Fueron pocos los que creyeron en la historia de Shabo Medr, y no es de extrañar: por aquellos años Shabo comenzaba a padecer los primeros síntomas de esa enfermedad que lo apartaba cada vez más de la realidad y que con el paso del tiempo terminó por llevárselo de este mundo en medio de delirios y gritos de terror. A mí mismo me habría costado trabajo creerle si no fuera porque fui testigo presencial de todo lo que esa noche ocurrió; yo vi con mis propios ojos como todo fue sucediendo, exactamente como dijo que había sucedido, como si él fuera una especie de profeta o un maestro de ceremonias, poseedor del libreto con todos los eventos y los momentos exactos en los que éstos debían ocurrir.
La pesca había venido decayendo constantemente durante los últimos años. Cada vez era más frecuente sacar las redes vacías allí en donde antes hubieran salido rebosantes. Cada vez era más frecuente que los pescadores, cansados, abandonaran toda esperanza de que las cosas volvieran a ser como antes y malbarataran o abandonaran sus embarcaciones y se llevaran a sus familias tierra adentro, hacia la sierra y las mesetas centrales, en donde se decía que se estaba experimentando una nueva bonanza. El ganado de todo tipo crecía fuerte y espectacular, el sorgo y el maíz se podían vender a buenos precios, las familias veían una prosperidad desconocida en años. En fin, no había nada que los atara al mar, y por eso se fueron marchando uno a uno, hasta que la mayor parte de los pueblos pesqueros se convirtieron en pueblos fantasmas. Ocurría lo contrario con los pueblos agrarios y las granjas de las mesetas centrales, los cuales vieron llegar una afluencia cada vez mayor de gentes de piel obscura, como curtida por el sol y por la sal, secada al viento cargado de salitre y con olor a conchas marinas. Y entre los beneficiarios de este éxodo se encontraba Shabo Medr, dueño de un pequeño bar ubicado en las afueras del pueblo de Santa Vista, a sólo unos metros del lugar en donde las faldas de las montañas de la sierra central casi se juntaban, dejando un pequeño espacio entre ellas, el cual constituía la única entrada al bosque de Santa Vista. Esta estratégica posición, que dicho sea de paso era enteramente casual, aunada a la afluencia de visitantes de la costa, pronto hizo del bar de Shabo un punto de referencia tanto para el residente de Santa Vista como para el visitante que se hallaba de paso buscando llegar hasta lo más alto de la sierra.
Una noche de viernes, un par de minutos después de que hubiera terminado de caer el aguacero más intenso del que los residentes del pueblo, incluso los más antiguos, tuvieran memoria, llegó hasta la barra un hombre extraño, de poco más de cuarenta años de edad, con la ropa cubierta de lodo en su totalidad, como si hubiera venido caminando bajo la lluvia y por un descuido se hubiera tropezado y caído dentro de alguna zanja. Pidió algo de beber sin ser muy específico el respecto, sólo dijo que quería mojarse la garganta. Shabo le dirigió una mirada escéptica que el extranjero supo interpretar rápidamente. Sacó un billete sucio de la bolsa de su pantalón y lo puso sobre la barra, cubriéndola de hierba y lodo, lo cual sin embargo pareció no molestar demasiado a Shabo, el cual apresuradamente tomó el billete, lo limpió con su delantal, lo metió en la caja registradora con una sonrisa de oreja a oreja y con un tono mucho más amable que al principio preguntó al extranjero qué quería tomar. La selección era más bien escueta: se componía sólo de Ron, Brandy y gaseosas. El recién llegado optó por la primera opción y apuró el contenido de su vaso con gran desesperación. Tranquilo, amigo -dijo Shabo- Beba con calma. Hay más de donde este salió. ¿Cómo se llama usted? ¿De dónde viene? Sus ropas están hechas un desastre. Si quiere puedo ofrecerle algunas prendas nuevas. Es su día de suerte ¿sabe? Tengo unos vaqueros y una camisa en la bodega. Pensaba usarlos yo mismo al salir de aquí, pero creo que a usted le hacen más falta. El extranjero dijo que su nombre era Hannatiel Eepelas Tewigan, pero que no recordaba nada más y aceptó las prendas que Shabo le ofrecía. Sacó otro billete sucio de su pantalón y lo colocó sobre la barra. Guarde su dinero, amigo -dijo Shabo, que siempre se había preciado de ser un hombre duro pero justo- con lo que me ha dado basta para cubrir bebida y vestido. Puede cambiarse en el sanitario.
Hannatiel se incorporó trabajosamente y caminó dando tumbos hasta el baño con sus nuevas ropas bajo el brazo. Se detuvo ante la puerta y tomó el picaporte como si no supiera qué hacer con él. Shabo se acercó a él y le ayudó a entrar al servicio, colocó la ropa sobre el lavabo y esperó a que Hannatiel se lavara. Al despojarse del pantalón, un gusano blanquecino y grueso como un dedo cayó sobre las baldosas y trató de huir contoneándose penosamente hasta que fue aplastado bajo el pie de Shabo. Lo mismo sucedió al despojarse de la camisa, sólo que en esta ocasión no fue sólo uno sino media docena de serpenteantes gusanos los que cayeron sobre el suelo del baño, todos y cada uno de los cuales sufrieron la misma suerte que su predecesor, pereciendo bajo el pie del anciano cantinero. Malditas larvas -Dijo Shabo- Han debido meterse entre sus ropas cuando se cayó bajo la lluvia. Hannatiel no contestó, sólo se limitó a vestirse y lavarse las manos y la cara. Se le veía mucho más compuesto, aunque su respiración parecía dificultosa, entrecortada, como si una enorme losa le oprimiera el pecho. La sombra de una duda cruzó por su mente, pero decidió callar, esperar hasta que fuera el momento indicado.
Regresaron a la barra, en donde Hannatiel continuó bebiendo hasta que el último de los feligreses se hubo retirado. Ahora eran solamente Shabo y él. Se miraron fijamente a los ojos en silencio, hasta que por fin fue Hannatiel el que se decidió a hablar. Tengo que pedirle un favor -dijo a su anfitrión- acompáñeme al bosque, hay algo que necesito ver. He visto una escopeta tras la barra. Tráigala. Tal vez la necesitemos -continuó. Inexplicablemente, Shabo accedió a ir al bosque junto con Hannatiel, a solas y sin que nadie más supiera a dónde iban. Por el camino Shabo notó que su acompañante se rascaba insistentemente el pecho, el vientre y las piernas. También trató de engañarse a sí mismo fingiendo que no había visto el rastro de larvas blanquecinas brillando a la luz de la luna que dejaban tras de sí al internarse cada vez más en el bosque.
A poco menos de media hora de camino, Hannatiel se detuvo frente al tronco de un árbol de gruesas raíces que sobresalían de la tierra. Apoyó ambas manos en el tronco y comenzó a respirar lenta y profundamente. Por favor -Pidió a Shabo- Vaya al otro lado de este árbol y dígame qué hay ahí. Shabo tomó su escopeta y la amartilló mientras daba la vuelta lentamente alrededor del enorme árbol. El ruido del disparo de la escopeta retumbó en los milenarios bosques al resbalar de las manos de Shabo, mudo por el terror. A los pies del árbol yacía Sebastián, que -repentinamente supo- era el verdadero nombre de Hannatiel, cubierto de larvas que le devoraban el tórax y las piernas. Shabo regresó rápidamente al lado opuesto del árbol, en donde yo seguía parado, esperándolo. No necesitamos decirnos nada, me bastó con mirar sus ojos para saber la verdad. En ese momento supe que era hora de regresar con mi familia y que mi nombre a partir de ese momento realmente era Hannatiel Eepelas Tewigan.
La pesca había venido decayendo constantemente durante los últimos años. Cada vez era más frecuente sacar las redes vacías allí en donde antes hubieran salido rebosantes. Cada vez era más frecuente que los pescadores, cansados, abandonaran toda esperanza de que las cosas volvieran a ser como antes y malbarataran o abandonaran sus embarcaciones y se llevaran a sus familias tierra adentro, hacia la sierra y las mesetas centrales, en donde se decía que se estaba experimentando una nueva bonanza. El ganado de todo tipo crecía fuerte y espectacular, el sorgo y el maíz se podían vender a buenos precios, las familias veían una prosperidad desconocida en años. En fin, no había nada que los atara al mar, y por eso se fueron marchando uno a uno, hasta que la mayor parte de los pueblos pesqueros se convirtieron en pueblos fantasmas. Ocurría lo contrario con los pueblos agrarios y las granjas de las mesetas centrales, los cuales vieron llegar una afluencia cada vez mayor de gentes de piel obscura, como curtida por el sol y por la sal, secada al viento cargado de salitre y con olor a conchas marinas. Y entre los beneficiarios de este éxodo se encontraba Shabo Medr, dueño de un pequeño bar ubicado en las afueras del pueblo de Santa Vista, a sólo unos metros del lugar en donde las faldas de las montañas de la sierra central casi se juntaban, dejando un pequeño espacio entre ellas, el cual constituía la única entrada al bosque de Santa Vista. Esta estratégica posición, que dicho sea de paso era enteramente casual, aunada a la afluencia de visitantes de la costa, pronto hizo del bar de Shabo un punto de referencia tanto para el residente de Santa Vista como para el visitante que se hallaba de paso buscando llegar hasta lo más alto de la sierra.
Una noche de viernes, un par de minutos después de que hubiera terminado de caer el aguacero más intenso del que los residentes del pueblo, incluso los más antiguos, tuvieran memoria, llegó hasta la barra un hombre extraño, de poco más de cuarenta años de edad, con la ropa cubierta de lodo en su totalidad, como si hubiera venido caminando bajo la lluvia y por un descuido se hubiera tropezado y caído dentro de alguna zanja. Pidió algo de beber sin ser muy específico el respecto, sólo dijo que quería mojarse la garganta. Shabo le dirigió una mirada escéptica que el extranjero supo interpretar rápidamente. Sacó un billete sucio de la bolsa de su pantalón y lo puso sobre la barra, cubriéndola de hierba y lodo, lo cual sin embargo pareció no molestar demasiado a Shabo, el cual apresuradamente tomó el billete, lo limpió con su delantal, lo metió en la caja registradora con una sonrisa de oreja a oreja y con un tono mucho más amable que al principio preguntó al extranjero qué quería tomar. La selección era más bien escueta: se componía sólo de Ron, Brandy y gaseosas. El recién llegado optó por la primera opción y apuró el contenido de su vaso con gran desesperación. Tranquilo, amigo -dijo Shabo- Beba con calma. Hay más de donde este salió. ¿Cómo se llama usted? ¿De dónde viene? Sus ropas están hechas un desastre. Si quiere puedo ofrecerle algunas prendas nuevas. Es su día de suerte ¿sabe? Tengo unos vaqueros y una camisa en la bodega. Pensaba usarlos yo mismo al salir de aquí, pero creo que a usted le hacen más falta. El extranjero dijo que su nombre era Hannatiel Eepelas Tewigan, pero que no recordaba nada más y aceptó las prendas que Shabo le ofrecía. Sacó otro billete sucio de su pantalón y lo colocó sobre la barra. Guarde su dinero, amigo -dijo Shabo, que siempre se había preciado de ser un hombre duro pero justo- con lo que me ha dado basta para cubrir bebida y vestido. Puede cambiarse en el sanitario.
Hannatiel se incorporó trabajosamente y caminó dando tumbos hasta el baño con sus nuevas ropas bajo el brazo. Se detuvo ante la puerta y tomó el picaporte como si no supiera qué hacer con él. Shabo se acercó a él y le ayudó a entrar al servicio, colocó la ropa sobre el lavabo y esperó a que Hannatiel se lavara. Al despojarse del pantalón, un gusano blanquecino y grueso como un dedo cayó sobre las baldosas y trató de huir contoneándose penosamente hasta que fue aplastado bajo el pie de Shabo. Lo mismo sucedió al despojarse de la camisa, sólo que en esta ocasión no fue sólo uno sino media docena de serpenteantes gusanos los que cayeron sobre el suelo del baño, todos y cada uno de los cuales sufrieron la misma suerte que su predecesor, pereciendo bajo el pie del anciano cantinero. Malditas larvas -Dijo Shabo- Han debido meterse entre sus ropas cuando se cayó bajo la lluvia. Hannatiel no contestó, sólo se limitó a vestirse y lavarse las manos y la cara. Se le veía mucho más compuesto, aunque su respiración parecía dificultosa, entrecortada, como si una enorme losa le oprimiera el pecho. La sombra de una duda cruzó por su mente, pero decidió callar, esperar hasta que fuera el momento indicado.
Regresaron a la barra, en donde Hannatiel continuó bebiendo hasta que el último de los feligreses se hubo retirado. Ahora eran solamente Shabo y él. Se miraron fijamente a los ojos en silencio, hasta que por fin fue Hannatiel el que se decidió a hablar. Tengo que pedirle un favor -dijo a su anfitrión- acompáñeme al bosque, hay algo que necesito ver. He visto una escopeta tras la barra. Tráigala. Tal vez la necesitemos -continuó. Inexplicablemente, Shabo accedió a ir al bosque junto con Hannatiel, a solas y sin que nadie más supiera a dónde iban. Por el camino Shabo notó que su acompañante se rascaba insistentemente el pecho, el vientre y las piernas. También trató de engañarse a sí mismo fingiendo que no había visto el rastro de larvas blanquecinas brillando a la luz de la luna que dejaban tras de sí al internarse cada vez más en el bosque.
A poco menos de media hora de camino, Hannatiel se detuvo frente al tronco de un árbol de gruesas raíces que sobresalían de la tierra. Apoyó ambas manos en el tronco y comenzó a respirar lenta y profundamente. Por favor -Pidió a Shabo- Vaya al otro lado de este árbol y dígame qué hay ahí. Shabo tomó su escopeta y la amartilló mientras daba la vuelta lentamente alrededor del enorme árbol. El ruido del disparo de la escopeta retumbó en los milenarios bosques al resbalar de las manos de Shabo, mudo por el terror. A los pies del árbol yacía Sebastián, que -repentinamente supo- era el verdadero nombre de Hannatiel, cubierto de larvas que le devoraban el tórax y las piernas. Shabo regresó rápidamente al lado opuesto del árbol, en donde yo seguía parado, esperándolo. No necesitamos decirnos nada, me bastó con mirar sus ojos para saber la verdad. En ese momento supe que era hora de regresar con mi familia y que mi nombre a partir de ese momento realmente era Hannatiel Eepelas Tewigan.

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