Pues con esto del COVILSA, que para los afortunados que aún no lo saben, es el nuevo corredor vial de La Villa a Santa Fé, que acaba de entrar en sustitución de la flota de microbuseros que hasta el mes pasado circulaba sobre el Paseo de La Reforma de esta, nuestra caótica y superpoblada ciudad capital, la cosa se pone bastante interesante por las mañanas, sobre todo las mañanas como la de hoy, en que venía yo colgando del último escalón de uno de los camiones que van a Bosques, pues esos aún circulan, sólo que ahora van un poco más llenos, yo creo que más o menos pasaron de viajar de un 185% a un 200% de su capacidad nominal. Pareciera que ese 15%, calculado a la ligera es poco, pero en la práctica puede ser la diferencia entre tener toda la planta o sóla la punta del dedo gordo del pie izquierdo sobre el estribo, mientras el resto del cuerpo cuelga fuera del microbús cual bandera en San Jerónimo en día ventoso.
Y luego la señora que iba frente a mí, madurona, cuerpo de uva y con cintura de gallina, pero acérrima defensora de su honor, que en el momento en el que siente algo a sus espaldas voltea tan velozmente que por la incercia la punta de sus cabellos cortos y parados, pintados de un color rojo jugo-de-zanahoria-con-betabel parecen tardarse una décima de segundo adicional antes ponerse en movimiento, usa los anchos hombros para hacerme perder el balance ahí por la fuente de petróleos. Afortunadamente el mexicano en general y el chilango en particular parecen estar genéticamente preparados para la difícil tarea que es el descenso de un vehículo en movimiento, por lo que me echo dos o tres pasitos en el aire antes de caer al suelo, justo antes de meter la pata en un charco, y pego el brinco hasta quedar a salvo sobre la banqueta, frente a popular changarro en el que la señora con diente de oro y cabellos negros y lacios, con un fleco de esos que parecen diseñados especialmente para colgarse del tubo del metro, vende sabrosos tacos de guisado. Y que me decido por los de bisteck con queso, y también uno de torta de carne. Muy buenos, pero muy calientes. Creo que aún me arde la lengua un poquito, pero qué hacerle. Mi quimáus todo el océano, pero qué sabrosos.
Y luego la señora que iba frente a mí, madurona, cuerpo de uva y con cintura de gallina, pero acérrima defensora de su honor, que en el momento en el que siente algo a sus espaldas voltea tan velozmente que por la incercia la punta de sus cabellos cortos y parados, pintados de un color rojo jugo-de-zanahoria-con-betabel parecen tardarse una décima de segundo adicional antes ponerse en movimiento, usa los anchos hombros para hacerme perder el balance ahí por la fuente de petróleos. Afortunadamente el mexicano en general y el chilango en particular parecen estar genéticamente preparados para la difícil tarea que es el descenso de un vehículo en movimiento, por lo que me echo dos o tres pasitos en el aire antes de caer al suelo, justo antes de meter la pata en un charco, y pego el brinco hasta quedar a salvo sobre la banqueta, frente a popular changarro en el que la señora con diente de oro y cabellos negros y lacios, con un fleco de esos que parecen diseñados especialmente para colgarse del tubo del metro, vende sabrosos tacos de guisado. Y que me decido por los de bisteck con queso, y también uno de torta de carne. Muy buenos, pero muy calientes. Creo que aún me arde la lengua un poquito, pero qué hacerle. Mi quimáus todo el océano, pero qué sabrosos.

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