martes, 18 de agosto de 2009

Monólogo de Khaize en un día a finales de otoño

En tardes como esta es cuando mi alma se siente intranquila, como un león que pasea de un lado a otro de su jaula con las fauces entreabiertas y la mirada clavada en un punto indeterminado en la lejanía, anhelando la libertad, soñando con aquellos tiempos en que, tendido en la hierba, reinaba sobre todo aquello que su vista alcanzaba. Bajo las densas nubes grises, cargadas, y ese dulce aroma de fría humedad en el aire, quisiera salir corriendo, perderme en la espesura y llegar hasta la playa para sentir la brisa húmeda y fría y el sabor de la sal que impregna todo y a todos.

Qué tristes son estos momentos en que quisiera salir a conocer el mundo, en vez de limitarme a verlo a través de los libros y de las historias de gentes de piel curtida y cabellos blancos alborotados al viento, amarillos los pocos dientes que aún conservan en la boca, torcidas las sonrisas. Qué maravillas podría yo descubrir si tan sólo lograra poner pie fuera de este pueblo olvidado de todos.

Lentamente las nubes se convierten en una espesa cortina de lluvia torrencial que impide ver más allá de unos pocos metros, que confunde las siluetas en la distancia, que como un manto cómplice brinda al prófugo un escondite de las miradas curiosas de sus perseguidores, que ajenos a su fuga, aún no saben que lo son. Esto es tan parecido a como lo soñé que me siento como el actor principal en mi propia comedia. Espero que no me descubran.