrojecidas estaban aún palpitantes y húmedas a causa de la piel quemada. Un profundo corte en el pómulo izquierdo y una nariz rota remataban su reflejo sobre el sucio y empañado espejo lateral. En su mente la combinación del rojo escarlata de la sangre coagulada, el rojo brillante de la sangre que aún le escurría y el tono bronce de su propia piel tostada por el abrasador sol del medio día se le antojó hermoso. No pudo menos que sonreir y lanzar un beso al guerrero que le sonreía desde el otro lado del espejo.

Se sacudió la tierra de los pantalones de mezclilla y continuó hacia afuera del lote baldío. Sus botas negras tenían las puntas desgastadas y una de ellas, la derecha, dejaba ver una uña enterrada en un dedo no envuelto en ningún calcetín. Miró en ambas direcciones al llegar a la esquina y dio la vuelta. Nadíe le había visto. Nadie le seguía. Nadie sabría jamás lo formidable que había sido su adversario... ese mismo que ahora yacía sin vida en un lote abandonado detrás del viejo sitio de construcción del muelle.

miércoles, 20 de agosto de 2008

Juan de Dios

Como cada día, Ana apagó su computador a las 11:30 p.m., se levantó de su escritorio, recogió sus cosas sin prisa y se dispuso a abandonar la oficina. Por los vacíos pasillos del complejo industrial, sólo el eco de sus zapatillas negras hería el silencio. Al principio pensó en tomar el elevador pero decidió que era mejor idea bajar caminando los tres pisos que la separaban del nivel principal: después de todo, ese sería probablemente el único ejercicio que realizaría en toda la semana. Estaba engordando, poco a poco, de manera casi imperceptible a primera vista, tal vez unos cinco o diez gramos por día. Multiplicados por treinta días al mes, multiplicados por doce meses al año, multiplicados por cinco años desde que la última de sus amigas de la universidad se había casado.

Al llegar al nivel principal no se sorprendió de ver que el acceso estaba cerrado. Tendría que dar la vuelta por detrás de la central de calefacción del edificio hasta donde se hallaba el cubículo del oficial encargado de la seguridad. Allí saludaría al viejo Don Andrés, el vigilante nocturno, intercambiarían un par de palabras, él le entregaría su credencial a cambio del gafete de color violeta que la identificaba como consultora externa con acceso temporal por tiempo indefinido, se despedirían y ella caminaría un par de manzanas hasta llegar a la parada del autobús que la llevaría a casa. La misma rutina día tras día. Se quedó un momento pensando cuán gris le parecía su existencia últimamente y cuando volvió en sí, ya se hallaba a bordo del último autobús con ruta Parque Tecnológico-Revolución. Miró al conductor. Era un hombre de unos cincuenta años, con un abultado vientre enfundido de manera casi heroica en una camisa de poliester con diseño a cuadros. El pantalón azul marino, los zapatos negros con las puntas gastadas, el cinturón de hebilla y la uña del dedo meñique derecho, más larga que el resto, remataban su estereotipada apariencia.

Poco a poco la gente fue descendiendo del autobús hasta que, antes de llegar a la última estación, sólo quedaba otra persona además de ella. Se trataba de un hombre joven, alrededor de unos veintiocho a treinta y dós años, cuya molesta tos con flemas impregnaba el ambiente con un tufo a mezcal y marihuana. Su viejo y raído pantalón apestaba a orines y su camisa a sudor. Ana comenzó a sentirse preocupada al darse cuenta de que ambos bajarían al mismo tiempo. Temía que después de bajar tratara de hablarle, o peor aún, de seguirla, así que en cuanto el autobús se detuvo, bajó con la velocidad del relámpago y caminó con la mirada clavada en el suelo, esperando cubrir en poco tiempo los dos kilómetros que aún la separaban de su hogar. Entre tanto, el conductor del autobús tuvo que tomar el bate de beisbol que guardaba debajo de su asiento y dar un leve golpe en las costillas al último pasajero, que se había quedado dormido en su asiento, mientras le indicaba que el recorrido había terminado.

Ya había andado algo màs de la mitad del camino cuando Ana recordó que se había olvidado de comprar provisiones para la semana. No tendría nada que cenar al llegar a su departamento, ni siquiera café o leche para beber. Miró su reloj de pulsera mientras en su cabeza hacía rápidamente el cálculo. Si se apresuraba podría comprar en el almacén que se hallaba a un par de lotes de su edificio. En caso de no llegar a tiempo tendría que regresar hasta el mini super abierto veinticuatro horas, o bien, irse a la cama con el estómago vacío. Un leve retortijón en el estómago hizo la decisión más fácil y encaminó sus pasos al mini super. Tras voltear hacia atrás y hacia ambos lados y percatarse de que el desagradable pasajero del autobús no la seguía comenzó a caminar con un poco más de confianza. Después de todo era la tibia noche de un viernes en pleno verano y las estrellas brillaban fulgurantes en el cielo. Se sintió un poco triste al pensar que sus únicos planes consistían en comprar algo de café, galletas y problablemente un yoghurt de dieta y sentarse frente al televisor hasta que los ojos se le cerraran, pero un hombre alto, de tez obscura y cabellos negros enfundado en un traje de raya de gis que pasó por su lado tratando de disimular que le miraba los senos le hizo apartar de su mente esos pensamientos. Sonrió por lo bajo con satisfacción y algo de vanidad mientras que su rostro se sonrojaba levemente.

Tras algunos minutos más de la larga e inesperada caminata, que ya empezaba a dejarse sentir en su respiración, en su rostro y debajo de sus axilas, Ana se sintió feliz de ver en la distancia el letrero de neón que anunciaba el fin de su recorrido. Sólo faltaba un par de cientos de metros y podría refrescarse y descansar un poco. Pensó en comprarse una bebida preparada a base de vino blanco y jugo de frutas. Quién sabe, tal vez era una buena noche para olvidarse de la dieta, tal vez bebería una botella en la tienda y llevaría algunas más a casa. Entonces se sentiría jovial y acaso un poco más bella. Tal vez incluso buscaría en su agenda el teléfono de algún amigo de ocasión y le invitaría a pasar una velada juntos. O tal vez no. Si la ocasión era propicia podría hasta salir a recorrer los bares del populoso barrio central en busca de emoción, cualquier cosa que rompiera con el tedio cotidiano. Había escuchado de labios de mujeres algo más libertinas que podían conocerse extranjeros muy interesantes allí.

Al pasar delante de una barda con una abertura, practicada seguramente por algún malviviente de la zona, sintió un repentino tirón y de repente se encontró resbalando por la tierra suelta dentro de un lote desierto rematado en un barranco de unos dos metros de profundidad. Una mano áspera y callosa le cubrió fuertemente la boca mientras otra la palpaba con confianza y libertad en busca de sus pertenencias. Comenzó con los bolsillos traseros del pantalón, estrujando las nalgas en el proceso, continuó hacia adelante y se detuvo un momento en el sexo antes de subir a las bolsas delanteras del saco y hacer una nueva escala en los senos. Una voz con fétido aliento recomendó a Ana no oponer resistencia o las consecuencias podrían ser peores. Con lágrimas en los ojos, ella asintió y en seguida ofreció a su atacante cualquier pertenencia que deseara a cambio de dejarla salir rápidamente y sin daño. Él le sonrió, tomó su reloj, sus pulseras, su collar y su teléfono móvil y lentamente escaló hasta la salida. Entonces se detuvo un par de segundos y decidió que aún no había terminado, que había algo más que deseaba hacer, y bajó de un salto hasta la aterrorizada Ana, que desesperadamente le suplicaba que la dejara, que ya había tomado de ella todo cuanto poseía. "Aún no", le dijo y la tomó con fuerzas por el cuello, colocándose detrás de ella. Su enorme y áspera mano se deslizó poco a poco por su vientre y continuó por debajo del pantalón hasta llegar al sexo. Con los dedos índice y anular separó los labios mientras introducía lentamente el dedo medio en la vagina, produciendo con la larga y astillada uña un dolor indescriptible en Ana. Después se llevó el dedo frente a la nariz y lo olfateó con desesperación, como si quisiera aspirarlo, impregnarse de él. Ana sintió náuseas cuando lo vio meterse el dedo en la boca y chuparlo.

Entonces oyó un estruendo, como una explosión a sus espaldas y sintió cómo un bulto caía pesadamente. Se volteó tan rápidamente que pudo ver a su atacante desplomarse con el cráneo hecho pedazos. Había alguien más allí pero no pudo ver de quién se trataba. Una nueva explosión la sumió en la obscuridad eterna.

Juan de Dios sonrió para sus adentros. La noche había sido muy productiva: en apenas quince minutos se había hecho de un bonito bate de béisbol y ya hasta lo había estrenado. Tres veces.