Estuve leyendo acerca del chile. El chile produce capsaicina, que es un compuesto que cuando se une a los neorureceptores adecuados, produce una sensación de quemadura. Eso es lo que causa esa distintiva sensación y la irritación que la acompaña cada vez que nos echamos uno "de amor". Las aves no poseen los neuroreceptores necesarios para detectar la capsaicina, razón por la cual las aves, a diferencia de los mamíferos, los cuales sí los poseemos, no se enchilan. Esto tiene efectos curiosos. En primer lugar, hay que notar que los mamíferos tenemos muelas mientras que las aves no. Esto significa que la capsaicina es un mecanismo de defensa que emplea el chile para evitar que los mamíferos lo consuman, pues al poseer muelas, los mamíferos despedazamos las semillas y no contribuimos en nada a la propagación del chile. Las aves, al no poseer muelas, tragan el fruto entero y luego expulsan las semillas intactas, con lo cual ayudan al ciclo reproductivo del chile.
Todo esto funciona de maravilla para los chilitos hasta que tomamos en cuenta al ser humano, por ejemplo, los seres humanos nacidos entre el Bravo y el Grijalva, los cuales consumimos con alegría y entusiasmo chiles de todas las especies existentes (bueno, no realmente, pero la idea es esa), destrozando con nuestras muelas las semillas en el proceso. Sin embargo, cosa curiosa, contribuimos enormemente en el ciclo reproductivo del chile, pues lo sembramos, seleccionamos y cosechamos, tal como lo hemos venido haciendo desde hace muchos años. Desde un punto de vista puramente biológico, somos los grandes benefactores no sólo del chile, sino de un sinfín de especies de animales y vegetales.
Aún así, algo no me cuadra. Me pregunto que pensaría un chile acerca de esta situación.

0 comments:
Publicar un comentario