miércoles, 8 de abril de 2009

Demostraciones prácticas de la física moderna - El principio de incertidumbre de Heisenberg


Es difícil ser hombre. Más de lo que las mujeres piensan. Si bien es cierto que en general no necesitamos preocuparnos por la mayoría de las falacias que preocupan a la mayoría de las mujeres (celulitis, várices, buscar un lugar adecuado para orinar, etc.), también es cierto que en general, el peso financiero del hogar cae sobre nuestros hombros.

Recuerdo mis épocas de estudiante, aquellos tiempos en que andaba por la vida sin un clavo encima, y no es que en estas épocas ande con lo que se llame un dineral encima, pero...

El reloj me sacó de mis pensamientos con tintes misoginostálgicos. Las once y media de la noche. Una vez más se me había hecho tarde, y para no variar, en viernes de quincena. Busqué sin éxito en mi billetera el teléfono del sitio de taxis de bosques mientras calculaba el tiempo que me tomaría llegar caminando hasta el otro sitio, el de la calle de los ciruelos. Tomé mis cosas y registré mi salida en recepción. Fiel a su costumbre, el vigilante nocturno me detuvo nuevamente con alguna perorata acerca de su frustrada carrera musical y me preguntó si seguía con mi banda. Respondí un "no" algo lacónico tratando de no entretenerme demasiado con él y subí hasta la calle a pasos veloces, salvando dos escalones en cada zancada.

Miré hacia ambos lados de la calle de duraznos buscando con la vista algún taxi. La calle estaba desierta, con excepción de algunos niños ricos de la zona, que entraban en el Oxxo fingiendo voces más roncas de lo normal con la esperanza de que les vendieran alcohol y cigarrillos. Revisé el bolsillo trasero de mi pantalón para asegurarme de que mi billetera seguía en posición y caminé hacia la calle principal, en donde hice señales a un taxista.

Media hora más tarde, recordé que olvidé sacar dinero en el cajero. Miré rápidamente el tablero rojo del taxímetro, que ya para ese momento marcaba noventa y ocho pesos con noventa centavos. "Aquí está bien, joven", dije al conductor mientras me apeaba del vehículo. Saqué de mi billetera mis últimos cien pesos y los entregué al taxista al tiempo que el contador del taxímetro ascendía a novente y nueve pesos con setenta centavos. Maldije mi suerte por lo bajo mientras miraba en derredor para darme una idea de dónde estaba. Habíamos pasado la estación del metro garibaldi. Caminé sobre el eje uno, pensando que si me internaba en el barrio bravo podría ganar algo de tiempo y acortar la distancia hasta mi casa.

Ocurrió entonces algo extraño, un fenómeno desconocido para mi hasta ese momento. Tras dar la vuelta en una de las calles que se internan en el barrio y avanzar un par de cuadras, vi a lo lejos un grupo de amigos que, amistosamente, usaban el cuerpo de un indigente para apagar sus cigarros de cannabis. Me detuve en seco sin saber qué hacer hasta que uno de ellos levantó la mirada. No sé a ciencia cierta si me llegó a ver o no, pero en ese instante di la media vuelta e inicié una frenética carrera entre callejones y callejuelas, notando que a cada paso mi sentido de orientación se veía más y más afectado. Puse enseguida la mano sobre el corazón y comencé a contar los pasos que daba por cada latido hasta determinar mi velocidad con una exactitud impresionante. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que mientras más exactamente podía determinar mi velocidad, menos conocía mi ubicación. Entonces quité la mano de mi pecho, quedando en ese momento mi velocidad indeterminada, y leí en un letrero "Matamoros", y en otro similar "Peralvillo".

Q.E.D.

1 comments:

Dasboa dijo...

when was this?