Hace algunos días me corté y me salió sangre. No fue una cortada muy grande ni salió de ella demasiada sangre. Más bien fue un pequeño rasguño que tiñó mi piel de un color rojo claro, como de sangre mezclada con algo de liquor puris. Un evento nada memorable.
Pero entonces, fiel a su costumbre, Juno llenó de significado un acontecimiento insignificante. Miró mi herida con sus grandes ojos negros, abriéndolos aún más y me preguntó si me había salido sangre. Le contesté que sí y sus ojitos se llenaron de lágrimas. "Te salió sangre, papi. Te vas a morir. Te va a salir sangre y te vas a morir. Yo no quiero que te mueras. Te quiero. Te amo".
Entonces lo tomé entre mis brazos y lo cubrí de besos. Le hice una promesa. Esa noche le prometí a Juno que yo no me voy a morir nunca.
Pero entonces, fiel a su costumbre, Juno llenó de significado un acontecimiento insignificante. Miró mi herida con sus grandes ojos negros, abriéndolos aún más y me preguntó si me había salido sangre. Le contesté que sí y sus ojitos se llenaron de lágrimas. "Te salió sangre, papi. Te vas a morir. Te va a salir sangre y te vas a morir. Yo no quiero que te mueras. Te quiero. Te amo".
Entonces lo tomé entre mis brazos y lo cubrí de besos. Le hice una promesa. Esa noche le prometí a Juno que yo no me voy a morir nunca.
