El hecho de que mi vejiga tiene el tamaño de una nuez me hace visitar el baño un poco más de lo normal, lo cual, ahora que lo pienso, ha traído consigo un buen número de anécdotas, algunas chuscas y algunas otras escalofriantes, como la de ayer, día en el que, lo confieso, he perdido para siempre la inocencia y la alegría de vivir debido a la segunda o tercera visita al baño del día en cuestión.
Todo empezó normal, salí de la oficina y le pedí al guardia de seguridad las llaves del baño de hombres. No me las dio, argumentando que ya había alguien usándolo, lo cual me molestó un poco y me asustó un mucho, ante la posibilidad de que quien estuviera ahí dentro fuera uno de esos a los que no les gusta compartir el baño y lo cierran. Ahora que lo pienso, creo que eso habría sido lo mejor, pero por supuesto, si alguna alternativa es mejor que otra, puedo estar seguro que la que me va a tocar a mí será la peor de las dos. Incluso es probable que de la nada surja una tercera alternativa, peor aún que las anteriores y claro, esa es la que me va a tocar a mí, aunque creo que ya había tocado el tema en otro post. Sigamos entonces con este. Prometo no divagar demasiado, aunque a estas alturas no sé de la validez de mis promesas, sobre todo en lo que a escribir se refiere. Entré al baño y me paré frente al minjitorio. Pie derecho bien plantado en el suelo, pie izquierdo a la distancia adecuada para formar un ángulo entre las piernas que me permita colocarme sobre el minjitorio a una distancia adecuada para impedir escurrimientos inoportunos, tratando al mismo tiempo de mantener un altura suficiente para evitar el abominable contacto pipi-loza, mirada al frente con expresión seria, poker face, diría la Lady Gaga. El problema con esto de la visión humna es eso que se llama visión periférica, la cual es bastante útil en la mayoría de los contextos, como al ir manejando o al caminar por la Buenos Aires, pero que sería mejor poder dejar afuera cuando uno va al baño, para poder evitar ver al vecino de al lado, el cual se agitaba frenéticamente frente al minjitorio, haciendo con el brazo derecho un movimiento oscilatorio que me daba la impresión como de que se estaba intentando apuñalar debajo de la panza una y otra vez. Fue horrible, horriiiible. Pero como soy un hombre muy decente, me apresuré a terminar, salí del baño y cerré la puerta para dejarlo llevar a buen fin su asunto, no fuera a ser que se quedara con las ganas, y entonces sí a correr pequeñitos.

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