Ese día, un día de por sí nada común, Juan de Dios se sentía feliz. Detrás de las blanquecinas nubes se escondía pálido el sol, como si se hubiera levantado sin ganas de trabajar. Todo el cielo aparecía como a través de un papel de celofán del color de la leche fresca y una fina niebla envolvía la ciudad de manera tal que era difícil ver a la distancia más allá de unos pocos metros. Todo era sombras y siluetas, todo envuelto en un halo de misterio que regocijaba el alma de Juan de Dios mientras caminaba solitario por las calles con las manos metidas en los bolsillos, respirando lenta y profundamente el aire fresco, fresquísimo, de aquella mañana bella.
Nunca se sabe, no se puede saber de antemano, con quién nos vamos a topar, quién llegará a hacer nuestra vida miserable, quién nos dará las más grandes alegrías, las más profundas tristezas; quién nos pasará de largo sin dejar huella, quién marcará nuestra vida, ni en qué forma; pero Juan de Dios no sentía ganas de hacer nada de lo anterior, tan sólo quería caminar, levantar un pie, balancear el cuerpo, apoyar el pie en el suelo nuevamente y levantar el otro. Quería repetir hasta el infinito esta sencilla operación, perderse en la niebla, ser una sombra informe, inmaterial y finalmente invisible.
A poco de salir de la ciudad, en la azotea de una pequeña casa de una planta, un niño de unos seis años lloraba en voz baja, como para sí, mientras en su mano derecha sostenía un pequeño balón de hule y sus ojitos húmedos y nerviosos escudriñaban hacia el suelo, tratando sin éxito de encontrar un lugar por donde poder bajar. ¡Qué hermosos son los niños! Sólo un niño podría tener la infinita inocencia para, al mirar el rostro de Juan de Dios, sus ropas raídas y su cabello sucio y largo, pensar en él como un salvador, llamarlo, decir "Señor, me ayuda a bajar por favor", y confiar en él cuando extendió sus brazos hacia arriba, invitándolo a saltar, asegurándole que lo atraparía entre sus manos y con delicadeza lo bajaría hasta el suelo. ¿Quién querría estar entre esas manos?
Pero ese día era distinto, y Juan de Dios lo sabía. Con sus brazos levantados hacia el cielo, como dando gracias por la belleza de mundo, por la inocencia que aún existía, por la felicidad inexplicable que en ese momento sentía, clavó bien sus pies en la dura tierra salpicada de grandes piedras, redondas y lisas como canicas. Durante unas pocas centésimas, o acaso tal vez unas pocas milésimas de segundo, Juan de Dios pudo asomarse al cielo, pudo ver lo que tal vez nunca volvería a ver en esta vida o en la otra, si es que tal cosa existía. Sobre su cabeza un pequeño ángel de cabellos rizados volaba por los aires justo hacia donde estaba él. Detrás del ángel el cielo resplandeció con todos los colores del arco iris, el sol se detuvo para contemplar su vuelo, el viento cesó de soplar, el mundo entero se detuvo para acompañar al ángel en su recorrido hacia los brazos de Juan de Dios, que, absorto como estaba, no pudo cerrar los brazos a tiempo. El pequeño niño se escurrió entre sus manos como un pez, como un chorro de agua se va entre los dedos, y fue a dar con la cabeza sobre una gran roca en el suelo. Un par de metros detrás de Juan de Dios, la madre del niño, que volvía deprisa del mercado, observaba la escena convertida ella misma en una estatua de sal.
Juan de Dios levantó al pequeño rápidamente y lo tomó entre sus brazos, entre esos torpes brazos que nada pudieron hacer para protegerlo. Pero no eran ellos los culpables, era esa maldita piedra lisa. La tomó con su mano derecha y en un arranque de furia giró todo su cuerpo y la arrojó con fuerza tras de sí, inadvertidamente hacia el rostro de aquella mujer que se hallaba de pie detrás de él. Cayó sin hacer ruido, como caería una pluma, liviana, casi incorpórea. Las nubes comenzaban a ponerse grises poco a poco y Juan de Dios pensó que tal vez ese día era sólo un día normal, un día como cualquier otro.
Nunca se sabe, no se puede saber de antemano, con quién nos vamos a topar, quién llegará a hacer nuestra vida miserable, quién nos dará las más grandes alegrías, las más profundas tristezas; quién nos pasará de largo sin dejar huella, quién marcará nuestra vida, ni en qué forma; pero Juan de Dios no sentía ganas de hacer nada de lo anterior, tan sólo quería caminar, levantar un pie, balancear el cuerpo, apoyar el pie en el suelo nuevamente y levantar el otro. Quería repetir hasta el infinito esta sencilla operación, perderse en la niebla, ser una sombra informe, inmaterial y finalmente invisible.
A poco de salir de la ciudad, en la azotea de una pequeña casa de una planta, un niño de unos seis años lloraba en voz baja, como para sí, mientras en su mano derecha sostenía un pequeño balón de hule y sus ojitos húmedos y nerviosos escudriñaban hacia el suelo, tratando sin éxito de encontrar un lugar por donde poder bajar. ¡Qué hermosos son los niños! Sólo un niño podría tener la infinita inocencia para, al mirar el rostro de Juan de Dios, sus ropas raídas y su cabello sucio y largo, pensar en él como un salvador, llamarlo, decir "Señor, me ayuda a bajar por favor", y confiar en él cuando extendió sus brazos hacia arriba, invitándolo a saltar, asegurándole que lo atraparía entre sus manos y con delicadeza lo bajaría hasta el suelo. ¿Quién querría estar entre esas manos?
Pero ese día era distinto, y Juan de Dios lo sabía. Con sus brazos levantados hacia el cielo, como dando gracias por la belleza de mundo, por la inocencia que aún existía, por la felicidad inexplicable que en ese momento sentía, clavó bien sus pies en la dura tierra salpicada de grandes piedras, redondas y lisas como canicas. Durante unas pocas centésimas, o acaso tal vez unas pocas milésimas de segundo, Juan de Dios pudo asomarse al cielo, pudo ver lo que tal vez nunca volvería a ver en esta vida o en la otra, si es que tal cosa existía. Sobre su cabeza un pequeño ángel de cabellos rizados volaba por los aires justo hacia donde estaba él. Detrás del ángel el cielo resplandeció con todos los colores del arco iris, el sol se detuvo para contemplar su vuelo, el viento cesó de soplar, el mundo entero se detuvo para acompañar al ángel en su recorrido hacia los brazos de Juan de Dios, que, absorto como estaba, no pudo cerrar los brazos a tiempo. El pequeño niño se escurrió entre sus manos como un pez, como un chorro de agua se va entre los dedos, y fue a dar con la cabeza sobre una gran roca en el suelo. Un par de metros detrás de Juan de Dios, la madre del niño, que volvía deprisa del mercado, observaba la escena convertida ella misma en una estatua de sal.
Juan de Dios levantó al pequeño rápidamente y lo tomó entre sus brazos, entre esos torpes brazos que nada pudieron hacer para protegerlo. Pero no eran ellos los culpables, era esa maldita piedra lisa. La tomó con su mano derecha y en un arranque de furia giró todo su cuerpo y la arrojó con fuerza tras de sí, inadvertidamente hacia el rostro de aquella mujer que se hallaba de pie detrás de él. Cayó sin hacer ruido, como caería una pluma, liviana, casi incorpórea. Las nubes comenzaban a ponerse grises poco a poco y Juan de Dios pensó que tal vez ese día era sólo un día normal, un día como cualquier otro.
