sábado, 30 de agosto de 2008

Juan de Dios

Benito pasó volando como el viento frente a la farmacia hasta llegar a la malla de ciclón detrás de los condominios multifamiliares. Eran las tres de la madrugada y el vecindario estaba completamente desierto. Había llovido más o menos copiosamente hacía poco más de dos horas y el ambiente se sentía frío y vaporoso. El sereno le rasgaba la garganta y se le metía en los pulmones. Los músculos de sus piernas se sentían como incendiados. A pesar de que cada bocanada de aire que tomaba le lastimaba el pecho no podía parar, no debía prestar atención a los minúsculos puntos de color que aparecían frente a sus ojos ni al cosquilleo que sentía en toda la cara.

La elevada malla metálica no le cerró el paso por mucho tiempo: metió sus manos en los orificios, tomó impulso y se encontró trepándola. En lo alto un oxidado alambre de púas prometía un cruce difícil, pero incluso eso era preferible. Debía pasar al otro lado a como diera lugar.

Al llegar a la cima su pantalón se enredó en una de las púas. Habría caído de frente una altura de 7 metros de no ser porque esa misma púa que le había hecho trastabillar ahora le sostenía el talón, por lo que solamente se llevó un golpe menor en la cara. Se asió lo más fuerte que pudo con una mano mientras con la otra desenredaba el desgarrado talón de su pantalón. De un brinco estuvo nuevamente en el suelo. Siguió corriendo. Atravesó los condominios multifamiliares sin saber bien a dónde dirigir sus pasos. Por un momento tuvo la sospecha de que sería mejor detenerse y pelear antes de que el cansancio se lo impidiera, pero al pensarlo nuevamente decidió que su única alternativa era correr. Y así lo hizo.

Mientras tanto, otra figura surcaba la noche pisándole los talones. Una figura que a pesar de su corpulencia poseía una agilidad enorme. Poco a poco se fue aproximando a Benito por la espalda hasta que al fin lo tuvo al alcance de su mano y lo cogió del cabello. Benito sintió como si el fuerte tirón le hubiese arrancado la cabeza con todo y vértebras y cayó de espaldas sobre el piso aún mojado. El casquillo de una bota se hundió en su abdomen dejándole sin aliento. Un par de lágrimas aparecieron en sus ojos mientras trataba desesperadamente de tomar aire sin comprender cómo había llegado a esa situación. Si esa misma mañana alguien le hubiera dicho que en algunas horas estaría llorando en el suelo, muriendo de dolor y escupiendo sangre seguramente habría pensado que se trataba de una broma de muy mal gusto. Pero la broma era real, su dolor era real. Y la bota que ahora impactaba su cara también lo era.

Con la nariz rota y el rostro ensangrentado levantó una mirada suplicante pero la única respuesta que recibió fue el ruido sordo de otra poderosa patada y el estallido de su cráneo. Después, obscuridad y silencio perpetuos.

Juan de Dios enjuagó la sangre de sus botas en un charco cercano, encendió un cigarrillo y sonrió para sus adentros. Se le antojó una hamburguesa con papas.