jueves, 4 de marzo de 2010

Nada de nada

En realidad no tengo nada que decir. Ninguna anéctoda graciosa, ninguna frase profunda, ningún pensamiento agudo. Sólo estoy aquí en la oficina, esperando la instalación de mis componentes a producción, y a partir de mañana, cuando algún pobre infeliz en Nueva York quiera hacer pagos con cheques hacia Le Mexique y sus fondos se pierdan a medio camino, probablemente yo seré el culpable. Lo bueno de ser un programador anónimo es que nadie sabrá a quién reclamarle... muahahahahahaha

Ahora bien, aunque es cierto que esto es lo que se podría considerar la cereza del pastel, el último jaloncito que le da validez al trabajo realizado desde hace ocho meses, la verdad es que es una cereza un poco amarga, un jaloncito que desgarra el pantalón "ahí, donde los topos tienen su guarida", como diría el inmortal Perro Bermúdez. Tengo sueño y hambre y además me duele la cabeza, no demasiado, sólo un dolorcito de esos que no te dejan ni pensar en paz. Y lo peor es que no me puedo levantar de mi lugar, por lo menos durante un rato. El lado positivo es que tengo un Oxxo aquí afuera de la oficina, así que a la primera oportunidad me voy a lanzar por un chocolatito y unas ricas conchas Tía Rosa, para calmar a la solitaria, que ya se empieza a sentir enfadada.

Y la otra solitaria, que es la que me preocupa más, es mi muy amada señora esposa. Te amo princesa. Espero que no te preocupes demasiado por mi.