Era una noche fría y la lluvia caía suavemente sobre la ciudad. La bruma era como una cortina grisácea que hacía casi imposible toda visibilidad más allá de unos pocos metros.
A los pies de un viejo árbol, una pequeña lámpara a pilas horadaba la niebla con un tenue resplandor amarillento, iluminando el camino de las finísimas gotas que terminaban por hundirse en la tierra, haciéndola más suave y arrebatándole ese aroma que tantos y tantos poetas añoran cuando narran los años de su juventud y la belleza de su tierra natal. Más abajo, la reblandecida tierra era removida por una pala oxidada en manos de un solitario hombre.
Terrones tras terrones salían volando por el aire desde la fosa cada vez más profunda, algunos para caer fuera de ésta formando grandes montículos; unos más para, mezclados con la lluvia, retornar a su origen convertidos en torrentes de lodo; y aún algunos terrones más cubrieron de negro el torso desnudo de Juan De Dios, enredándose entre sus cabellos y lastimando sus ojos.
Cuando la fosa fue lo suficientemente profunda, salió de ella con un tremendo salto y miró en los profundos ojos negros de la desnuda y amordazada mujer que en vano buscaba en los suyos algún rastro de humanidad. En vez de esto, encontró el poderoso impacto de una bota negra con la punta desgastada que la precipitó al fondo de lo que sospechaba, sería su morada última. La sangre manaba profusamente de la vagina obscura y se mezclaba con el lodo pero ella ya no pudo ver nada. Ni siquiera los primeros terrones que Juan De Dios lanzó hacia adentro con la pala y que ya empezaban a cubrirla.
A los pies de un viejo árbol, una pequeña lámpara a pilas horadaba la niebla con un tenue resplandor amarillento, iluminando el camino de las finísimas gotas que terminaban por hundirse en la tierra, haciéndola más suave y arrebatándole ese aroma que tantos y tantos poetas añoran cuando narran los años de su juventud y la belleza de su tierra natal. Más abajo, la reblandecida tierra era removida por una pala oxidada en manos de un solitario hombre.
Terrones tras terrones salían volando por el aire desde la fosa cada vez más profunda, algunos para caer fuera de ésta formando grandes montículos; unos más para, mezclados con la lluvia, retornar a su origen convertidos en torrentes de lodo; y aún algunos terrones más cubrieron de negro el torso desnudo de Juan De Dios, enredándose entre sus cabellos y lastimando sus ojos.
Cuando la fosa fue lo suficientemente profunda, salió de ella con un tremendo salto y miró en los profundos ojos negros de la desnuda y amordazada mujer que en vano buscaba en los suyos algún rastro de humanidad. En vez de esto, encontró el poderoso impacto de una bota negra con la punta desgastada que la precipitó al fondo de lo que sospechaba, sería su morada última. La sangre manaba profusamente de la vagina obscura y se mezclaba con el lodo pero ella ya no pudo ver nada. Ni siquiera los primeros terrones que Juan De Dios lanzó hacia adentro con la pala y que ya empezaban a cubrirla.

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