sábado, 30 de agosto de 2008

Juan de Dios

Juan De Dios se levantó del suelo. La sangre aún le escurría por toda la cara mezclándose con la tierra y con la cal. Las heridas de sus mejillas y su nariz le ardían lo indecible y las moscas se arremolinaban a su alrededor tratando de hacer un festín de su sangre seca. Sorbió un gargajo y lo escupió convertido en una mezcla sanguinolenta de flema y arena. Recogió el sombrero de paja del suelo y se lo acomodó en la cabeza.

Caminó lenta y desgarbadamente hasta detenerse ante el espejo de una vieja ford pick-up abandonada. - Todo normal - pensó mientras contemplaba su cara y recogía su largo cabello lacio en una cola de caballo. Había sido arrastrado sobre la grava con la cara sumida en el suelo y sus mejillas enrojecidas estaban aún palpitantes y húmedas a causa de la piel quemada. Un profundo corte en el pómulo izquierdo y una nariz rota remataban su reflejo sobre el sucio y empañado espejo lateral. En su mente la combinación del rojo escarlata de la sangre coagulada, el rojo brillante de la sangre que aún le escurría y el tono bronce de su propia piel tostada por el abrasador sol del medio día se le antojó hermoso. No pudo menos que sonreir y lanzar un beso al guerrero que le sonreía desde el otro lado del espejo.

Se sacudió la tierra de los pantalones de mezclilla y continuó hacia afuera del lote baldío. Sus botas negras tenían las puntas desgastadas y una de ellas, la derecha, dejaba ver una uña enterrada en un dedo no envuelto en ningún calcetín. Miró en ambas direcciones al llegar a la esquina y dio la vuelta. Nadíe le había visto. Nadie le seguía. Nadie sabría jamás lo formidable que había sido su adversario... ese mismo que ahora yacía sin vida en un lote abandonado detrás del viejo sitio de construcción del muelle.