Mario vivía solo en un lujoso departamento en el penúltimo piso de uno de los condominios más exclusivos de la ciudad. Desde la terraza se veía cómo el sol comenzaba a ocultarse detrás de las nubes teñidas de un anaranjado brillante mientras abajo, en las calles, las luces comenzaban a encenderse. La tibia y suave brisa de la tarde-noche se sentía como una bendición y le hacía recordar con añoranza los momentos pasados junto a María muchos años atrás, cuando él aún era un adolescente inquieto y ella una hermosa jovencita de largos cabellos negros y una mirada que habría hecho caer de rodillas a los mismos ángeles. Suspiró con nostalgia y apuró el último trago de su copa de cognac. Miró hacia abajo con las manos apoyadas en el barandal. La ciudad tenía un aire tan hermoso... las gentes pasaban con grandes prisas hacia ambos lados de la calle, encontrándose, despidiéndose, marchando hacia sus casas o hacia alguno de los pintorescos bares alineados a lo largo de la avenida.
Entró en el departamento cerrando tras de sí la puerta de cristal mientras ésta dejaba escapar un leve chirrido al deslizarse sobre su marco de aluminio. Corrió las persianas quedando en obscuridad total excepto por los tenues rayos de luz que se infiltraban entre éstas. Encendió el televisor y el reproductor de DVD mientras se recostaba en el carísimo reposet de piel negra. En seguida toda la habitación se iluminó con el destello azulado de las imágenes del televisor, las cuales mostraban una hermosa rubia de ojos verdes, cabellos largos y rizados y enormes implantes de silicona en los pechos a punto de ser penetrada por un inmenso hombre de piel morena. Su mano derecha comenzó entonces a deslizarse suavemente debajo de la bata entreabierta hasta estrujar firmemente el sexo, que para ese momento ya comenzaba a hincharse.
Contempló el resto de la escena mientras con su mano acariciaba su propio sexo al ritmo de las imágenes, tocándose a veces con más rapidez, a veces bajando la intensidad, a veces cerrando los ojos para imaginarse partícipe de las acciones, hasta que al final alcanzó el clímax a la par del hombre moreno que observaba en la pantalla. Tomó un puñado de kleenex del taburete colocado para este fin a un lado de su sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo. Se dirigió al baño para orinar, pues siempre experimentaba unas intensas ansias de hacerlo después de una eyaculación.
Estando en el baño no fue capaz de oír cómo un extraño abría lentamente la puerta de su terraza y se introducía en la sala con la obscuridad y el ruido de la película, que seguía aún reproduciéndose, como sus aliadas.
Las cosas sucedieron con tal rapidez que Mario no se percató de nada hasta estar tumbado con el vientre en el suelo y una cuerda de cáñamo fuertemente atada alrededor de su cuello. Sintió como una mano enorme y callosa levantaba su bata desde atrás y separaba sus nalgas, dejándolas al descubierto.
Con una fuerte embestida, el miembro erecto de Juan de Dios fue a insertarse en el recto de su sofocada víctima, que ya ni siquiera opuso resistencia. Mario perdió la consciencia mucho antes de que la esperma de su agresor invadiera su cuerpo y ya no volivió a despertar jamás.
Juan de Dios tomó un puñado de kleenex del taburete colocado al lado del sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo.
Entró en el departamento cerrando tras de sí la puerta de cristal mientras ésta dejaba escapar un leve chirrido al deslizarse sobre su marco de aluminio. Corrió las persianas quedando en obscuridad total excepto por los tenues rayos de luz que se infiltraban entre éstas. Encendió el televisor y el reproductor de DVD mientras se recostaba en el carísimo reposet de piel negra. En seguida toda la habitación se iluminó con el destello azulado de las imágenes del televisor, las cuales mostraban una hermosa rubia de ojos verdes, cabellos largos y rizados y enormes implantes de silicona en los pechos a punto de ser penetrada por un inmenso hombre de piel morena. Su mano derecha comenzó entonces a deslizarse suavemente debajo de la bata entreabierta hasta estrujar firmemente el sexo, que para ese momento ya comenzaba a hincharse.
Contempló el resto de la escena mientras con su mano acariciaba su propio sexo al ritmo de las imágenes, tocándose a veces con más rapidez, a veces bajando la intensidad, a veces cerrando los ojos para imaginarse partícipe de las acciones, hasta que al final alcanzó el clímax a la par del hombre moreno que observaba en la pantalla. Tomó un puñado de kleenex del taburete colocado para este fin a un lado de su sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo. Se dirigió al baño para orinar, pues siempre experimentaba unas intensas ansias de hacerlo después de una eyaculación.
Estando en el baño no fue capaz de oír cómo un extraño abría lentamente la puerta de su terraza y se introducía en la sala con la obscuridad y el ruido de la película, que seguía aún reproduciéndose, como sus aliadas.
Las cosas sucedieron con tal rapidez que Mario no se percató de nada hasta estar tumbado con el vientre en el suelo y una cuerda de cáñamo fuertemente atada alrededor de su cuello. Sintió como una mano enorme y callosa levantaba su bata desde atrás y separaba sus nalgas, dejándolas al descubierto.
Con una fuerte embestida, el miembro erecto de Juan de Dios fue a insertarse en el recto de su sofocada víctima, que ya ni siquiera opuso resistencia. Mario perdió la consciencia mucho antes de que la esperma de su agresor invadiera su cuerpo y ya no volivió a despertar jamás.
Juan de Dios tomó un puñado de kleenex del taburete colocado al lado del sillón y se limpió el sudor de la frente, las manos y el sexo.

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