viernes, 28 de noviembre de 2008

Amada mía

Qué suave -pensó Amado- se siente su piel. Sus manos son tan delicadas y pequeñas, y sus dedos tan largos y finos. Debe ser una princesa, un ángel!

El tren seguía su marcha incansablemente por el túnel obscuro e interminable. Al llegar a cada estación se detenía sólo el tiempo indispensable para que los pasajeros ascendieran y descendieran, en ese orden, de los vagones. A bordo de un vagón del metro en horas pico, el ser humano muestra su verdadero rostro, no hay fórmulas de cortesía, no existen las ancianas ni los niños y si eres una mujer joven, da lo mismo si eres hermosa o no lo eres. Sólo la estrategia y la suerte cuentan cuando doscientas personas compiten ferozmente por 36 asientos. Amado lo sabía y por eso se acomodó justo en el espacio donde el asiento individual forma una escuadra con la pareja de asientos que están frente a él. De ese modo, si alguno de los pasajeros que iban sentados en esa área quería levantarse, debía forzosamente pasar frente a él. En ese momento él se introduciría en la escuadra para dejar el paso libre a quien quisiera salir y al mismo tiempo, bloquear el paso a quien quisiera entrar. Un movimiento impecable, ensayado y perfeccionado a lo largo de casi veinte años.

Sólo que ese día nadie se había levantado aún cuando una mano pequeña y tersa, blanca como el nácar se abrió paso entre vientres y espaldas hasta asirse del tubo de aluminio un par de centímetros arriba de la mano del propio Amado, que inmediatamente intentó localizar a la dueña de aquella angelical extremidad. Fue inútil. El vagón estaba tan lleno que no lograba ver más allá del antebrazo. El resto se perdía detras de la hinchada barriga de un señor de mediana edad, que se había vaciado medio frasco de Drakkar Noir encima.

A medida que el tren avanzaba, nuevas manos fueron apareciendo sobre el tubo de aluminio hasta que éste llegó a estar cubierto casi en su totalidad por un ejército de dedos. La hermosa mano comenzó a descender poco a poco, tal vez a causa de la gravedad, tal vez a causa de la grasa, el sudor y la crema que cada nueva mano iba dejando sobre el tubo, dándole un tacto como de palo encebado; hasta que tocó suavemente la mano izquierda de Amado. Una sensación cálida recorrió todo su brazo hasta llegar al tronco, desde donde bajó por el vientre, justo hasta el sexo, que comenzó a hincharse y palpitar. ¡Era tan bello! Era como tocar el cielo. Amado sintió morir de la desesperación, quería gritarle al hombre perfumado que se quitara inmediatamente, que era el único obstáculo que impedía que los jóvenes enamorados pudieran acercarse hasta sentir el palpitar de sus corazones amordazados, cuando repentinamente, casi como si hubiera escuchado sus pensamientos, el hombre descendió en la siguiente estación.

Amado lo siguió dos segundos después, justo después de percatarse que la hermosa mano angelical pertenecía a un niño de doce años que llevaba a su hermanita a la escuela. Aún podía sentir el palpitar de su sexo, que ya empezaba a adormecerse nuevamente.