Para la gorda, aunque no creo que lo lea :)
Exactamente a las cinco en punto, el silencio de la madrugada fue herido por el repiqueteo de la alarma de un reloj despertador depositado sobre un cubo de agua colocado al revés sobre el suelo de tierra apisonada de la alcoba de Juan de Dios. Era un Lunes de muchos primeros: primer día del mes de Junio, primer día de trabajo del primer trabajo de Juan de Dios. Pero sobre todo, era la primera ocasión en que supo que ahora era un hombre. El viernes anterior, mientras conversaba con Alma, ésta le comunicó lo que ya desde hacía un par de semanas venían temiendo. En un principio no supo qué decir. Mil pensamientos inundaron su mente, dejándolo helado, como suspendido en el tiempo, hasta que finalmente decidió hacer lo único que un hombre honorable en su situación podía hacer. Se despidió de ella con un beso en su amplia frente y le prometió que todo iría bien.
Pensó por un momento en tomar un baño, pero decidió que sería mejor hacerlo hasta la noche, justo antes de dormir. Seguramente le esperaba una dura jornada. Se vistió entonces rápidamente con aquel overall prestado, que en algún momento fue de un naranja brillante, pero que ahora lucía desgastado en algunos lugares y manchado de grasa, óxido y cemento en algunos otros. Justo antes de salir se miró en el espejo por última vez. Parecía un niño desgarbado rumbo a su primer día de escuela. Aún tuvo tiempo para dedicarse a sí mismo una sonrisa antes de salir de su cuarto, en silencio, para no despertar a su hermano Juan de Jesús, "la chucha", y a su esposa, que aún dormían. Ambos trabajaban en el departamento de intendencia en una oficina gubernamental que abría sus puertas hasta las diez. Era una lástima que no hubieran podido ayudarle a encontrar una plaza ahí mismo. Pero ya le habían ayudado bastante durante toda su vida, y sobre todo durante el fin de semana pasado. Fue precisamente la chucha quien lo recomendó con el cabo de obras en el muelle, un viejo amigo suyo de la primaria.
Hasta ese día, Juan de Dios nunca había sabido lo difícil que es ganarse la vida como un hombre, y es que hasta el pasado viernes no lo había sido ¿Cómo iba a serlo si apenas hasta la mañana del viernes había sido un estudiante de preparatoria? Pero ahora había cosas más urgentes. Era apenas medio día y ya había ayudado a echar abajo un par de bodegas, armado con un gran marro que al principio apenas y podía manejar, pero cuyos secretos con el paso de las horas había logrado dominar; limpiado los escombros, y apisonado un par de metros cuadrados de terreno con ayuda de una singular máquina que los otros trabajadores conocían como "la bailarina" por la manera en que había que colocar los brazos para sostenerla, pero sobre todo porque parecía dar de saltos mientras funcionaba.
La hora de la comida fue amena y agradable. Juan de Dios conoció la costumbre que tenía el grupo de trabajadores de juntarse alrededor de una gran mesa improvisada en medio del sitio de la obra con algunos tablones viejos colocados sobre una plataforma de tubos de vapor de manera que la comida permanecía siempre tibia, y colocar todos los alimentos al centro, como un bufette del cual todos podían tomar lo que quisieran. Ese día comió un poco de chicharrón en salsa verde, cortesía de un tal José, algo de hígado con cebollas y chiles, un taco de arroz con huevo cocido, un trozo de coliflor capeada, y por supuesto, poco más de la mitad de la carne molida con papas y zanahorias que Ana, su cuñada, la esposa de la chucha le había preparado. Hasta le quedó espacio para tomar un par de las uvas que había llevado don Rafa, que es como todos llamaban al cabo de obras.
Regresó a trabajar con el estómago aún lleno, sintiendo una gran pesadez y somnolencia -es que cuarenta minutos no eran suficientes para comer-, y comenzó a cargar costales de cemento hacia la bodega. Eran veinte costales, cada uno de cincuenta kilogramos, una labor titánica para ser realizada en el primer día de trabajo. Apenas había transportado el primero cuando comenzó a sentir en el estómago los primeros signos de que debería haber esperado más tiempo antes de continuar con el trabajo. Miró a su alrededor en busca de alguien más que mostrara signos de malestar. Nadie. Todos parecían como un enjambre de abejas, dedicados plenamente a sus duras labores, transportando grava y gravilla en pesados cubos, rompiendo concreto, recogiendo escombros, apisonando. Resignado, Juan de Dios tomó otro costal y lo llevó a la bodega. Apenas alcanzó a colocarlo sobre el anterior cuando su cuerpo decidió que había sido suficiente y se arqueó violentamente para expulsar el vómito.
Y estando arqueado, doblado sobre sí mismo, expulsando violentamente los alimentos casi enteros, pues su cuerpo no había tenido tiempo de disolverlos lo suficiente como para salir sin causarle daño, Juan de Dios sintió el duro impacto de una bota en su abdomen. Instintivamente trató de aspirar, pero esto sólo desvió el vómito desde su boca hacia sus pulmones, asfixiándolo. Trató de gritar, de pedir ayuda, cayendo finalmente en las tinieblas a los pies de Juan de Dios, el otro, que lo miraba con una sonrisa en su rostro.
Exactamente a las cinco en punto, el silencio de la madrugada fue herido por el repiqueteo de la alarma de un reloj despertador depositado sobre un cubo de agua colocado al revés sobre el suelo de tierra apisonada de la alcoba de Juan de Dios. Era un Lunes de muchos primeros: primer día del mes de Junio, primer día de trabajo del primer trabajo de Juan de Dios. Pero sobre todo, era la primera ocasión en que supo que ahora era un hombre. El viernes anterior, mientras conversaba con Alma, ésta le comunicó lo que ya desde hacía un par de semanas venían temiendo. En un principio no supo qué decir. Mil pensamientos inundaron su mente, dejándolo helado, como suspendido en el tiempo, hasta que finalmente decidió hacer lo único que un hombre honorable en su situación podía hacer. Se despidió de ella con un beso en su amplia frente y le prometió que todo iría bien.
Pensó por un momento en tomar un baño, pero decidió que sería mejor hacerlo hasta la noche, justo antes de dormir. Seguramente le esperaba una dura jornada. Se vistió entonces rápidamente con aquel overall prestado, que en algún momento fue de un naranja brillante, pero que ahora lucía desgastado en algunos lugares y manchado de grasa, óxido y cemento en algunos otros. Justo antes de salir se miró en el espejo por última vez. Parecía un niño desgarbado rumbo a su primer día de escuela. Aún tuvo tiempo para dedicarse a sí mismo una sonrisa antes de salir de su cuarto, en silencio, para no despertar a su hermano Juan de Jesús, "la chucha", y a su esposa, que aún dormían. Ambos trabajaban en el departamento de intendencia en una oficina gubernamental que abría sus puertas hasta las diez. Era una lástima que no hubieran podido ayudarle a encontrar una plaza ahí mismo. Pero ya le habían ayudado bastante durante toda su vida, y sobre todo durante el fin de semana pasado. Fue precisamente la chucha quien lo recomendó con el cabo de obras en el muelle, un viejo amigo suyo de la primaria.
Hasta ese día, Juan de Dios nunca había sabido lo difícil que es ganarse la vida como un hombre, y es que hasta el pasado viernes no lo había sido ¿Cómo iba a serlo si apenas hasta la mañana del viernes había sido un estudiante de preparatoria? Pero ahora había cosas más urgentes. Era apenas medio día y ya había ayudado a echar abajo un par de bodegas, armado con un gran marro que al principio apenas y podía manejar, pero cuyos secretos con el paso de las horas había logrado dominar; limpiado los escombros, y apisonado un par de metros cuadrados de terreno con ayuda de una singular máquina que los otros trabajadores conocían como "la bailarina" por la manera en que había que colocar los brazos para sostenerla, pero sobre todo porque parecía dar de saltos mientras funcionaba.
La hora de la comida fue amena y agradable. Juan de Dios conoció la costumbre que tenía el grupo de trabajadores de juntarse alrededor de una gran mesa improvisada en medio del sitio de la obra con algunos tablones viejos colocados sobre una plataforma de tubos de vapor de manera que la comida permanecía siempre tibia, y colocar todos los alimentos al centro, como un bufette del cual todos podían tomar lo que quisieran. Ese día comió un poco de chicharrón en salsa verde, cortesía de un tal José, algo de hígado con cebollas y chiles, un taco de arroz con huevo cocido, un trozo de coliflor capeada, y por supuesto, poco más de la mitad de la carne molida con papas y zanahorias que Ana, su cuñada, la esposa de la chucha le había preparado. Hasta le quedó espacio para tomar un par de las uvas que había llevado don Rafa, que es como todos llamaban al cabo de obras.
Regresó a trabajar con el estómago aún lleno, sintiendo una gran pesadez y somnolencia -es que cuarenta minutos no eran suficientes para comer-, y comenzó a cargar costales de cemento hacia la bodega. Eran veinte costales, cada uno de cincuenta kilogramos, una labor titánica para ser realizada en el primer día de trabajo. Apenas había transportado el primero cuando comenzó a sentir en el estómago los primeros signos de que debería haber esperado más tiempo antes de continuar con el trabajo. Miró a su alrededor en busca de alguien más que mostrara signos de malestar. Nadie. Todos parecían como un enjambre de abejas, dedicados plenamente a sus duras labores, transportando grava y gravilla en pesados cubos, rompiendo concreto, recogiendo escombros, apisonando. Resignado, Juan de Dios tomó otro costal y lo llevó a la bodega. Apenas alcanzó a colocarlo sobre el anterior cuando su cuerpo decidió que había sido suficiente y se arqueó violentamente para expulsar el vómito.
Y estando arqueado, doblado sobre sí mismo, expulsando violentamente los alimentos casi enteros, pues su cuerpo no había tenido tiempo de disolverlos lo suficiente como para salir sin causarle daño, Juan de Dios sintió el duro impacto de una bota en su abdomen. Instintivamente trató de aspirar, pero esto sólo desvió el vómito desde su boca hacia sus pulmones, asfixiándolo. Trató de gritar, de pedir ayuda, cayendo finalmente en las tinieblas a los pies de Juan de Dios, el otro, que lo miraba con una sonrisa en su rostro.

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