martes, 12 de mayo de 2009

A veces pasa

Como usualmente pasaba, esa noche Amado fue a casa de Alberto armado con un six pack de Coronas, una garrafa de galón de Moyahue y un par de Frescas guardadas en la mochila. La semana había sido larga en la empacadora de carnes frías, pero al fin era viernes, el día bonito, el día más feliz de la semana. Y además no era cualquier viernes, era viernes de quincena. Y de entre los viernes de quincena, era viernes de box. Alberto le había telefoneado hacía un par de horas, “Mamado, si tienes planes mejor cancélalos de una vez, acabo de contratar la pelea en pago por evento. Traite las chelas”. Por supuesto, los planes de Amado sólo consistían en mirar pornografía en su ropa interior, rascándose los huevos de vez en cuando, por lo que el cambio de planes le venía bien.

Como frecuentemente sucedía, Amado pensó en el mejor pretexto para evitar ver a su amada a la mañana siguiente, anticipando la feroz resaca que seguramente vendría tras lo que a todas luces iba a ser una larga noche. Por supuesto, no pudo pensar en nada mejor que decirle que esa noche le había tocado trabajar el turno de ocho a tres de la mañana, esperanzado en que Alberto no hubiera invitado al flaco Gómez, o que por lo menos a éste no se le ocurriera llevar a su cada vez más omnipresente novia, que además trabajaba en la misma oficina que Ada. Es que ese tipo no sabía lo que significaba una noche masculina.

Como siempre ocurría, al oir el timbre de la puerta Alberto se negó a abrir hasta que Amado le dio la contraseña de entrada, que en esta ocasión era “Huevos con ejote”. Esta costumbre chocaba a Amado más que a cualquier otro de los amigos de Alberto, y todos lo sabían, así que cuando entró, fue recibido con un coro de risas y palmadas en la nuca que lo acompañaron desde el marco de la puerta hasta que finalmente se acomodó en uno de los mullidos sofás que había frente al televisor, exactamente al lado del flaco Gómez y su novia, quien le dedicó una sonrisa maliciosa mientras le enviaba sus más afectuosos saludos a Ada.

Como comúnmente acontecía, la pelea fue breve y brutal. Todo se decidió con un contundente Knockout al minuto y medio del tercero de doce rounds. Un furioso gancho al hígado mandó al retador directo a la lona, de donde ya no se volvió a levantar jamás. En uno de los extremos de la pantalla de cuarenta y dos pulgadas se podía ver a un hombre con el rostro desencajado saboreando un triunfo amargo mientras en el otro sólo quedaba un vacío en donde antes había estado un hombre, que en ese momento era sacado precipitadamente de la arena. Esto por supuesto no fue observado por Amado, ni por Alberto, ni por ninguno de los otros invitados. Ciertamente no fue observado por el flaco Gómez, quien para ese momento ya había sido mandado a la lona por media docena de tragos de mezcal mientras su novia bailaba encima de la mesa de centro, desviando la atención de la pantalla hacia su movimiento de caderas.

Como nunca acaecía, Amado bebió y bebió sin que el alcohol produjera apenas algún efecto sobre él. Tal vez habría sido el medio kilo de slachichas que se comió en la empacadora, tomandolas furtivamente cuando el inspector daba la espalda. Uno a uno los invitados se fueron excusando y marchando a casa o bien, fueron cayendo como moscas sobre la alfombra de la sala. Todos menos la novia del flaco Gómez, a quien su incesante baile había mantenido lo suficientemente sobria como para aún hallarse despierta y en pie, pero no como para que su vanidad no se hubiera visto afectada sobremanera por la atención recibida durante toda la noche. Pronto sus piernas se cruzaron tras la cintura de Amado. El acto en sí fue torpe debido al estado de extrema intoxicación en el que ambos se hallaban, pero lo memorable, a ojos de Amado es que usaron al propio flaco Gómez como colchón. Cuando todo hubo terminado, las huellas de la batalla quedaron sobre la parte frontal del pantalón del flaco, en el área que va desde las ingles hasta la cremallera. Cuando, a la mañana siguiente, todos hubieron despertado y advertido las manchas obscuras en el pantalón del flaco Gómez, éste se excusó avergonzado. “A veces pasa”, dijo consternado.