Como cada día, Ana apagó su computador a las 11:30 p.m., se levantó de su escritorio, recogió sus cosas sin prisa y se dispuso a abandonar la oficina. Por los vacíos pasillos del complejo industrial, sólo el eco de sus zapatillas negras hería el silencio. Al principio pensó en tomar el elevador pero decidió que era mejor idea bajar caminando los tres pisos que la separaban del nivel principal: después de todo, ese sería probablemente el único ejercicio que realizaría en toda la semana. Estaba engordando, poco a poco, de manera casi imperceptible a primera vista, tal vez unos cinco o diez gramos por día. Multiplicados por treinta días al mes, multiplicados por doce meses al año, multiplicados por cinco años desde que la última de sus amigas de la universidad se había casado.
Al llegar al nivel principal no se sorprendió de ver que el acceso estaba cerrado. Tendría que dar la vuelta por detrás de la central de calefacción del edificio hasta donde se hallaba el cubículo del oficial encargado de la seguridad. Allí saludaría al viejo Don Andrés, el vigilante nocturno, intercambiarían un par de palabras, él le entregaría su credencial a cambio del gafete de color violeta que la identificaba como consultora externa con acceso temporal por tiempo indefinido, se despedirían y ella caminaría un par de manzanas hasta llegar a la parada del autobús que la llevaría a casa. La misma rutina día tras día. Se quedó un momento pensando cuán gris le parecía su existencia últimamente y cuando volvió en sí, ya se hallaba a bordo del último autobús con ruta Parque Tecnológico-Revolución. Miró al conductor. Era un hombre de unos cincuenta años, con un abultado vientre enfundido de manera casi heroica en una camisa de poliester con diseño a cuadros. El pantalón azul marino, los zapatos negros con las puntas gastadas, el cinturón de hebilla y la uña del dedo meñique derecho, más larga que el resto, remataban su estereotipada apariencia.
Poco a poco la gente fue descendiendo del autobús hasta que, antes de llegar a la última estación, sólo quedaba otra persona además de ella. Se trataba de un hombre joven, alrededor de unos veintiocho a treinta y dós años, cuya molesta tos con flemas impregnaba el ambiente con un tufo a mezcal y marihuana. Su viejo y raído pantalón apestaba a orines y su camisa a sudor. Ana comenzó a sentirse preocupada al darse cuenta de que ambos bajarían al mismo tiempo. Temía que después de bajar tratara de hablarle, o peor aún, de seguirla, así que en cuanto el autobús se detuvo, bajó con la velocidad del relámpago y caminó con la mirada clavada en el suelo, esperando cubrir en poco tiempo los dos kilómetros que aún la separaban de su hogar. Entre tanto, el conductor del autobús tuvo que tomar el bate de beisbol que guardaba debajo de su asiento y dar un leve golpe en las costillas al último pasajero, que se había quedado dormido en su asiento, mientras le indicaba que el recorrido había terminado.
Ya había andado algo màs de la mitad del camino cuando Ana recordó que se había olvidado de comprar provisiones para la semana. No tendría nada que cenar al llegar a su departamento, ni siquiera café o leche para beber. Miró su reloj de pulsera mientras en su cabeza hacía rápidamente el cálculo. Si se apresuraba podría comprar en el almacén que se hallaba a un par de lotes de su edificio. En caso de no llegar a tiempo tendría que regresar hasta el mini super abierto veinticuatro horas, o bien, irse a la cama con el estómago vacío. Un leve retortijón en el estómago hizo la decisión más fácil y encaminó sus pasos al mini super. Tras voltear hacia atrás y hacia ambos lados y percatarse de que el desagradable pasajero del autobús no la seguía comenzó a caminar con un poco más de confianza. Después de todo era la tibia noche de un viernes en pleno verano y las estrellas brillaban fulgurantes en el cielo. Se sintió un poco triste al pensar que sus únicos planes consistían en comprar algo de café, galletas y problablemente un yoghurt de dieta y sentarse frente al televisor hasta que los ojos se le cerraran, pero un hombre alto, de tez obscura y cabellos negros enfundado en un traje de raya de gis que pasó por su lado tratando de disimular que le miraba los senos le hizo apartar de su mente esos pensamientos. Sonrió por lo bajo con satisfacción y algo de vanidad mientras que su rostro se sonrojaba levemente.
Tras algunos minutos más de la larga e inesperada caminata, que ya empezaba a dejarse sentir en su respiración, en su rostro y debajo de sus axilas, Ana se sintió feliz de ver en la distancia el letrero de neón que anunciaba el fin de su recorrido. Sólo faltaba un par de cientos de metros y podría refrescarse y descansar un poco. Pensó en comprarse una bebida preparada a base de vino blanco y jugo de frutas. Quién sabe, tal vez era una buena noche para olvidarse de la dieta, tal vez bebería una botella en la tienda y llevaría algunas más a casa. Entonces se sentiría jovial y acaso un poco más bella. Tal vez incluso buscaría en su agenda el teléfono de algún amigo de ocasión y le invitaría a pasar una velada juntos. O tal vez no. Si la ocasión era propicia podría hasta salir a recorrer los bares del populoso barrio central en busca de emoción, cualquier cosa que rompiera con el tedio cotidiano. Había escuchado de labios de mujeres algo más libertinas que podían conocerse extranjeros muy interesantes allí.
Al pasar delante de una barda con una abertura, practicada seguramente por algún malviviente de la zona, sintió un repentino tirón y de repente se encontró resbalando por la tierra suelta dentro de un lote desierto rematado en un barranco de unos dos metros de profundidad. Una mano áspera y callosa le cubrió fuertemente la boca mientras otra la palpaba con confianza y libertad en busca de sus pertenencias. Comenzó con los bolsillos traseros del pantalón, estrujando las nalgas en el proceso, continuó hacia adelante y se detuvo un momento en el sexo antes de subir a las bolsas delanteras del saco y hacer una nueva escala en los senos. Una voz con fétido aliento recomendó a Ana no oponer resistencia o las consecuencias podrían ser peores. Con lágrimas en los ojos, ella asintió y en seguida ofreció a su atacante cualquier pertenencia que deseara a cambio de dejarla salir rápidamente y sin daño. Él le sonrió, tomó su reloj, sus pulseras, su collar y su teléfono móvil y lentamente escaló hasta la salida. Entonces se detuvo un par de segundos y decidió que aún no había terminado, que había algo más que deseaba hacer, y bajó de un salto hasta la aterrorizada Ana, que desesperadamente le suplicaba que la dejara, que ya había tomado de ella todo cuanto poseía. "Aún no", le dijo y la tomó con fuerzas por el cuello, colocándose detrás de ella. Su enorme y áspera mano se deslizó poco a poco por su vientre y continuó por debajo del pantalón hasta llegar al sexo. Con los dedos índice y anular separó los labios mientras introducía lentamente el dedo medio en la vagina, produciendo con la larga y astillada uña un dolor indescriptible en Ana. Después se llevó el dedo frente a la nariz y lo olfateó con desesperación, como si quisiera aspirarlo, impregnarse de él. Ana sintió náuseas cuando lo vio meterse el dedo en la boca y chuparlo.
Entonces oyó un estruendo, como una explosión a sus espaldas y sintió cómo un bulto caía pesadamente. Se volteó tan rápidamente que pudo ver a su atacante desplomarse con el cráneo hecho pedazos. Había alguien más allí pero no pudo ver de quién se trataba. Una nueva explosión la sumió en la obscuridad eterna.
Juan de Dios sonrió para sus adentros. La noche había sido muy productiva: en apenas quince minutos se había hecho de un bonito bate de béisbol y ya hasta lo había estrenado. Tres veces.
Al llegar al nivel principal no se sorprendió de ver que el acceso estaba cerrado. Tendría que dar la vuelta por detrás de la central de calefacción del edificio hasta donde se hallaba el cubículo del oficial encargado de la seguridad. Allí saludaría al viejo Don Andrés, el vigilante nocturno, intercambiarían un par de palabras, él le entregaría su credencial a cambio del gafete de color violeta que la identificaba como consultora externa con acceso temporal por tiempo indefinido, se despedirían y ella caminaría un par de manzanas hasta llegar a la parada del autobús que la llevaría a casa. La misma rutina día tras día. Se quedó un momento pensando cuán gris le parecía su existencia últimamente y cuando volvió en sí, ya se hallaba a bordo del último autobús con ruta Parque Tecnológico-Revolución. Miró al conductor. Era un hombre de unos cincuenta años, con un abultado vientre enfundido de manera casi heroica en una camisa de poliester con diseño a cuadros. El pantalón azul marino, los zapatos negros con las puntas gastadas, el cinturón de hebilla y la uña del dedo meñique derecho, más larga que el resto, remataban su estereotipada apariencia.
Poco a poco la gente fue descendiendo del autobús hasta que, antes de llegar a la última estación, sólo quedaba otra persona además de ella. Se trataba de un hombre joven, alrededor de unos veintiocho a treinta y dós años, cuya molesta tos con flemas impregnaba el ambiente con un tufo a mezcal y marihuana. Su viejo y raído pantalón apestaba a orines y su camisa a sudor. Ana comenzó a sentirse preocupada al darse cuenta de que ambos bajarían al mismo tiempo. Temía que después de bajar tratara de hablarle, o peor aún, de seguirla, así que en cuanto el autobús se detuvo, bajó con la velocidad del relámpago y caminó con la mirada clavada en el suelo, esperando cubrir en poco tiempo los dos kilómetros que aún la separaban de su hogar. Entre tanto, el conductor del autobús tuvo que tomar el bate de beisbol que guardaba debajo de su asiento y dar un leve golpe en las costillas al último pasajero, que se había quedado dormido en su asiento, mientras le indicaba que el recorrido había terminado.
Ya había andado algo màs de la mitad del camino cuando Ana recordó que se había olvidado de comprar provisiones para la semana. No tendría nada que cenar al llegar a su departamento, ni siquiera café o leche para beber. Miró su reloj de pulsera mientras en su cabeza hacía rápidamente el cálculo. Si se apresuraba podría comprar en el almacén que se hallaba a un par de lotes de su edificio. En caso de no llegar a tiempo tendría que regresar hasta el mini super abierto veinticuatro horas, o bien, irse a la cama con el estómago vacío. Un leve retortijón en el estómago hizo la decisión más fácil y encaminó sus pasos al mini super. Tras voltear hacia atrás y hacia ambos lados y percatarse de que el desagradable pasajero del autobús no la seguía comenzó a caminar con un poco más de confianza. Después de todo era la tibia noche de un viernes en pleno verano y las estrellas brillaban fulgurantes en el cielo. Se sintió un poco triste al pensar que sus únicos planes consistían en comprar algo de café, galletas y problablemente un yoghurt de dieta y sentarse frente al televisor hasta que los ojos se le cerraran, pero un hombre alto, de tez obscura y cabellos negros enfundado en un traje de raya de gis que pasó por su lado tratando de disimular que le miraba los senos le hizo apartar de su mente esos pensamientos. Sonrió por lo bajo con satisfacción y algo de vanidad mientras que su rostro se sonrojaba levemente.
Tras algunos minutos más de la larga e inesperada caminata, que ya empezaba a dejarse sentir en su respiración, en su rostro y debajo de sus axilas, Ana se sintió feliz de ver en la distancia el letrero de neón que anunciaba el fin de su recorrido. Sólo faltaba un par de cientos de metros y podría refrescarse y descansar un poco. Pensó en comprarse una bebida preparada a base de vino blanco y jugo de frutas. Quién sabe, tal vez era una buena noche para olvidarse de la dieta, tal vez bebería una botella en la tienda y llevaría algunas más a casa. Entonces se sentiría jovial y acaso un poco más bella. Tal vez incluso buscaría en su agenda el teléfono de algún amigo de ocasión y le invitaría a pasar una velada juntos. O tal vez no. Si la ocasión era propicia podría hasta salir a recorrer los bares del populoso barrio central en busca de emoción, cualquier cosa que rompiera con el tedio cotidiano. Había escuchado de labios de mujeres algo más libertinas que podían conocerse extranjeros muy interesantes allí.
Al pasar delante de una barda con una abertura, practicada seguramente por algún malviviente de la zona, sintió un repentino tirón y de repente se encontró resbalando por la tierra suelta dentro de un lote desierto rematado en un barranco de unos dos metros de profundidad. Una mano áspera y callosa le cubrió fuertemente la boca mientras otra la palpaba con confianza y libertad en busca de sus pertenencias. Comenzó con los bolsillos traseros del pantalón, estrujando las nalgas en el proceso, continuó hacia adelante y se detuvo un momento en el sexo antes de subir a las bolsas delanteras del saco y hacer una nueva escala en los senos. Una voz con fétido aliento recomendó a Ana no oponer resistencia o las consecuencias podrían ser peores. Con lágrimas en los ojos, ella asintió y en seguida ofreció a su atacante cualquier pertenencia que deseara a cambio de dejarla salir rápidamente y sin daño. Él le sonrió, tomó su reloj, sus pulseras, su collar y su teléfono móvil y lentamente escaló hasta la salida. Entonces se detuvo un par de segundos y decidió que aún no había terminado, que había algo más que deseaba hacer, y bajó de un salto hasta la aterrorizada Ana, que desesperadamente le suplicaba que la dejara, que ya había tomado de ella todo cuanto poseía. "Aún no", le dijo y la tomó con fuerzas por el cuello, colocándose detrás de ella. Su enorme y áspera mano se deslizó poco a poco por su vientre y continuó por debajo del pantalón hasta llegar al sexo. Con los dedos índice y anular separó los labios mientras introducía lentamente el dedo medio en la vagina, produciendo con la larga y astillada uña un dolor indescriptible en Ana. Después se llevó el dedo frente a la nariz y lo olfateó con desesperación, como si quisiera aspirarlo, impregnarse de él. Ana sintió náuseas cuando lo vio meterse el dedo en la boca y chuparlo.
Entonces oyó un estruendo, como una explosión a sus espaldas y sintió cómo un bulto caía pesadamente. Se volteó tan rápidamente que pudo ver a su atacante desplomarse con el cráneo hecho pedazos. Había alguien más allí pero no pudo ver de quién se trataba. Una nueva explosión la sumió en la obscuridad eterna.
Juan de Dios sonrió para sus adentros. La noche había sido muy productiva: en apenas quince minutos se había hecho de un bonito bate de béisbol y ya hasta lo había estrenado. Tres veces.
