Hace dos años llegué a Ayotlán poco antes del amanecer. Me acompañaba mi mamá, ambos ansiosos por estar, ahora sí, presentes en el acontecimiento que nos habíamos perdido el año anterior. El calor era casi insoportable, aún antes de que saliera el sol, y el camino hasta la casa es una larga subida por calles angostas y pedregosas, que la emoción hizo mucho más llevadero. Cuando finalmente llegamos a la casa, María nos esperaba ya. La recuerdo como si hubiera sido ayer, con una sonrisa de oreja a oreja. Vestía unos jeans de color obscuro y una blusa rosa pegada al cuerpo que hacía que su vientre pareciera aún más abultado. Yo casi podía imaginar a Mandy a través de la tela, ansiosa por salir.
Salimos hacia la terminal de autobuses. Afortunadamente el camino de la casa a la terminal es de bajada, por lo cual se nos hizo un poco más fácil. Digo que se nos hizo, aunque no sé decir si para María haya sido fácil tener que bajar caminando hasta la terminal de autobuses con sus nueve meses de embarazo encima. En todo caso, no parecía importarle demasiado: había algo más importante en qué pensar.
Como generalmente sucede, el camino hasta la piedad fue rápido y sin contratiempos. Llegamos al hospital alrededor de las nueve de la mañana y después del papeleo habitual, nos dijeron que todo estaba listo para que Mandy viniera al mundo. No puedo describir la emoción que sentí en ese momento en el que supe por fin que iba a ser parte de ese suceso tan importante. Una parte de mí, sin embargo, se remontó al mes de Marzo del año anterior, como pensando en que esta era mi venganza contra la vida, contra todo lo que me había mantenido lejos de mi Juno. En esta ocasión era diferente: yo iba a estar junto a Mandy desde el mismo instante en que apareciera junto a nosotros. Tal vez soy egoísta, no lo sé. Sólo sé que para mí es importante ser parte de la vida de mis hijos. Si por mi fuera, si existiera la más mínima posibilidad, creo que yo mismo los habría llevado en mi cuerpo durante los nueve meses de la gestación sólo por poder llenarme la boca proclamando que he estado junto a ellos desde siempre, desde el instante en que su existencia comenzó.
Y finalmente, después de nueve largos meses de espera, Mandy nació hace exactamente dos años. Recuerdo como me reía al decirle a María "Ya salió, ya salió". Era perfecta, pequeña, húmeda aún y con los ojos cerrados. La vistieron en seguida con la ropita que le habíamos comprado, que parecía tan pequeña y sin embargo le quedaba muy holgada. Qué pequeña era Mandy. Sobre todo comparándola con Juno, que ya por aquellos meses tenía poco más de un año y gustaba de caminar por todos lados, como un chivito descarriado. Su piel era de un color rosa pálido, que con el paso de los días fue volviéndose algo más obscura, no tanto como la mía, sino más bien como una mezcla perfecta entre María y yo.
Recuerdo todo esto el día de hoy, dos años después de que sucedió. Lo recuerdo con gran cariño, a pesar de que ese día comenzó lo que hasta hoy ha sido la época más difícil de mi vida. Hoy Mandy ya camina, habla, salta, se enoja, pelea, da besos con y sin lengua (antes de que piensen mal, los besos de lengua significan que pone su frente junto a la tuya y saca la lengua), dice que te ama, pisa anas (arañas) y baila con su hermano, entre otras muchas cosas que me vuelven loco y me hacen caer de rodillas a sus pequeños pies y amarla y adorarla como nunca pensé que fuera posible.
Felicidades princesa.
Tu papá.
Salimos hacia la terminal de autobuses. Afortunadamente el camino de la casa a la terminal es de bajada, por lo cual se nos hizo un poco más fácil. Digo que se nos hizo, aunque no sé decir si para María haya sido fácil tener que bajar caminando hasta la terminal de autobuses con sus nueve meses de embarazo encima. En todo caso, no parecía importarle demasiado: había algo más importante en qué pensar.
Como generalmente sucede, el camino hasta la piedad fue rápido y sin contratiempos. Llegamos al hospital alrededor de las nueve de la mañana y después del papeleo habitual, nos dijeron que todo estaba listo para que Mandy viniera al mundo. No puedo describir la emoción que sentí en ese momento en el que supe por fin que iba a ser parte de ese suceso tan importante. Una parte de mí, sin embargo, se remontó al mes de Marzo del año anterior, como pensando en que esta era mi venganza contra la vida, contra todo lo que me había mantenido lejos de mi Juno. En esta ocasión era diferente: yo iba a estar junto a Mandy desde el mismo instante en que apareciera junto a nosotros. Tal vez soy egoísta, no lo sé. Sólo sé que para mí es importante ser parte de la vida de mis hijos. Si por mi fuera, si existiera la más mínima posibilidad, creo que yo mismo los habría llevado en mi cuerpo durante los nueve meses de la gestación sólo por poder llenarme la boca proclamando que he estado junto a ellos desde siempre, desde el instante en que su existencia comenzó.
Y finalmente, después de nueve largos meses de espera, Mandy nació hace exactamente dos años. Recuerdo como me reía al decirle a María "Ya salió, ya salió". Era perfecta, pequeña, húmeda aún y con los ojos cerrados. La vistieron en seguida con la ropita que le habíamos comprado, que parecía tan pequeña y sin embargo le quedaba muy holgada. Qué pequeña era Mandy. Sobre todo comparándola con Juno, que ya por aquellos meses tenía poco más de un año y gustaba de caminar por todos lados, como un chivito descarriado. Su piel era de un color rosa pálido, que con el paso de los días fue volviéndose algo más obscura, no tanto como la mía, sino más bien como una mezcla perfecta entre María y yo.
Recuerdo todo esto el día de hoy, dos años después de que sucedió. Lo recuerdo con gran cariño, a pesar de que ese día comenzó lo que hasta hoy ha sido la época más difícil de mi vida. Hoy Mandy ya camina, habla, salta, se enoja, pelea, da besos con y sin lengua (antes de que piensen mal, los besos de lengua significan que pone su frente junto a la tuya y saca la lengua), dice que te ama, pisa anas (arañas) y baila con su hermano, entre otras muchas cosas que me vuelven loco y me hacen caer de rodillas a sus pequeños pies y amarla y adorarla como nunca pensé que fuera posible.
Felicidades princesa.
Tu papá.

2 comments:
Pues muchas felicidades compa!
Ya sabes que nos da mucho gusto.
Muchas gracias! Ahí va la gordita :)
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