He leído algunas reseñas de conciertos, algunos más memorables que otros, pero todos tienen en común, por supuesto, la emoción por parte del escrebidor, que para ponerse a escribir acerca de un concierto, es necesario que éste haya provocado emociones que sean capaces de vencer la desidia y la sequía mental.
Por mi parte nunca he sido un asiduo asistente a conciertos, y no es porque no haya querido, que la música es una gran parte de mi vida, de mis pensamientos, de mi sensibilidad, de mi ser, de mis sueños, de mis miedos, en fin, de mí; sino más bien porque mi situación no ha sido la más adecuada para asistir. Ya sea por falta de dinero, de tiempo o sencillamente, de alguien a quien encargarle los chilpayates, se me han ido de las manos conciertos a los que me hubiera encantado poder ir. Creo que sería demasiado largo ponerme a hacer una revisión de todos ellos, por lo tanto no pienso hacerlo. Lo que sí voy a hacer es mencionar los pocos (poquísimos) conciertos a los que he tenido ocasión de ir, y serán aún menos porque pienso omitir algunos que la verdad me da un poco de pena mencionar, como aquella vez que fui a un concierto de Kabah en el estacionamiento del estadio Azteca. Está bien, ya lo mencioné, pero a mi favor puedo decir que los boletos me salieron de a grapa, y como bien dice el dicho: "Gratis, hasta las puñaladas".
Bela Fleck and the Flecktones/Agustín Bernal trío
Maravilloso, sublime, fuera de este mundo. Quien aún no conozca a Bela Fleck and the Flecktones se está perdiendo de cuatro músicos extraordinarios. Y las cosas que pueden hacer cuando se juntan. Y las cosas que pueden hacer por separado. El concierto en sí fue algo así como un ensamble en el que alternaron ellos y el Agustín Bernal trío, los cuales tocan un jazz mucho mucho más clásico, y si bien, no es por desmerecerlos, la verdad es que la mayor parte de los que estábamos ahí, estábamos para ver a Bela Fleck, y específicamente a Dios enfundado en esa piel negra y con ese rostro que recuerda a Carlton Banks. Me refiero por supuesto a Victor Wooten, el amo y señor de las cuatro cuerdas. Y de verdad que no se necesita más. Me ha tocado ver a muchos chavitos faroles con sus bajos de seis y siete cuerdas, y no tengo nada contra los bajos de seis y siete cuerdas, ni contra los que los poseen. El asunto aquí es la maestría de Wooten, que nos demuestra que lo mismo podría estar tocando con un bajo de cuatro, tres, dos o hasta una cuerda, de cualquier manera él hallaría la forma de exprimirlo, de sacarle sonidos que los demás ni siquiera imaginamos que se encuentran ahí. Y el resto del cuarteto, el propio Bela Fleck, amo y señor del banjo, Royel "Futureman" Wooten, hermano de víctor, encargado de las percusiones, que ejecuta en ese raro instrumento de su invención llamado "Drummitar", hijo bastardo de una guitarra y una batería; y por último Jeff Coffin a cargo de los metales y demás alientos. Una maravilla. Llegué a mi casa con una comezón en las manos que me hizo tomar la guitarra y no soltarla hasta quedar convencido, casi al borde de las lágrimas, de que esos cuatro hombres no son tales, son dioses.
Cabezas de cera
Jazz y más jazz. Jazz sin concesiones, experimental, cautivador. Una ejecución perfecta, un mar de emociones, un sonido limpio y fuerte. Una delicia.
King Crimson
Al principio estaba algo triste porque no pude comprar boletos un poco más cerca. Qué decir más cerca, ni siquiera encontré boletos en el primer piso del Metropolitan. Treinta segundos después de iniciado el concierto, los asientos fueron lo último de lo que me preocupé. Algo sublime y magistral. Vinieron Bill Brufford, Adrian Belew, Tony Levin y por supuesto, el líder, Robert Fripp, y me enseñaron a sentir la música de una manera diferente. Recuerdo las conversaciones sostenidas con Chucho al calor de algunas cervezas, en las que nos referíamos a la música como una ciencia. Si esto es cierto, si la música puede trascender al arte y convertirse en ciencia (y no estoy diciendo que la progresión de las cosas sea esta, no vaya a ser que alguien pretenda crucificarme), estos señores representan un cambio de paradigma, de esos que mencionaba Khun, música polimórfica, música que se reinventa y se reestructura a sí misma en tiempo de ejecución.
Jaguares
En el zócalo no cabía ni una aguja, y me di el tiempo y el espacio para brincar como gusano de maguey en comal caliente. La raza prendida y el agua de riñón, a la orden del día. La voz de Saúl no da para más, eso es un hecho, pero cuando es la gente la que corea las canciones de memoria, no hace falta que Saúl cante. Sólo su mirada, como un maestro de ceremonias.
En fin, si bien no son todos, la lista total no es mucho más grande, y como ya mencioné, hay algunos que prefiero no mencionar para no dañar la imagen de hombre rudo que con tanto trabajo me he fabricado durante los últimos veintinueve años. Ca va!