lunes, 22 de septiembre de 2008

Demostraciones prácticas de la física moderna - La contracción de la masa


Ayer me levanté un poco más tarde de lo habitual, tomé un baño más largo que lo habitual y caminé al metro despacio, un poco más despacio que lo habitual. El andén rebosaba gente; parecía como si alguien regalara algo -Tortibonos tal vez- porque la gente seguía llegando. Todos miraban hacia la izquierda buscando ver dentro del túnel. Todos con un pie sobre la línea amarilla y uno detrás de ella, formaditos como sardinas en espera de entrar en la lata.

Y la lata llegó finalmente. Se detuvo despacio y una de sus puertas quedó justo frente a mi nariz, lo cual no es una coincidencia -sucede que después de más de diez años, sé exactamente dónde pararme para que alguna puerta quede justo frente a mi nariz-. La puerta se abrió despacio y las dos o tres personas que intentaban bajar se vieron repentinamente empujadas hasta el fondo del vagón por una marejada de personas que intentaba subir. Yo, por supuesto, formaba parte de dicha marejada y como soy un ciudadano responsable, me tomo muy en serio mi papel de miembro de marejada y empujo como corresponde, con rostro serio, pecho erguido, nalgas apretadas y pies bien clavados en el suelo. Cuento también con el pretexto perfecto en caso de que algún irresponsable se enoje: "Es que el de atrás me está empujando". Un crimen sin víctimas.

Dentro del vagón se respiraba de segunda mano el aroma inconfundible del sudor, el perfume y el aliento de más de cien personas. Una brisa tibia que me bajaba desde el cuello hasta la mitad de la espalda resultó ser el aliento de un señor de mediana edad con una calva brillante, casi a punto de charol, que se hallaba detrás de mi y pareció sonreirme cuando volteé a ver quien me estaba respirando encima. Afortunadamente en la siguiente estación subió una nueva marejada que vino a reconfigurar el interior del vagón, llevándome lejos, casi hasta el centro del pasillo.

Ni bien me hube acomodado, llegamos a la siguiente estación. Pensé que seguramente el tren debía haber aumentado su velocidad pues recorrió la distancia prácticamente en la mitad del tiempo. O tal vez me hallaba en una especie de trance provocado por la acción combinada de doscientos sobacos. La nueva marejada me empujó casi hasta la otra puerta del vagón y nos pusimos nuevamente en marcha. Esta vez tardamos aún menos en llegar a la siguiente estación y la marejada correspondiente me hizo dar con la nariz en la puerta de cristal. No había duda de que allí estaba. Incluso toqué el vidrio con la punta de la lengua para cerciorarme de que no estaba soñando. En caso de que alguien lo pregunte, sabe más o menos como cabría esperar que sepa.

Fue en ese momento, estando casi adherido al cristal, cuando tuve la revelación. La comprobé matemáticamente esa misma tarde en cuanto tuve algún tiempo libre. El tren se movía cada vez más rápido y había cada vex más y más gente metida en el mismo vagón. Sin embargo el vagón no parecía hacerse más grande. ¿Cómo puede ser esto? La masa se había contraído!!

Q
uod erat demonstrandum

2 comments:

Anónimo dijo...

Woa, que bien que ya te saliste de esa afrenta a la abierta naturaleza del Internet llamada myspace.
Me encantó encontrar aquí tus cuentos y otras divagaciones tan entretenidas, pero, 6 posts en 3 meses? Buscale tiempo al tiempo y escribe más seguido que las disfruto mucho.
Salve su majestad
Enro IV

enroiv dijo...

Muchas dankes!!