Anoche estaba yo solo, y vino el lobo. Y vino el lobo. Y mordió, rasgó y desgarró con afiladas espadas que salían de su boca, desde lo más profundo de la malvada garganta cuyo suministro parecía inagotable, interminable sucesión de laceraciones en la carne, anchas, profundas, palpitantes.
Anoche estaba yo solo, y vino el lobo. Y vino el lobo. Lanzó su lúgubre aullido hacia la luna llena que, temerosa, se escondió tras las nubes, incapaz de volver el pálido rostro, atada de pies y manos, amordazada también con hilos de seda invisible. Esclava de su propia revolución que se niega a soltarla.
Anoche estaba yo solo, y vino el lobo. Y vino el lobo. Cayó finalmente agotado junto a mí en un sueño inquieto y violento, tal vez imaginando aquellos afilados proyectiles que el cansancio guardó en su vientre hasta el nuevo día, porque un lobo siempre será un lobo, y ay de aquel que lo olvide cuando, como un cachorro indefenso caiga dormido en su regazo.
