Antes de comenzar a comer, Amado se aflojó el nudo de la corbata -siempre le había parecido que comer con la corbata enjaretada alrededor del pescuezo era algo más bien inhumano, uno más de los medios por los cuales los convencionalismos sociales nos someten, recordándonos que no somos sino sus títeres en un absurdo teatro guiñol- y recorrió la hebilla de su cinturón un par de agujeros. Echó una rápida mirada al área de fast food de aquel centro comercial en busca de alguna niña linda que quisiera compartir su mesa, por supuesto, sin hallar ninguna. Tomó un aro de cebolla entre sus dedos y jugó con él un poco antes de llevárselo a la boca y masticarlo lentamente. Los hambrientos oficinistas llegaban en oleadas que poco a poco comenzaron a llenar cada una de las mesas sentándose casi siempre en grupos de amigos, pero conforme pasaba el tiempo, era cada vez más difícil sentarse junto a algún conocido, por lo cual, los últimos en llegar tenían forzosamente que vencer la timidez y compartir mesa con desconocidos. Amado sabía esto y por esa razón trataba de llegar al lugar desde muy temprano y comer lentamente. Cuando cualquier hombre o alguna mujer poco atractiva preguntaba si podía sentarse junto a él, Amado respondía con un lacónico "Está ocupado": no le gustaba que le hicieran perder su tiempo.
Miró su reloj. Las dos con cuarenta minutos y ni una sola mujer que valiera la pena. Al otro lado del lugar un joven de unos veinte años con apariencia definitivamente homosexual se acariciaba el cabello mientras miraba en su dirección. "Ni madres puto, para ti no hay", pensó Amado mientras continuaba con su lento ritual, tomando uno a uno los aros de cebolla, comiéndolos lentamente y mirando a su alrededor, examinando a cada mujer que llegaba sola. Y entonces llegó ella. Ni siquiera pidió permiso para sentarse junto a Amado. Sólo llegó y tomó asiento sin apenas voltear a verlo. Durante unas fracciones de segundo, que a él le parecieron una eternidad, Amado pensó en algo para decirle a la bella joven sentada al otro lado de la mesa. Sopesó sus diversas opciones y al final se decidió por la mejor de ellas, la que con mayor probabilidad culminaría en un intercambio de números celulares y tal vez hasta una cita para ir al cine el viernes por la noche. Tomó una profunda bocanada de aire hasta sentir sus pulmones hinchados, rebosantes, y aplicando una ligera presión en el diafragma, lo empujó hasta la laringe y las cuerdas vocales, que ya se preparaban para comenzar el discurso. "¿Está ocupado?", sonó la afeminada voz a sus espaldas, sorprendiendo a Amado de tal forma que su largamente meditado discurso quedó convertido en poco menos que un suspiro inaudible incluso para él mismo. "No", contestó la bella joven que con un movimiento de manos invitaba al recién llegado a sentarse junto a Amado.
Pocos segundos más tarde la bella joven se levantó de la mesa para reunirse con el caballero alto y apuesto que le hacía señales desde el otro lado del centro comercial mientras el joven afeminado sonreía y miraba a Amado con sus grandes ojos verdes.
