jueves, 30 de abril de 2009

Cochina influenza

Lo peor de todo este asunto es el atropello de ver a Mandy parada sobre los muebles, mirándome como sólo una bebita puede hacerlo y tener que aguantarme las ganas de saltarle encima y llenarla de besos por todos lados.

miércoles, 22 de abril de 2009

No es lo mismo

Creo que mis úlimos posts han sido un poco depresivos, asi que a riesgo de parecer chavito de secundaria, ahora me permito señalar las sutiles diferencias que hay entre algunos conceptos:

No es lo mismo la verdura que verla dura.
No es lo mismo dos tazas de té que dos te-tazas.
No es lo mismo mi tía en la calle zaragoza que mi tía Sara goza en la calle.
No es lo mismo me baño en el lago que me lago en el baño.
No es lo mismo Anita, siéntate en la hamaca que siéntate en la macanita.
No es lo mismo una burra cogiendo el sereno que un sereno... tú sabes!!

Será que esto sólo me entretiene a mí?

Damn

Estoy cansado y aburrido. Ya casi me dan las diez de la noche mientras espero que nos instalen los Work Orders en UAT. No habrá una mejor manera de hacer esto? Sólo quiero irme a mi casa a dormir. Como dijo alguna vez Mark Knopfler: "I shoulda learned to play the guitar, I shoulda learned to play them drums. Look at that mama, she got it stickin' in the camera. Man we could have some".

El tiempo es parné

Estaba viendo en la web algunas de las opciones de paquetes de audio para producción musical, como ProTools, Cakewalk, etc. En verdad que se pueden hacer cosas maravillosas con estas aplicaciones, crear, grabar, editar, agregar efectos, publicar en la web y vaya uno a saber cuántas cosas más. Lo curioso de todo el asunto es que todo tiene un precio, y no es que me moleste pagar por usar esas herramientas, porque yo mismo trabajo como desarrollador de software y sé lo que implica crear algo así, sino que me hizo pensar en mí mismo hace algunos años, mientras estudiaba la carrera y tocaba la guitarra como hobby, como una manera de sacudirme el estrés de las series de ejercicios, los proyectos, los exámenes finales y todas esas cosas que preocupan a un estudiante. En aquellos años soñaba con poder comprar un programilla de esos, pero los precios eran absolutamente exhorbitantes para mis bolsillos rotos. Es curioso cómo las cosas pueden cambiar tanto en apenas unos pocos años y al mismo tiempo permanecer iguales. Ahora soy todo un jefe de familia, con un trabajo e ingreso estables que me permitirían comprar cosas como el Cakewalk SONAR 8 por ejemplo (500 USD). Paradójicamente, sigo sin poder comprarlo porque ahora dicha compra sería un gasto inútil: carezco del tiempo necesario para ponerme a tocar la guitarra, grabar, editar o hacer prácticamente nada que no sea trabajar y atender a mis hijos. Dicen que el tiempo es dinero y resulta que me encuentro en la penosa situación de que al tener que trabajar por dinero, carezco de tiempo para disfrutarlo.

domingo, 12 de abril de 2009

Dasboa

I love you baby. Life's hard sometimes but i don't care, i love you the same.

El recuento de los daños

Estoy cansado... más de lo que se puede describir con palabras. Pero contento. Este fin de semana fue pesado pero feliz. Pude pasar cuatro días completos junto a las personas que más amo, y eso en mi situación actual es digno de mencionarse. Mañana de nuevo a la chamba. Ni hablar, un mal necesario.

miércoles, 8 de abril de 2009

Demostraciones prácticas de la física moderna - El principio de incertidumbre de Heisenberg


Es difícil ser hombre. Más de lo que las mujeres piensan. Si bien es cierto que en general no necesitamos preocuparnos por la mayoría de las falacias que preocupan a la mayoría de las mujeres (celulitis, várices, buscar un lugar adecuado para orinar, etc.), también es cierto que en general, el peso financiero del hogar cae sobre nuestros hombros.

Recuerdo mis épocas de estudiante, aquellos tiempos en que andaba por la vida sin un clavo encima, y no es que en estas épocas ande con lo que se llame un dineral encima, pero...

El reloj me sacó de mis pensamientos con tintes misoginostálgicos. Las once y media de la noche. Una vez más se me había hecho tarde, y para no variar, en viernes de quincena. Busqué sin éxito en mi billetera el teléfono del sitio de taxis de bosques mientras calculaba el tiempo que me tomaría llegar caminando hasta el otro sitio, el de la calle de los ciruelos. Tomé mis cosas y registré mi salida en recepción. Fiel a su costumbre, el vigilante nocturno me detuvo nuevamente con alguna perorata acerca de su frustrada carrera musical y me preguntó si seguía con mi banda. Respondí un "no" algo lacónico tratando de no entretenerme demasiado con él y subí hasta la calle a pasos veloces, salvando dos escalones en cada zancada.

Miré hacia ambos lados de la calle de duraznos buscando con la vista algún taxi. La calle estaba desierta, con excepción de algunos niños ricos de la zona, que entraban en el Oxxo fingiendo voces más roncas de lo normal con la esperanza de que les vendieran alcohol y cigarrillos. Revisé el bolsillo trasero de mi pantalón para asegurarme de que mi billetera seguía en posición y caminé hacia la calle principal, en donde hice señales a un taxista.

Media hora más tarde, recordé que olvidé sacar dinero en el cajero. Miré rápidamente el tablero rojo del taxímetro, que ya para ese momento marcaba noventa y ocho pesos con noventa centavos. "Aquí está bien, joven", dije al conductor mientras me apeaba del vehículo. Saqué de mi billetera mis últimos cien pesos y los entregué al taxista al tiempo que el contador del taxímetro ascendía a novente y nueve pesos con setenta centavos. Maldije mi suerte por lo bajo mientras miraba en derredor para darme una idea de dónde estaba. Habíamos pasado la estación del metro garibaldi. Caminé sobre el eje uno, pensando que si me internaba en el barrio bravo podría ganar algo de tiempo y acortar la distancia hasta mi casa.

Ocurrió entonces algo extraño, un fenómeno desconocido para mi hasta ese momento. Tras dar la vuelta en una de las calles que se internan en el barrio y avanzar un par de cuadras, vi a lo lejos un grupo de amigos que, amistosamente, usaban el cuerpo de un indigente para apagar sus cigarros de cannabis. Me detuve en seco sin saber qué hacer hasta que uno de ellos levantó la mirada. No sé a ciencia cierta si me llegó a ver o no, pero en ese instante di la media vuelta e inicié una frenética carrera entre callejones y callejuelas, notando que a cada paso mi sentido de orientación se veía más y más afectado. Puse enseguida la mano sobre el corazón y comencé a contar los pasos que daba por cada latido hasta determinar mi velocidad con una exactitud impresionante. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mientras más exactamente podía determinar mi velocidad, menos conocía mi ubicación. Entonces quité la mano de mi pecho, quedando en ese momento mi velocidad indeterminada, y leí en un letrero "Matamoros", y en otro similar "Peralvillo".

Q.E.D.