martes, 8 de septiembre de 2009

Las flores de Mayo poco a poco cederán a las patas de gallo y nos buscaremos con los ojos por si queda algo

Ayer fue 7 de Septiembre, que es mi canción favorita de Mecano. Tenía ganas de escribir algo el 7 de Septiembre porque se me hace un buen día para escribir algo. Desafortunadamente he estado tan pero tan pero tan cargado de trabajo que ayer no me dio tiempo ni siquiera de salir a comer, mucho menos de escribir en este, mi pequeño y olvidado tiradero de pensamientos. Lo más cercano que pude hacer, a falta de un post el 7 de Septiembre, es un post el 8 de Septiembre, the next best thing, diría algún angloparlante a propósito del momento en que finalmente mando al haber gatos no hay ratones a todos los personajes -nefastos algunos, nefastísimos otros- de la oficina. Y lo hago en el momento en el que la frase más memorable de la canción en cuestión se niega a abandonar mis pensamientos, tocando insistentemente en mi nuca mientras preparo las piezas que se van a liberar al ambiente productivo, mientras me peleo con el manejador de transacciones de GBS, que no me quería dejar escribir algunos registros en IFER (al final de cuentas, me la Pérez Prado, con todo y Mambo #8), mientras tengo al teléfono al usuario de Argentina y en la otra línea a mi jefe, que quiere que les de un pequeño curso de Virtual Change a algunos chavales de por acá; alimentando la fascinación que tengo últimamente por el tema de la edad y la apariencia física, fascinación que va más allá de la cuarentona que quisiera recuperar la belleza de un par de décadas atrás. Lo que me trae como loco es ese no se qué que nos indica casi sin lugar a dudas la edad de una persona. Hace un par de días veía algunas fotos de cuando me casé con mi Boa, de cuando nació Juno, incluso de un par de años antes, cuando andaba saliendo de la universidad, el examen profesional de Herr Huevá, mi propio examen profesional... todo parece tan irreal. Sé que el que aparece en las fotos soy yo, pero al mismo tiempo no soy yo, me veo tan distinto, y no creo que sea sólo por las ojeras o la panza que ya casi me llega a las rodillas y se niega a detener su crecimiento. Tampoco las entradas que ya casi se convierten en salidas.

En fin, creo que seguiré analizando las caras de las personas con las que me encuentro hasta averiguar qué es eso que va cambiando de manera sutil pero inconfundible o hasta que alguien se enoje y me la arme de tos, lo que suceda primero.