martes, 30 de noviembre de 2010

Regresar

Llegué a Altíos hace poco menos de dos años en un autobús de la ruta que baja desde la meseta central hacia el oriente, sorteando acantilados empinadísimos a lo largo de la estrecha y serpenteante carretera que parece una cornisa tendida en las montañas ancestrales inmersas en la sobrenatural niebla de la cual sólo los picos más altos sobresalen majestuosos por encima de las nubes grises, iluminadas de cuando en cuando por relámpagos que llenan el cielo con su resplandor azulado y que yo me entretuve en observar con la nariz pegada al frío cristal de mi ventana durante la mayor parte del trayecto que, contrariamente a mis expectativas, lejos de ser monótono fue casi maravilloso, si es que diez horas de absorta contemplación del paisaje fluyendo debajo de uno pueden ser consideradas maravillosas. Había heredado una propiedad al morir un pariente lejano del cual jamás había escuchado hablar. Tras la muerte de mi padre, mi madre, oriunda de Bonanza, decidió llevarme lejos de la costa hacia las mesetas del centro del país con la esperanza de nunca tener que volver a esas tierras que decía estaban malditas. La pobre murió pocos años después, dejándome solo a mi suerte en un lugar extraño en el que no conocía a nadie. Afortunadamente, los ejecutores del testamento de mi pariente lograron dar con mi paradero y me urgieron a regresar pronto a Altíos para reclamar mi herencia.

A pesar de que ya había visitado Altíos en un par de ocasiones cuando era pequeño, tenía esa sensación de mariposas en la boca del estómago que se siente cuando uno llega a un lugar nuevo. Es curioso cómo a pesar de que la distancia entre Bonanza y Altíos es de apenas unos pocos kilómetros, la gente de ambas ciudades es tan distinta. Los nativos de Altíos tienen una piel mucho más broncínea, con facciones duras, toscas, y cabello liso decolorado por el sol. Incluso los más jóvenes aparentan una edad mucho mayor. Los rostros son siempre taciturnos, al contrario del habitante promedio de Bonanza, de carácter mucho más Jovial. Tal vez sean estas diferencias profundas en las características de la gente lo que con el paso de los años ocasionó que casi todo el intercambio comercial y cultural entre ambas ciudades se haya reducido al mínimo necesario, como un par de vecinos que se dan los buenos días al encontrarse en las escaleras sin realmente preocuparse el uno del otro. Esto no siempre fue así, sé que en tiempos remotos era común que la gente de Altíos trabajara en Bonanza, que por aquellas épocas era la principal ciudad de la región, antes de que las fiebres diezmaran su población y los yacimientos fueran descubiertos en Altíos.

El autobús llegó a la terminal alrededor de las cuatro de la madrugada, al menos dos horas antes de que amaneciera. Después de recoger mi equipaje y hacer una rápida parada en el retrete para vaciar mi esfínter, asearme y cepillarme los dientes, me dirigí a una pequeña cafetería ubicada un par de cuadras más adelante de la terminal de autobuses, sobre la avenida central, en la cual ordené un café americano negro sin azúcar y un par de huevos pasados por agua. Comí lentamente mientras esperaba que amaneciera, lo cual sucedió mucho después de lo esperado, incluso considerando que eran los primeros días del invierno. Pagué la cuenta y pregunté a la mesera en dónde podría conseguir un taxi tratando de parecer simpático, gesto al que ella no le dio la menor importancia, limitándose a indicarme con el dedo un sitio ubicado al otro lado de la calle. Tomé entonces mis cosas, crucé la calle y abordé un viejo VW pintado con franjas blancas y rojas en los costados, el cual me llevó a mi destino mientras cabeceaba en el asiento trasero soñando con la propiedad que estaba a punto de reclamar.

Llegamos finalmente a la propiedad, en donde el albacea de mi pariente me esperaba vestido con un traje de raya de gis color gris Oxford y una corbata tan ajustada alrededor de su grueso cuello que casi parecía que le iba a cercenar la cabeza. Después de una breve presentación, me dio algunos papeles a firmar, tras lo cual me felicitó con una palmada en la espalda y me ofreció sus servicios ahora que había tomado posesión de los bienes de mi difunto pariente, los cuales en realidad consistían sólo de su casa y su biblioteca, la cual, a decir del albacea estaba llena de raros volúmenes que podrían alcanzar buenos precios en las subastas de los más célebres bibliófilos, no sólo de la región sino de todo el país. Me habló también de un par de libros que podría vender en museos y bibliotecas del extranjero, lo cual mi pariente siempre se había negado a hacer, incluso cuando sus recursos empezaron a hacerse demasiado escasos para continuar con el tratamiento de la enfermedad que terminó por llevarlo a la tumba. Finalmente me dio su tarjeta de negocios y quedé en llamarle a la brevedad.

La casona era impresionante a pesar de su estado de decadencia y abandono. En el enorme jardín ahora casi totalmente marchito había un pequeño estanque de aguas turbias, cubierto casi en su totalidad por las ocres hojas caídas de los árboles que lo rodeaban, a su lado, un estrecho camino de piedras redondas llevaba hasta un kiosco de madera adornado con blasfemos relieves barrocos que representaban ángeles regordetes con alas emplumadas volando alrededor de grandes figuras humanoides que llevaban máscaras de ave con picos llenos de dientes afilados, y continuaba hasta la playa dando vuelta alrededor de la casa. Por el otro lado del putrefacto estanque, otro camino llevaba a la entrada principal de mi nueva residencia. Caminé por él hasta llegar a unos tres metros de la puerta enorme, adornada con las mismas figuras que el kiosco, aunque en ésta eran apenas visibles debido al paso del tiempo. Busqué dentro de mis bolsillos las llaves que me entregara el albacea y me apresuré a entrar.

Me tomó sólo un par de días acostumbrarme a vivir en aquella casa vacía. Con mis últimos recursos compré un viejo automóvil que usaba para ir al centro de la ciudad a comprar víveres cada semana. Cuando me quedé sin dinero, hablé con el albacea para que me indicara cuál de los numerosos libros de la biblioteca podría vender para sobrevivir durante algún tiempo mientras decidía que iba a hacer. En ese momento pensaba vender todos los libros y finalmente la casa, regresar a Bonanza con el dinero y establecerme ahí. El viejo zorro me condujo a la biblioteca y tomó un gran libro forrado en cuero negro con un título en latín que no logro recordar impreso en letras doradas, por el cual me dijo que la universidad del Kinimcasto había hecho varias generosas ofertas que mi pariente había rechazado sistemáticamente sin explicar nunca la razón. Me preguntó si estaba de acuerdo en venderlo a sabiendas de haber sido tan preciado por mi difunto pariente y contesté que siempre y cuando el precio fuera lo suficientemente alto, me daba lo mismo. Casi pierdo el aliento cuando el albacea me dijo el monto de la última oferta que la universidad había hecho, y más cuando me dijo que debido a las presentes circunstancias, tal vez podría lograr una oferta incluso mayor. Acordamos que él conservaría un quince por ciento de comisión por la venta y se llevó el libro, prometiendo que cuando mucho en una semana se habría completado la transacción.

Con mis problemas económicos resueltos -La venta del libro había producido alrededor de tres veces la cantidad que necesitaba para sobrevivir en un año- me decidí a quedarme por algún tiempo en Altíos, que empezaba a crecer en mi cariño. Incluso contraté a un viejo llamado Hannatiel que conocí en el mercado mientras compraba algunos víveres y enseres domésticos para que me ayudara con las labores de la casa y pusiera en orden el maltratado jardín. Comencé a poner atención a los alrededores, a la playa frente a mi propiedad, al anciano que vivía algo más adelante junto a su hijo, seguramente adoptivo, el cual decían los lugareños que había sido en otros tiempos prácticamente el dueño de la ciudad y en cuya mansión aún se veían los vestigios de la majestuosidad pasada. Pero sobre todo, comencé a interesarme por la enorme biblioteca, llena de antiguos libros que versaban acerca de todos los temas del conocimiento humano, desde las ciencias hasta la filosofía, la historia y la literatura. Había tratados de artes, medicina, y ciencias ocultas entre muchos otros temas. A pesar de mi naturaleza recalcitrantemente escéptica y materialista, pronto empecé a devorar todos los libros que trataban acerca de lo oculto, del más allá, de antiguas culturas venidas de las islas del pacífico sur, sus ritos y sus dioses. Incluso me di el tiempo para aprender algunas de las lenguas olvidadas en las que estos volúmenes estaban escritos y me entretenía en recitar algunos de los pasajes en voz alta. La biblioteca de mi pariente era realmente extraordinaria. Contenía ediciones de los Cultes des Goules, el Necronomicón, el horrible De Vermis Mysteriis y los Unaussprechlichen Kulten así como diversos evangelios apócrifos y blasfemos que leí uno a uno sentado bajo el kiosco del jardín en incontables horas de devoción casi religiosa.

En mis tiempos libres, que cada vez eran menos, hacía visitas ocasionales a Bonanza, en donde entablé relaciones con una joven del lugar, la cual cortó de inmediato todo contacto conmigo apenas le hube platicado acerca de mi linaje y de la propiedad que había heredado de mi pariente. Esta decepción sólo acrecentó mi fervor por la lectura apasionada de mis libros, los cuales pronto se convirtieron en mi única compañía aparte del taciturno Hannatiel. El tiempo transcurrió de esta manera hasta que un día me di cuenta del cambio que poco a poco se había ido apoderando de mi propiedad. El marchito jardín fue volviendo a la vida de una manera tan sutil que resultaba casi imperceptible. Al mismo tiempo, era evidente que este cambio no podía deberse al trabajo realizado por Hannatiel. Era como si a los árboles les hubieran inyectado la vida nuevamente y ésta fluyera a través de la savia desde los troncos hasta las ramas desnudas que se llenaron de anchas hojas verdes. El estanque aparecía nuevamente cristalino, rebosante de pequeños peces multicolores y ranas de un verde intenso, brillante y lustroso que croaban sin cesar a la luz de la luna llena en un abigarrado ensamble. El kiosco del jardín, en donde ahora ocupaba la mayor parte de mi tiempo dedicado a la lectura también había vuelto a la vida y era una vez más hermoso, como un pequeño oasis en el que encontraba serenidad y alegría. A veces tenía incluso la sensación de que mi pariente aparecería en cualquier momento para volver a tomar posesión de su casa, la cual ya no estaba vacía como cuando yo había llegado. El lugar estaba ahora lleno de antiguos muebles coloniales de maderas hermosas, gruesas cortinas de una suave tela cuyo nombre ni siquiera conozco, raras alfombras y fastuosos candelabros. Cuando pregunté a Hannatiel acerca del origen de todas estas cosas se limitó a contestarme que pensaba que todo aquello era obra mía pues cada día encontraba algún nuevo aditamento en la mansión al llegar a trabajar por la mañana. Este rejuvenecimiento de mi hogar continuó hasta hace apenas un par de días, momento en que tomó su actual configuración. Aún estando nervioso y preocupado por el cambio que lentamente se había gestado, decidí que no iba a interrumpir mi lectura y me dediqué en cuerpo y alma a los libros, determinado a leer todos los de la sección de ciencias ocultas de la biblioteca antes de tomar una decisión acerca de su destino final. Sin embargo, secretamente estaba convencido de que no volvería a vender ninguno de ellos, incluso a sabiendas de que mis recursos comenzaban a hacerse exiguos.

La mañana de anteayer salí al kiosco a leer las últimas páginas del último volumen de la sección de la biblioteca dedicada a lo oculto cuando en mitad de mi lectura, un incesante golpeteo me sacó de mi concentración. Se escuchaba como el golpeteo húmedo de algún animal marino que se arrastrara penosamente por el suelo. Puse el libro sobre la mesita de metal que había hecho colocar en el kiosco y entré en la casa siguiendo la dirección de donde provenía aquel sonido. Bajé hasta el sótano, iluminado sólo por una pequeña bombilla de cueranta vatios y me detuve tratando de aguzar el oído para escuchar aquel sonido una vez más. No tuve que esperar mucho para volver a oírlo. Ahí estaba nuevamente, sólo que en esta ocasión, lo que antes me había parecido el golpeteo húmedo de un animal, en esta ocasión me parecía como un gorjeo, como el lamento de una persona que trataba de gritar a través de una garganta llena de agua, atragantándose mientras lo intentaba. Parecía provenir de debajo de la casa, retumbando con una resonancia abovedada como si hubiera alguna especie de galería bajo los cimientos de la mansión. Subí a la cocina, en donde Hannatiel preparaba el desayuno y lo despedí por el resto del día, asegurándole que pensaba estar fuera de casa hasta bien entrada la noche y que no iba a necesitar de sus servicios. Me miró con incredulidad pero terminó por retirarse en silencio, sin hacer preguntas indiscretas -cualidad suya a la que pronto le había tomado gran aprecio- y sin mirar hacia atrás, en donde yo esperaba con impaciencia desde la puerta de la mansión verlo desaparecer para volver a mi faena.

Regresé al sótano con un pico de metal que tomé del cobertizo y comencé a practicar en el suelo un agujero de tamaño suficiente para pasar a través de él. Al principio tuve la impresión de estar trabajando en vano, pues bajo mis vigorosos golpes de pico el suelo se sentía sólido, pero poco a poco empecé a sentir cómo el ruido se iba haciendo hueco hasta que finalmente descubrí una estrecha galería de alrededor de poco menos de dos metros de altura bajo los cimientos de mi propia casa, tamaño suficiente como para poder atravesarla sin demasiadas dificultades. Subí nuevamente a la cocina y tomé un banco de madera, el cual coloqué en la galería, debajo del hoyo que había excavado, para así tener una manera segura de salir de ahí a mi regreso. Bajé entonces a la galería con una lámpara de mano y comencé a explorarla. Era un pasaje de unos quinientos metros de longitud que llegaba finalmente a un descampado en la ladera de las montañas en donde la cordillera central llega finalmente al atlántico. Había en este lugar una gran cabeza tallada en piedra que la vegetación había cubierto casi por completo. Sus facciones eran duras y taciturnas, como los rostros de los habitantes de Altíos, sus labios gruesos y su mirada parecía mirar al mar y perderse en el horizonte. Miré en derredor tratando de aguzar el oído en busca de algún rastro del extraño sonido que me había llevado hasta ese lugar sin poder encontrar nada más que algunos arbustos y hojas secas esparcidas por todo el suelo. Desconcertado, emprendí el camino de regreso a casa, esta vez sin usar el pasaje secreto sino a través del bosque, observando cómo el sol comenzaba a esconderse detrás del horizonte mientras el cielo se hacía más obscuro y más frío.

Pasé toda la noche y hasta bien entrado el día de ayer tratando de tapar el acceso que había hecho durante la mañana, preocupado principalmente por proteger mi biblioteca de ojos curiosos, faena para la cual las manos expertas de Hannatiel fueron de gran ayuda. Finalmente le agradecí por su apoyo y lo mandé a casa nuevamente, esta vez por todo el fin de semana, tras lo cual yo mismo fui a la cama, agotado física y mentalmente. Dormí un sueño intranquilo hasta que el mismo sonido húmedo me despertó y me hizo levantarme de la cama y bajar nuevamente al sótano, decidido a encontrar finalmente su origen. Convencido de la imposibilidad de entrar a través del agujero que junto con Hannatiel había tapado con una gruesa capa de hormigón, tomé mi lámpara de mano, mi revólver y corrí hasta el descampado en el bosque, intentando cerrarle el paso a quien fuera que estuviera haciendo ese sonido. Le atraparía como a una rata y le obligaría a desistir de lo que estuviese tramando contra mí y contra mi propiedad.

Al llegar a la entrada de la galería subterránea que llegaba hasta mi propiedad sentí un olor a podredumbre tan intenso que casi me hizo desistir de mi empeño. Después de vacilar por sólo un instante, tomé mi pañuelo y me cubrí con él la boca y la nariz. Inicié el descenso con pasos lentos pero firmes, empuñando mi arma para darme seguridad mientras sostenía la lámpara de mano entre la axila y el costado, alumbrando la obscuridad.

Observador de Altíos, 14 de Agosto de...
Las autoridades locales y estatales han suspendido la búsqueda del C. Juan P. después de tres semanas de una intensa búsqueda. Según informes de las autoridades, la última persona en verlo fue su mayordomo y asistente personal, el C. Hannatiel Tewigan, el cual declaró que el desaparecido se encontraba en buen estado físico y mental la última vez que conversó con él. "Sólo acusaba signos de un ligero insomnio" sic. Se cree que P. pudo haber engendrado un hijo con la señorita Ada M., oriunda de la ciudad de Bonanza. Los ejecutores de su testamento no han sido capaces de dar con su paradero. Según lo establecido por la ley general de bienes y testamentos, el plazo máximo otorgado para el reclamo de la propiedad es de veinte años, tras los cuales el inmueble pasará a ser propiedad de la administración de la ciudad de...

Diario de viaje de Juan M., 14 de Mayo de...
Poco a poco el paisaje montañoso de las mesetas centrales va dando paso al mar azul en el horizonte. Me encuentro de camino a reclamar la herencia que me dejó mi padre. Sé que mi madre no habría estado de acuerdo con esta decisión, pero tras su muerte hace apenas un par de semanas he quedado totalmente desamparado.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Juan de Dios

Aquella había sido una noche mala para Sharon Smith, que era el nombre profesional de Teresita de Jesús Gómez: aún no había alcanzado a cubrir la cuota diaria que su protector le exigía, por lo que muy a su pesar, finalmente aceptó la oferta de aquel hombre ebrio y sudoroso y lo llevó a la habitación número 12 del hotel en el que prestaba sus servicios. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener el asco que le producía la idea de que en unos minutos estaría dentro de su cuerpo, balanceándose de arriba a abajo como un simio en éxtasis. Sintiendo su mirada de ardiente deseo clavarse en sus nalgas al subir por los escalones lo miró de reojo mientras trataba de analizar su nivel de intoxicación, esperando que no fuera tal que retrasara demasiado el clímax. Nada sería peor que tener que estar debajo de él durante todos los cuarenta minutos acordados de antemano, empapándose con su sudor, sintiendo su aliento a mezcal rancio. Usualmente Sharon ofrecía el servicio "Al natural" por el doble del precio normal pero en esta ocasión omitió mencionar el plato fuerte de su menú.

Entraron en la poco menos que miserable habitación iluminada con una luz de un nauseabundo tono pálido y amarillento. Sobre el suelo de cemento había un colchón matrimonial desnudo, sin sábanas ni almohadas y frente a él, un pequeño baño sin puerta, con un sucio retrete que apestaba a semen y orines acumulados durante incontables noches de amor barato; en el que Sharon entró y realizó sus necesidades sin ningún pudor, como si su acompañante no se encontrara ahí. Se limitó a indicarle que se desvistiera pues su tiempo ya estaba corriendo. Tenía la esperanza de que se quedara dormido a causa del Alcohol, o al menos de ganar algunos preciosos minutos.

Sin poner demasiada atención a la hermosa mujer que defecaba frente a él, Juan de Dios se desvistió lentamente, disfrutando con cada prenda que caía al suelo, como una serpiente que va dejando la piel vieja para vestirse de un traje de relucientes escamas nuevas. Sharon apenas pudo contener la respiración cuando finalmente lo vio desnudo del otro lado de la habitación. Parecía un dios griego tallado en ébano. Los hombros eran anchos y fuertes, los brazos surcados de gruesas venas que parecían a punto de estallar, el pecho y el abdomen cubiertos de una maraña negra y espesa, las piernas gruesas y plenas parecían troncos de árboles. Pero lo que más la cautivó fueron su palpitante erección y el fuego en sus ojos, un fuego que parecía distinto al de la simple excitación sexual. Finalmente Sharon se levantó del retrete antes de lo planeado y caminó hacia el que sería su amante por los siguientes treinta y cinco minutos sintiendo verdadero deseo por primera vez desde que había empezado a vender su cuerpo.

Loco de deseo, Juan de Dios la tomó por la cintura y le mordió el cuello. Pronto la sangre empapó la blanca piel del cuello y escurrió hacia su pecho generoso mientras Sharon perdía la consciencia lentamente, aunque no lo suficiente para no ver cómo Juan de Dios se mojaba con la sangre de sus pezones aún erectos y obscurecidos, para no sentir cómo le arrancaba los labios con lujuriosos mordiscos mientras las poderosas manos bajaban por la espalda hasta las nalgas, estrujándolas como si quisiera arrancarle la carne, para no sentir su palpitante erección sobre el vientre, debajo del ombligo.

Espiral

Finalmente terminé. Tal vez no sea lo mejor que se haya escrito pero qué se le puede hacer... Sin más ni más, "Espiral":


I
Todos los días, aproximadamente a la misma hora, a Emilio le gustaba abandonar los estudios y salir a dar un paseo. Solía caminar hasta el límite del vecindario para después tomar el camino de piedras detrás del vetusto edificio que antes funcionara como improvisada capilla y que tras unos pocos centenares de metros desembocaba en la playa, que a pesar de no ser de particular belleza siempre le había fascinado. La tarde se le iba en incontables horas mirando los pájaros volar hacia la lejanía. Su alma se maravillaba al ver la danza de formas de las nubes al ser empujadas por el viento, aspirando el embriagante olor de la sal, sintiendo en su piel el áspero contacto de las milenarias rocas sobre las que se recostaba, escuchando el eterno romper de las olas en la playa llenándola de una fina bruma blanca. La solitaria contemplación del mar y del cielo era lo más cercano a la felicidad que pudiera imaginar. Su mente gustaba de volar hasta donde su cuerpo no podía seguirla. A veces se convertía en aire y se elevaba hasta perderse en el rojo-anaranjado del crepúsculo, empujando a las nubes, enredándose entre las blancas alas del albatros. Otras veces era un pececillo que nadaba entre corales y caracoles y de cuando en cuando jugueteaba cerca de los afilados anzuelos y las redes que los pescadores locales tendían. Su vida era sencilla y transcurría tranquila, siempre ajustándose a esa feliz rutina, hasta una tarde a finales de aquel verano, en la que Emilio caminó un poco más que de costumbre a lo largo de la playa. La razón: más allá de las rocas en las que habitualmente descansaba y casi perdido entre la bruma del atardecer y las faldas de las montañas, había un extraño grupo de rocas de forma tan caprichosa que más de una vez le había hecho preguntarse si en realidad se trataba de rocas o si era más bien alguna rara estructura hecha por el hombre, acaso las ruinas de alguna edificación de tiempos antiquísimos. Muy a su pesar, nunca había podido investigar esas extrañas formas que le observaban a la distancia mientras daba sus paseos vespertinos. Pero esa tarde era diferente: su estricto tutor se encontraba fuera de la ciudad negociando los contratos de arrendamiento de los múltiples edificios que poseía en los pueblos vecinos. Era un hombre muy poderoso y muy rico, dueño de fábricas, talleres y edificios de apartamentos en toda la región. Seguramente regresaría hasta bien entrada la noche, lo cual le venía muy bien a Emilio, ya que le daba algunas horas adicionales para recorrer la playa.
Comenzó entonces el recorrido hasta las rocas lejanas, primero con pasos lentos, como si sus pies se negaran a cumplir con las demandas de su alma curiosa, pero poco a poco fue sintiendo cómo se hacía cada vez más ligero, como si flotara sutilmente, ingrávido. A medida que avanzaba sobre la húmeda arena de la playa, podía ver cómo lentamente las distantes rocas tomaban una forma parecida a la de un templo tallado en las entrañas mismas de las montañas, en contra de cuyo extremo oriental las olas rompían con tal fuerza que producían una bruma finísima de partículas suspendidas en el aire y dificultaban la visión del templo. Sin embargo al acercarse lo suficiente, dicha bruma se disipaba poco a poco dando paso a escalofriantes frescos pintados sobre las rocas. A pesar de la humedad y del tiempo era posible distinguir imágenes de hombres y mujeres ofrendando a extrañas figuras ricamente ataviadas con plumas de aves multicolores, máscaras de jade y metales preciosos, ávidas de los regalos y de la sangre de sus siervos humanos, la cual fluía como un río carmesí del cual estos perversos dioses bebían hasta hartarse. Con horrorosos ojos miraban desdeñosamente a los desdichados esclavos que los atendían derramando cuantiosas lágrimas de horror y desesperación. Sus enormes garras se hundían en los indefensos torsos desnudos mientras las bocas de afilados dientes serrados les trituraban el cráneo. Por un momento los llantos largamente olvidados invadieron el lugar con su melodía e hicieron a Emilio caer de rodillas en la arena, tratando dificultosamente de respirar, librando una titánica batalla contra el olor de la sangre y la putrefacción de los cuerpos muertos. Se arrastró penosamente los pocos metros que separaban el templo de la playa y hundió la cabeza en el agua.
Después de que la gelidez del mar le devolviera a la realidad, permaneció un largo rato sentado sobre la arena de la playa, tratando de evitar la vista del odiado templo, pensando sin éxito en la manera de regresar por otra vía. Al fin se dio cuenta de que el templo estaba totalmente rodeado por las montañas y el mar. La única forma de regresar era volver sobre sus pasos, volver a ver las imágenes de corrupción, miseria y muerte. Reunió entonces todas las fuerzas de su alma y se volvió lentamente hacia el templo. Con grandes dificultades logró ponerse en pie y comenzar la marcha. Un pie primero, luego el otro, recordándose a cada paso que lo visto hacía unos momentos eran sólo antiguas imágenes plasmadas en la roca por un pueblo olvidado e ignorante, que los olores nauseabundos y los gritos de horror no eran más que el delirio producido por una larga caminata y una jornada entera sin apenas probar bocado. Levantó valerosamente la cara al llegar de nuevo frente a la fachada de los murales para comprobar que su terrible efecto había desaparecido. Y así fue, el terror que hacía unos instantes le hubiera invadido le parecía ahora casi risible. Las imágenes eran, sí, grotescas, pero representaban solamente la cultura y la religión de los constructores de aquel templo junto al mar; no guardaban relación alguna con el aquí y el ahora. Sin embargo mientras más las observaba, más fascinado se sentía por ellas. Sumido en un trance casi hipnótico se imaginó como uno de los pobres infelices condenados a servir para siempre a aquellos monstruos. Imaginó cómo las garras de los dioses perversos lo estrujaban mientras era elevado por el aire justo hasta la altura de los ojos. Miró fijamente dentro de esas pupilas y halló el odio, la soberbia y la sed de sangre de estos seres atroces. Miró también dentro de las fauces que se cerraban cercenando su cabeza, triturándolo, devorándolo por completo para después escupir sus restos sobre la arena de la playa. Vio cómo su sangre se juntaba con la sangre de otro millar de seres humanos para formar hirvientes ríos que bañaban campos de interminables horrores, tan espantosos que se le antojaba difícil que incluso en el mismo infierno alguien más hubiera conocido. Después se imaginó como un dios asesino. Con sus poderosas garras tomaba los regalos ofrecidos por sus súbditos humanos y se ataviaba con ellos. Hundía sus fauces dentro del grupo de bellos jóvenes que le obsequiaban cada vez que la luna brillaba llena sobre el mar, tomando dos o tres en cada bocado. Sentía el dulce sabor de la carne fresca, de la virtud sin mancilla, de la inocencia infinita.
Aún fascinado por estas visiones, decidió entrar al templo esperando tomar algún objeto que le recordara por siempre su peculiar aventura. Avanzó directamente hacia la entrada con pasos tan firmes que habrían retumbado de no ser porque la arena los absorbía hambrienta. Se detuvo poco antes de entrar y miró hacia la profundidad. El paso de los años había convertido el interior del templo en poco más que una gruta ordinaria. Las estalactitas y estalagmitas se juntaban entre sí haciendo casi imposible el paso. El olor de la sal impregnaba el ambiente y sólo el lento y monótono goteo del agua hería el silencio, desgarrándolo como el cuchillo desgarra la tela. Ágilmente se escurrió por entre las formaciones rocosas y los charcos de salitre mojando de cuando en cuando sus pies casi descalzos, enfundados sólo en unas viejas sandalias, hasta llegar a lo que debió haber sido la nave principal. Caminó en línea recta hasta llegar al altar de piedra, en donde encontró diversos objetos usados en los rituales de los dioses asesinos: cuchillos de piedra, restos de vasijas en las que supuso se depositaban las vísceras de los sacrificados, lanzas, y máscaras, todos esparcidos sobre el suelo desde hacía tanto tiempo que éste ya comenzaba a devorarlos con bocanadas de sedimentos y sal. Un tenue rayo de luz entraba desde una grieta en la montaña bañándolo todo con un pálido resplandor. A su derecha un estrecho camino daba la vuelta por detrás del altar principal y se perdía entre las sombras. Hurgó en sus bolsillos en busca del áureo encendedor que solía cargar consigo. Su frío y duro tacto le dio el valor para emprender el camino hacia la oscuridad. Lo encendió y contempló fascinado el danzar de la flama y las ondulaciones de luces y sombras que ésta producía dentro del templo al avanzar a través del camino. Absorto como estaba, perdió noción de tiempo y distancia hasta que repentinamente cayó en la cuenta de que había llegado hasta una especie de bóveda con un techo tan alto que le dio la impresión de estar en las entrañas de una enorme gruta. Impulsado por una curiosidad incontrolable, siguió caminando hasta ver una escalera de caracol que bajaba hacia las tinieblas. Se detuvo ante ella, la rodeó lentamente en busca del punto de acceso, y entonces volvió la vista. La obscuridad era tan densa que más allá de los tres o cuatro metros que iluminaba con su encendedor no lograba ver nada. Aterrorizado, se dio cuenta de que la obscuridad aparecía ante él igual en todas direcciones cerrándole el camino. No podría regresar sobre sus pasos pues en medio de la obscuridad había perdido toda orientación: no sabía por dónde había llegado ni hacia dónde seguir. A pesar de todo, aquella singular escalera en medio de la nada le brindó algo de calma: una escalera significaba civilización, y la civilización, aún hallándose solo en el interior de una montaña, significaba compañía.
Decidió entonces bajar por la escalera pensando que tal vez hallaría una salida al llegar al otro extremo. Comenzó el descenso lentamente, haciendo oídos sordos a sus propios pensamientos que constantemente le recordaban que se encontraba en una cueva en las entrañas de una montaña a la orilla del mar. Decidió apagar su encendedor para conservar el precioso combustible que tal vez necesitaría más adelante. La inmensa obscuridad se cerraba sobre él como una espeso manto negro. Pudo sentir sus pupilas dilatarse en un vano intento por captar más luz. Alzó los brazos frente a su cara, sacudiéndolos con frenesí para tratar de verlos y se sorprendió de no ser capaz de distinguir cosa alguna, ningún cambio en las sombras, ningún punto en el que la obscuridad apareciese más -o menos- densa. Palpó el aire delante de él hasta encontrar el herrumbroso pasamanos del cual se asió para comenzar nuevamente su marcha. Paso a paso continuó descendiendo durante lo que le pareció una eternidad. El ruido de sus pasos hacía un eco tremendo que le helaba el corazón y le turbaba la razón al pensar en la inmensidad de la cueva en la que estaba metido. Sintió el impulso de volver sobre sus pasos, pero nuevamente pensó que lo mejor sería continuar. Y así lo hizo. No sabría decir si avanzó por diez, quince o treinta minutos; acaso hubieran sido un par de horas o tal vez más. El tiempo parecía haber perdido su significado o al menos haber sido sustituido por una parodia de sí mismo. Su propio cuerpo se sentía distinto, como si sus sentidos se hallaran embotados por un hormigueo parecido al de una intoxicación alcohólica, aunque a su corta edad Emilio nunca había sufrido una. Su respiración era lenta y profunda y su corazón latía casi al mismo ritmo con el que sus pies devoraban los peldaños bajo ellos. De repente un punzante dolor lo sacó de su sopor. Era como la mordida de una gran serpiente de afilados colmillos clavándose en su planta. Se quitó la sandalia y palpó su pie. Se sentía tibio, húmedo y viscoso. Al llevarse la mano hacia la nariz sintió el dulce olor de la sangre y entonces se sintió perdido, desesperado y herido y gritó con todas sus fuerzas, lanzando maldiciones a su suerte, a la cueva y a los horribles dioses del templo. El eco le devolvió sus maldiciones multiplicadas mil veces, causándole un nuevo estremecimiento que subió por todo su cuerpo, desde las piernas hasta la nuca, y sintió cómo las fuerzas le abandonaban. Mientras rodaba escalera abajo pensó que nunca volvería a levantarse, que bajaría dando tumbos hasta el infierno, pues ese era seguramente el lugar al que conducía aquella horrible gruta, con su maldita escalera de caracol, que era como una lengua que lo envolvía y lo llevaba hacia las tinieblas y la muerte.

II
Al cabo de algún tiempo Emilio despertó. Aunque seguía sumido en la total obscuridad, se sintió feliz de hallarse con vida. Supuso que cuando sufrió aquel desmayo se hallaba ya cerca del final de la escalera. Sentía el dolor de la caída en todo su cuerpo, se sentía magullado y casi sin fuerzas, con la lengua pastosa y un sabor como a centavo en la boca. Palpó su cuerpo en busca de algún hueso roto o alguna herida abierta. Nada, ni siquiera pudo hallar el corte en el pie que le había causado el desmayo que lo hizo caer. Se incorporó con trabajo y buscó nuevamente a tientas la escalera, la odiada escalera que era a la vez su único punto de referencia, su chaleco salvavidas en medio del enfurecido mar de tinieblas que le envolvía. Estaba ahí frente a él. Con desesperación se aferró a ella y así permaneció durante algún tiempo hasta que se sintió un poco mejor y decidió continuar su camino. Ahora menos que nunca podía volver. Su única alternativa era continuar hacia adelante, lo que fuera que eso significase. Con no pocas dificultades logró incorporarse y comenzó a buscar a tientas su encendedor palpando el suelo húmedo y salitroso. Cuando al fin lo halló, rogó al cielo que aún funcionara. Lo tomó nerviosamente y secó con frenesí el pequeño rodillo metálico con su camisa hasta que estuvo convencido de haber eliminado cualquier rastro de humedad. Deslizó el pulgar con firmeza una, dos, tres veces. Nada. Cuatro, cinco, seis, siete. Un nudo comenzó a formarse en su garganta mientras las lágrimas llenaban sus ojos. Intentó una vez más y la pálida flama iluminó su semblante desesperado, debajo del cual asomaba un dejo de satisfacción por la atinada decisión de ahorrar combustible: no habría sabido qué hacer de haber tenido que continuar a oscuras. Levantó la mirada hacia la escalera sólo para ver cómo se perdía en las tinieblas y la inmensidad y comenzó a caminar nuevamente, apagando a ratos su encendedor para conservar el precioso combustible.
Estuvo caminando durante algún tiempo hasta que la obscuridad comenzó a disiparse lentamente. A lo lejos se veía una pequeña luz. Sin ningún punto de referencia, Emilio calculó que estaría a unos trescientos metros de distancia. Aún a sabiendas de que este cálculo era caprichoso, le daba un sentido de realidad a su situación. Siguió avanzando paso a paso hacia la luz, respirando lenta y profundamente, sintiendo cómo temblaban los engarrotados músculos de sus muslos y pantorrillas. La brisa tibia y fresca lo adormecía y un par de veces se tumbó en el suelo para descansar. A pesar de que la luz aparentaba llegar a él horizontalmente, en sus piernas sentía como si estuviera escalando un muro casi vertical, adherido a él como una mosca. Incluso extendió los brazos frente a su cara buscando alguna evidencia de tal muro, algo que le indicara que ascendía. Tanteó algunas veces sin poder hallar nada y eso lo hizo sentir desconcertado. Tenía la certeza de que la luz se veía directamente frente a él, de eso no había duda. Pero tampoco había duda del dolor en sus pantorrillas, de la tensión en los muslos, del hecho de que tenía que inclinarse hacia adelante a cada paso, exactamente como si estuviera subiendo. Pero nada de eso importaba realmente, sólo la luz poseía algún significado dentro de esa cueva maldita. Sólo debía pensar en hallar la salida, en escapar de ahí rápidamente. Correr hasta llegar a casa y tumbarse en su cama con la luz encendida, siempre encendida. Jamás volvería a apagar la luz. Ya había tenido tinieblas suficientes para el resto de su vida.
A la distancia el pequeño punto de luz se volvía cada vez más opaco y más azul mientras que la brisa que antes era tibia se iba enfriando lentamente, no lo suficiente como para preocupar a Emilio, pero sí para causarle algún escalofrío furtivo. Además sus ropas seguían mojadas. Poco antes de llegar a la salida -ahora sabía que la luz era una abertura lo suficientemente grande para salir a través de ella- aparecieron las primeras estrellas brillando débilmente sobre el tapiz azul-violeta del cielo. Con un último esfuerzo Emilio logró al fin salir de la cueva. La salida había resultado ser un agujero en el suelo. Curioso, tomó un pequeño guijarro y lo echó a las tinieblas. Escuchó cómo caía dando tumbos una distancia enorme hasta que al fin el sonido se hizo tan débil que dejó de percibirlo. Esto, sin embargo, no significaba que el guijarro se hubiese detenido, sino que sencillamente había caído a una profundidad tan grande que ni siquiera el sonido lograba escapar de ella. Sin embargo Emilio habría jurado que todo su trayecto dentro de la cueva había sido en línea recta, una línea horizontal y recta. Una vez más la naturaleza lo empujaba hacia adelante, primero con un mar de tinieblas, ahora con un abismo de profundidad inconmensurable. Fue hasta este momento que, al mirar en derredor, Emilio se dió cuenta de que no sabía donde se encontraba. Esperaba encontrar la playa y las luces de la ciudad a la distancia, sin embargo parecía estar en una especie de meseta en medio de la nada, una pequeña montaña con la punta recortada. Calculó su altura en unos trescientos metros y recordó cuando, en el interior de la cueva, al ver la luz por primera vez, había calculado esa misma distancia. ¿Acaso sería posible que hubiera ascendido caminando por el interior de la montaña? Las laderas eran casi verticales, la meseta era un cuadrado casi perfecto de unos 50 metros de lado, desolada y cubierta sólo de una arena finísima y amarilla y algunas pequeñas rocas. A la distancia se veían cientos, tal vez miles de mesetas similares distribuidas ordenadamente, de manera simétrica, formando motivos similares al código de Braile. El día comenzaba a morir lentamente, el sol se escondía detrás de una de las mesetas, la más alta de todas, de la cual parecían surgir todas las demás como un manto, llenando el horizonte de resplandores de color naranja. De nuevo se sintió presa del miedo. No quería pasar la noche allí, solo, sin ningún lugar para refugiarse, sin saber dónde estaba o cómo volver a casa. La fuerza le volvió a abandonar y cayó sobre sus rodillas. Cubriendo su cara con las manos comenzó a llorar amargamente. ¿Qué sino maldito le había hecho ir más allá de su escondite habitual? ¿Por qué no había salido corriendo -como lo hubiera deseado- al ver los horribles frescos del templo de rocas? Pues si ha de ser así -pensó- que así sea. Retrocedió algunos pasos, tomó impulso y se lanzó hacia el vacío con tal velocidad que pensó que tal vez lograría salvar la distancia desde su meseta hasta la meseta más proxima.
Y lo logró. Mientras saltaba se sintió inexplicablemente impulsado por una fuerza desconocida que lo guió justo hasta el centro de la meseta contigua. También inexplicablemente aterrizó sobre sus dos pies sin sentir mayor impacto que el que uno siente al pegar un pequeño brinco en su lugar. Repentinamente el suelo cedió bajo sus pies con un horrible estruendo y Emilio sintió cómo se desplomaba hasta el fondo de un abismo interminable. Mientras caía, la arena amarilla llenaba sus ojos y abrasaba sus pulmones y sus gritos de horror y desesperación fueron engullidos por un silencio tan espeso que casi podía palparse. Sin embargo, a diferencia del abismo en la meseta anterior, este se hallaba iluminado por la tenue luz amarilla de millares de pequeñas antorchas empotradas en las paredes. Emilio se percató de esto una vez que el horror inicial de la caída se hubo disipado junto con el polvo y las rocas, después de más de diez minutos en caída libre. Incluso dejó de ser consciente de que caía, sólo una sensación de extraña ingravidez comenzó a invadirlo, y si no fuera porque podía ver cómo descendía a través del abismo a una velocidad increíble, habría jurado estar flotando en el aire. Se sentía tranquilo y en paz por primera vez desde que iniciara su aventura en el templo de los dioses perversos, cuyos retratos se hallaban también en las paredes de este abismo. Pensó si habrían estado en la meseta anterior, la de la obscuridad, y si de igual manera se encontrarían en el resto de las mesetas que había en ese valle maldito. Esas imágenes seguramente habían sido pintadas por manos no humanas, tal vez por horribles demonios voladores o por gigantes primigenios al servicio de aquellos dioses que parecían observarlo con sus ojos burlones y sus bocas torcidas en sonrisas grotescas mientras descendía hasta el centro mismo de la tierra.
Nuevamente aterrizó -por fin- sobre sus dos pies de manera extrañamente silenciosa junto a una escalera de caracol. A pesar de la inmensa altura de la que había caido, no se hizo ningún daño ni sintió dolor de ningún tipo. Pero lo que más lo fascinó fue la escalera. Estaba hecha de un metal parecido al acero, pulida intensamente, de modo tal que su superficie reflejaba como si fuese un espejo. Sus escalones anchos y pesados se incrustaban en un tronco grueso de una manera tan perfecta que era imposible distinguir ninguna unión. Daba la sensación de haber sido construida en una sola pieza a partir de un trozo inmenso de aquel metal lustroso. Al alzar la vista, Emilio se percató que era tan enorme que se perdía en la inmensidad de la cueva. Sin embargo, a diferencia de la cueva de la obscuridad, esta vez sabía que la escalera no llegaba tan alto como para alcanzar la meseta de polvo amarillo. Ni siquiera recordaba haberla visto mientras caía, lo cual lo llenó de desconcierto y de una firme intención de averiguar hasta dónde llegaba la escalera, aún si el ascenso le tomaba horas o incluso días. Estaba ahora convencido de que en estas cuevas el tiempo era sólo una parodia de sí mismo, tras haber caído en la cuenta de que durante todo su trayecto no había sentido hambre, sed o cansancio. Ya no pensaba que de vuelta en casa habría brigadas de rescatistas tratando desesperadamente de hallarlo, buscando debajo de cada piedra, detrás de cada árbol, en el fondo de cada río. No le sorprendería regresar para percatarse de que todo este episodio había durado apenas un par de minutos de tiempo real. Tal vez todo esto era sólo una ensoñación, un letargo hipnótico al cual lo había inducido el eterno romper de las olas sobre la playa y el olor intenso y penetrante de la sal. Apretó los párpados respirando lenta y pausadamente, con la necia esperanza de que al abrirlos se encontraría de nuevo tumbado sobre las rocas de la playa. Inició el ascenso tras abrir los ojos y descubrir que seguía en la maldita cueva.
Sería difícil tratar de hacerse una idea del tiempo que Emilio empleó para ascender por la escalera, si tan sólo hubiese algún punto de referencia habría sido posible contabilizar los latidos del corazón, la frecuencia de la respiración, el oscilante danzar de las llamas en las antorchas, cualquier cosa que le diera algún sentido al propio concepto del tiempo. En lugar de Esto, Emilio se percató de que al llevar su mano al pecho, el latido de su corazón era absolutamente imperceptible, al intentar inspirar profundamente, notó que su pecho no se inflamaba, al mirar las miles de antorchas que iluminaban el interior de la cueva, éstas parecían pequeñas lámparas pues a diferencia de lo que sucede en una antorcha común, las flamas no oscilaban. Todo el interior de la cueva parecía permanecer estático, como si se tratara de una pintura infernal en la cual Emilio era el único elemento cambiente, subiendo los peldaños paso a paso, quizá lentamente o quizá rápidamente. No había manera de saberlo. Durante todo el trayecto Emilio podía sentir las vibraciones que sus pisadas producían en los escalones, sin ser capaz de percibir ningún ruido. Renunció a la idea de gritar en cuanto notó que no le era posible respirar. En medio de su tremenda confusión intentó articular una explicación que diera sentido a todo lo que había a su alrededor. Un pensamiento obscuro y macabro rondaba su cabeza, golpeando insistentemente sus sienes como sólo el terror puede hacerlo. Pero este era un terror distinto al miedo a la muerte, era el terror de pensar si esto era todo lo que había más allá de la vida: mundos interconectados de silencio infinito, de obscuridad infinita y quién sabe de qué tantas cosas más. Tal vez habría mundos donde fuese imposible sentir, donde no existieran los conceptos de arriba y abajo, donde la ausencia de sentidos pudiera sumirlo en los profundos abismos de un cascarón insensorial, ¡Y todos esos mundos repartidos en las horribles mesetas amarillas! Todos ellos con la soledad como un negro fondo. Como el escenario en el que ocurrían los sucesos de esta extraña obra. Sin embargo -pensó- tal vez subiendo por esta escalera llegue nuevamente al templo y pueda salir de aquí. En todo caso, es preferible seguir avanzando en vez de arriesgar a convertirme en una más de las imágenes que adornan estas horribles paredes.
Cuando al terminó de subir por la escalera, se halló nuevamente en la gigantesca gruta, sólo que en esta ocasión no era una gruta obscura plagada de salitre, estalactitas, estalagmitas y sedimentos, sino una gran bóveda iluminada por una misteriosa luz cuyo origen era imposible discernir y cuyas paredes estaban hechas de un material parecido al mármol, tan lustroso que casi podía ver su reflejo en ellas. Recorrió el resto del camino -que ya sabía de memoria- hasta llegar al templo. ¡Qué bello era el templo! Bañado con esa hermosa luz aperlada, algo que tenía que mostrarle a todos en Altíos. Seguramente se sentirían tan felices como él se hallaba en ese momento, después de su extraña aventura. Al trasponer la entrada principal vio algunos de los frescos más piadosos, imágenes hermosas de hombres y mujeres que se entregaban a sí mismos por un inmenso amor hacia sus benefactores, y no pudo evitar dejar escapar un par de lágrimas, hecho un poco vergonzoso para un joven de su edad y posición, pero a fin de cuentas estaba solo. Podía sin duda permitirse este tipo de gestos. Sería su propio pequeño secreto. Siguió entonces su camino a Altíos, deseoso de enseñar a su tutor y a su amigo Eepelas los prodigios de que acababa de ser testigo.
III
Al contrario de lo que la gente piensa, no siempre he sido un hombre agraciado. Desde la más tierna de las edades, mientras los demás niños aprendían con entusiasmo los secretos del universo a través de las ciencias y las artes, yo me dedicaba sólo a una silenciosa contemplación del mundo a mi alrededor. Nunca hallé satisfacción alguna en la superioridad intelectual ni en los deportes o las artes. El mundo me daba lo mismo y cada nuevo amanecer, yo sólo anhelaba que el día se fuera rápidamente, dando paso de nuevo a la noche en una interminable sucesión que me llevaría finalmente al dulce reposo eterno. Es por eso que nadie jamás puso sus esperanzas en mí. Mi pobre padre murió antes de que yo aprendiera a caminar bajo las pezuñas de un furioso toro en un rancho de Bonanza, en donde trabajaba com peón, y mi madre comprendió rápidamente que yo no iba a brindarle ninguna seguridad en su vejez. En lugar de eso, sería una pesada carga para ella; y una muy hambrienta boca que alimentar. Por esa razón decidió marcharse abandonándome a mi suerte apenas hube cumplido los diez años. No he vuelto a verla en la vida. Nunca más volví a descansar mi cabeza en su regazo mientras ella cantaba canciones infantiles acerca de estrellas y hadas, de magia y de princesas; sus lágrimas cayendo lentamente sobre mi frente, resbalándome hasta las sienes para luego caer en la tierra seca. No le guardo ningún rencor. Creo que hizo lo correcto. Yo mismo debí haber abandonado a mi propio hijo cuando lo vi por primera vez... pero no lo hice.
Mi vida transcurrió de manera más o menos normal. Me convertí en un hombre, tomé por esposa a una muchacha local e inicié una familia por mi cuenta. Siendo mi gran tamaño y fortaleza física los únicos atributos que la naturaleza me había dado, decidí aprovecharlos para ganar el sustento para mí y para los míos, y conseguí empleo como sacaborrachos en el pequeño club nocturno local. Era un trabajo fácil puesto que todos en el pueblo me conocían y eran pocos los que, embriagados o no, hubieran osado enfrentarme con los puños. Mis noches eran tranquilas, rodeado de mujeres jóvenes –aunque definitivamente no hermosas para el paladar occidental– en poca ropa, cervezas, billar y costillas de cerdo en salsa picante para cenar. Una vida sencilla y feliz, sin aspiraciones ni preocupaciones. Mi turno terminaba a las 4:30 de la madrugada y no eran pocas las ocasiones en que decidía caminar los diez kilómetros que separan Bonanza de Altíos, respirando a grandes bocanadas la salada brisa del mar estival a cada paso, sintiendo en mis pulmones el sabor del agua y la frescura del nuevo día, apenas por comenzar.
Encontré a Emilio una de esas noches en que regresaba a casa después de una noche de trabajo. Quiso el destino que precisamente esa noche, particularmente fría y nublada, mi vieja pick-up exhalara su último aliento a la mitad del camino hacia Altíos, un par de horas antes del amanecer. Me apeé con fastidio, caminé hacia el frente y levanté el capó con un suspiro, casi como si supiera qué hacer pero estuviera muy cansado para hacerlo. No me tomó más que un par de segundos comprender que mis exiguos conocimientos de mecánica no eran suficientes para reparar mi camioneta e irme a casa, así que decidí cerrar el cofre nuevamente y caminar. A la mañana siguiente regresaría con un mecánico.
Extrañamente comenzó a amanecer poco menos de diez minutos después de haberme puesto en marcha. Las primeras luces del alba iluminaron el mar a mi izquierda y las marismas a mi derecha, mientras avanzaba sobre la carretera. La blanca bruma danzaba como una flama en una vela sobre las marismas, empujada por la brisa del atlántico. El frío se me colaba entre los huesos subiendo lentamente por mi espalda, provocándome escalofríos y llenándome los ojos de lágrimas. Entonces vi a la distancia una silueta sobre los nenúfares. Parecía un niño pequeño o una de esas criaturas que la gente llama shannkhs, de los que se dice que son niños con cara de anciano que gustan de atraer hacia ellos a los viajeros extraviados, haciéndolos vagar por varios días hasta perder la cordura. Este último pensamiento me llenó de un extraño miedo que, sin embargo, me hizo seguir avanzando, sintiendo mi corazón como el batir de un enorme tambor que hacía estremecer todo mi interior.
Seguí cada vez más de prisa hasta que la niebla se disipó y pude ver claramente. Era un niño hermoso, más o menos de un año de edad, sin más ropa que unas sandalias de goma que le quedaban demasido grandes. Sus grandes ojos negros me miraban fijamente debajo de unas pestañas espesas y largas. Era como si supiera que iba a ir por él. Como si hubiera estado esperando precisamente por mí. Corrí precipitadamente sobre las hojas, lo tomé entre mis brazos rápidamente –estaba helado- y lo cubrí con mi camisa. Su pequeña mandíbula temblaba frenéticamente mientras se pegaba contra mi cuerpo tratando de hallar algo de calor. Corrí con él de regreso hasta la orilla de la carretera y después de un muy breve interrogatorio, pronto fue claro para mí que aún no sabía hablar. Sin embargo, dentro de mí sentía como si él me entendiera, como si ambos fuésemos partícipes de un extraño lenguaje que sólo nosotros comprendíamos. Grité desesperadamente hacia la marisma durante algunos minutos tratando de llamar a los padres del niño pero el batir de las olas en la playa detrás de mí fue mi única respuesta. A la distancia mi averiada camioneta aún se distinguía como un pequeño punto de color rojo. Miré al pequeño una vez más y decidí llevarlo a casa.
IV
Al contrario de mí, Emilio se convirtió en un muchacho lánguido y débil, aunque con una habilidad extraordinaria para los estudios. Curiosamente en una persona joven, sentía una especial fascinación por la historia y la literatura. Al igual que yo, era reservado y solitario. Su única alegría en la vida consistía en tumbarse sobre las rocas de la playa a observar el atardecer. Mi otra hija, la mayor, y mi esposa habían muerto años atrás a causa de una horrible epidemia de fiebres que atacó todo el sur del país, diezmando la población. De los supervivientes, la mayoría emigraron a otros lugares, temerosos de que el aire maldito de la región aún podría cobrar más vidas. Fue entonces, en medio de la desolación y la muerte, cuando comenzó mi ascenso hasta prácticamente convertirme en el dueño de Altíos. Con la cuidad prácticamente abandonada, las tierras quedaron a disposición de quien quisiera y pudiera tomarlas, imperando la ley del más fuerte sobre lo poco que aún quedaba de orden y autoridad. Pocos años después, se descubrieron en el sur yacimientos ricos en hidrocarburos y gas natural, lo que convirtió nuevamente a Altíos de pueblo fantasma a importante centro industrial. Logré contratos y concesiones importantes con las compañías de transporte que pretendían tender líneas de ferrocarril y carreteras a través de mis tierras, llegando a ser en poco menos de seis meses uno de los hombres más importantes de la región.
Pronto llegaron a Altíos oleadas de extranjeros de piel cobriza y facciones toscas que decían provenir del sur. Se establecieron a lo largo de la costa en pequeñas casas de formas extrañas que a veces resemblaban montículos de piedra o volcanes en miniatura. En las mañanas brumosas, que después de la epidemia habían aumentado considerablemente, tanto en intensidad como en frecuencia, las casas de estos extranjeros adquirían un peculiar parecido con las formaciones rocosas que había más allá de los límites de la cuidad. Esto llenaba de desconfianza a los viejos habitantes de Altíos, a los que dichas formaciones siempre habían causado un miedo difícil de explicar. Yo nunca conocí a nadie que se hubiera aventurado más allá de las escolleras del faro e incluso a mí mismo me producía escalofríos la idea de alejarme demasiado de la ciudad caminando sobre la playa, hacia el sur, sobre todo cuando la bruma caía sobre la tierra como una cortina de seda grisácea. Incluso la carretera que corría a lo largo de toda la costa del Este, al llegar a Altíos se desviaba bruscamente una decena de kilómetros tierra adentro, para luego salir nuevamente hacia el mar sólo hasta después del estuario del río Kinimcasto, a casi 100 kilómetros de distancia. Era como si todos supieran que esa zona estaba prohibida para el hombre, como si, consciente o inconscientemente, evitáramos cualquier contacto con ella. Incluso la naturaleza paticipaba de este acuerdo cubriendo toda esa área con una bruma espesa y casi perenne, independientemente de la estación del año.
Con el paso de los años, cada vez fue más evidente para mí que, si bien Emilio normalmente rehuía la compañía de las demás personas y no hablaba con nadie a menos de que fuera necesario, intercambiando cuando mucho algunos monosílabos y frases más bien lacónicas, eso si, con gran amabilidad y siempre esbozando su hermosa sonrisa; era en compañía de los extranjeros cuando parecía más a gusto. Y aún entre éstos, disfrutaba especialmente conversar con los de mayor edad. En poco tiempo se hizo muy allegado a Eepelas Tewigan, un hombre de unos sesenta años, que llegó con una caravana de inmigrantes el año del décimo cumpleaños de Emilio y a quien tomé como mozo doméstico poco tiempo después.
Eepelas era un hombre muy carismático y muy sabio, cualidades que no siempre resultaban evidentes a primera vista, pues sabía esconderlas muy bien detrás de su rostro duro como la piedra y sus modales toscos, propios de casi todos sus congéneres. A pesar de su gran sabiduría, decía desconocer el origen de su extraño nombre, atribuyéndoselo un poco en broma y un poco en serio a algún capricho de su padre, el cual, después de haber vivido durante cuarenta años bajo el nombre de Sebastián, un día, sin más ni más decidió comenzar a llamarse Eepelas Hannatiel Tewigan y a rodearse de personas misteriosas, casi siempre de edad avanzada, con las cuales se encerraba por las noches durante largas horas, frecuentemente hasta el amanecer. A pesar, o tal vez a causa de su misterio y de esa casi hipnótica forma con que lo relataba, tanto Emilio como yo mismo encontramos rápidamente en Eepelas un compañero de conversación y un hombre de confianza respectivamente. Fue tal su impacto sobre nosotros que puedo decir, sin lugar a dudas, que si a alguien en todo Altíos pudiésemos considerar como familia, ambos habríamos dicho que ese alguien era Eepelas. Fue por esta razón que en poco tiempo, Eepelas pasó de ser un mozo doméstico a mi asistente personal y mi brazo derecho en casi todos mis asuntos.
Una mañana a finales de un verano funesto, pedí a Eepelas que me acompañara a Bonanza a renegociar los contratos de arrendamiento de algunos de los edificios que ahí poseía. Salimos muy temprano y estuvimos fuera hasta muy entrada la noche. La negociación había sido todo un éxito y decidimos visitar el antiguo club nocturno en el que trabajara hacía tantos años. Tomamos algunos tragos y entre copas, bailarinas y conversaciones con antiguos amigos, llegó nuevamente el día, seguido de la tarde. Nos despedimos entre efusivos abrazos y promesas de un pronto retorno y tomamos el camino de regreso a Altíos. Yo me tumbé en el asiento trasero del automóvil, sintiéndome verdaderamente exhausto mientras Eepelas tomaba el volante. Le pedí que condujera lentamente para disfrutar del bello paisaje mientras le contaba la historia de cómo había encontrado a Emilio. Mis ojos se cerraron sin darme cuenta y cuando volví a abrirlos, apareció frente a ellos la cara de Eepelas, pálida como un muerto. Su voz desesperada me urgía a acompañarlo a la playa. Me levanté rápidamente, aún sintiendo un leve mareo y corrí tras él hasta el límite del vecindario. Rodeamos la capilla abandonada y tomamos el camino de piedras hasta la playa. Sobre una gran roca plana vi lo que hasta el día de hoy considero al mismo tiempo la imagen más bella y la más espantosa visión.
Emilio se veia tan sereno, con sus grandes ojos negros abiertos, como si mirara hacia el horizonte y su cabello cayendo desordenadamente sobre su rostro. Sus flácidos miembros se extendían a sus costados y el pecho permanecía inmóvil. Me acerqué a él lentamente, sintiendo como si mi propia vida se me escapara a cada paso, y acaricié sus frías mejillas con desesperación mientras mi mirada se nublaba. Eepelas mientras tanto se apresuró a tomarlo por los tobillos e indicarme que necesitábamos llevarlo a lo largo de la playa, a un lugar que él conocía. Era tanta la seguridad y la firmeza de su voz y tan grande mi estupor que le obedecí sin decir una palabra, como un autómata.
A pesar de la hora del día y de que estábamos en verano, conforme avanzábamos por la playa, el aire se iba haciendo cada vez más y más brumoso, como un extraño sueño en el que nos dirigiésemos hacia las puertas del cielo, o del infierno. Eepelas me indicó que siguiera caminando a lo largo de la playa hasta llegar al templo en las rocas. Él a su vez iría de nuevo a la ciudad a conseguir algunos brebajes, cuyos nombres eran tan extraños que ni siquiera puedo recordarlos. Nos separamos entonces y yo seguí caminando con Emilio a cuestas, sintiendo cada vez más su pequeño y esbelto cuerpo tan pesado como si se tratara de un pedazo de plomo, sintiendo cómo mis pies se hundían en la tierra a cada paso. Parecía como si la propia arena de la playa tratara de evitar que yo siguiera caminando, como si quisiera sepultarme vivo, tragarme y no dejarme salir nunca más. Pero a pesar de todo esto y del enorme temor que siempre me había inspirado aquella parte de la playa, era incapaz de desobedecer e incluso de comprender las órdenes de Eepelas, como si su voluntad actuara a través de mi cuerpo y yo no fuera más que un instrumento de sus designios, así que seguí caminando con mi preciosa carga hasta llegar al templo. Era algo majestuoso, horroroso y bello a la vez. Labrado en las entrañas mismas de las montañas, con las cuales se confundía en algunas partes, su majestuosidad me recordaba a la antigua ciudad de Petra, en el medio oriente. Sin embargo, a diferencia de las desnudas paredes de Petra, en las paredes de este templo había algún tipo de pinturas de monstruos emplumados o vestidos con plumas de colores que, aunque desgastados por el paso del tiempo, debieron haber sido brillantes cuando fueron creadas, siglos o probablemente milenios atrás. Tratando de obtener una mejor perspectiva de las imágenes, me alejé de la entrada del templo caminando hacia atrás lentamente, hasta sentir el agua del mar en mis tobillos, fascinado por las pinturas tropecé al pisar sin darme cuenta una enorme caracola blanca, dejando caer el cuerpo de Emilio sobre la arena. Una ola furtiva llegó hasta la orilla, sumergiendo el rostro de Emilio y llenando sus ojos de arena. Durante un breve instante, tal vez unas pocas milésimas de segundo, o tal vez incluso menos, el rostro sumergido de Emilio se vio como lleno de vida, como si me mirara desde debajo del agua mientras jugaba a bucear. Podría haber jurado que me miró. Una oleada de terror recorrió todo mi cuerpo y me apresuré a levantar a Emilio y llevarlo a la entrada del templo. Lo coloqué sobre la arena y tomé su rostro entre mis manos, estrujándolo con fuerza mientras lloraba desconsoladamente. Lo cubrí de besos casi hasta desmayarme. Todo parecía tan doloroso, tan irreal. Me tumbé sobre la arena, junto a su cuerpo y miré hacia la lejanía, tratando con todas mis fuerzas de no pensar en nada.
Eepelas llegó poco después, trayendo consigo algunos frascos de vidrio llenos con algún tipo de brebaje de color rojo obscuro y un olor extremadamente potente y fétido que vertió dentro de la boca de Emilio uno a uno. Después de esto, me indicó que lo acompañara dentro del templo. Tomé a Emilio nuevamente y caminé detrás de mi extraño guía a lo largo de la nave principal hasta llegar al altar, detrás del cual, escondida entre las sombras, había una estrecha escalera de caracol que bajaba hasta las catacumbas. Comenzamos el lento descenso y cuando faltaban sólo un par de escalones para llegar al suelo, una vez más tropecé, dejando caer a Emilio. Me maldije a gritos por mi estupidez y el eco me devolvió mis maldiciones multiplicadas por mil. Eepelas me miró con severidad y puso el dedo índice delante de sus labios cerrados, indicándome que no hiciera ruido. Seguimos caminando en silencio hasta llegar hasta donde se encontraban los cajones mortuorios y los osarios, cajones de piedra que tal vez debido a la composición química del suelo mezclada con el agua del mar, tenían una tonalidad amarillenta o anaranjada. Eepelas tomó del suelo una gran roca y con ella practicó un agujero sobre la tapa de uno de los cajones, apenas lo suficientemente grande para que pudiera pasar a través de él el cuerpo de un adolescente. Colocamos a Emilio dentro y nos apresuramos a salir del templo.

V
A su regreso, Emilio se soprendió de lo distinta que parecía la ciudad: todo parecía nuevo, como recién hecho. La Altíos que él conocía era una ciudad que aunque no fuese demasiado grande en área, tenía una vida muy activa. Incluso a altas horas de la noche había un gran ajetreo, sobre todo en el interior de las grandes industrias dedicadas a la extracción del gas natural y los hidrocarburos, tan abundantes en aquella zona. Siempre se podía ver a alguien conocido caminando por la calle o encontrar comercios abiertos. En algunas de las calles más recónditas y los callejones más obscuros las damas de la noche vendían sus favores a los marineros llegados al puerto, que temblaban de deseo después de sus largas travesías por mar. La ciudad en que Emilio acababa de entrar en cambio parecía mucho más pequeña, como si se tratase del corazón de una cebolla a la que se le han removido sus capas externas. Sin embargo las principales cosas seguían allí, y eran lo que le daba la certeza de que en efecto se encontraba en Altíos, de que no había equivocado el camino al tratar de volver a casa y había terminado accidentalmente en alguno de los pueblos vecinos. Ahí estaba el palacio municipal, con sus balcones adornados con jardineras en las que crecían jóvenes arbustos, que él recordaba marchitos. Al lado de éste, la iglesia levantaba sus torres pintadas de un blanco reluciente, rematadas con sendas cruces doradas y una campana de bronce que aún conservaba su color original y no el tono verduzco producido por la oxidación que a él le era más familiar. Incluso las propias calles en las que caminaba parecían más jóvenes, estrechos caminos de terracería serpenteantes en los que un buen observador habría podido discernir herraduras de caballos y huellas de carretas tiradas por éstos. En fin, Altíos se parecía más a lo que era hacía alrededor de quince años que a lo que Emilio recordaba como su hogar. No obstante, todas las cosas importantes estaban ahí. Todas excepto su casa, la cual debería de haber estado casi a la entrada de la ciudad, unos pocos metros detrás de la capilla, también ausente. Algo desconcertado, Emilio salió del centro de la ciudad de regreso hacia la playa hasta llegar a la carretera que llevaba hacia Bonanza sin saber bien hacia dónde dirigir sus pasos. Por un momento pensó en regresar al templo. Tal vez la opción sería regresar y buscar la salida en alguna otra de las mesetas. Sin embargo eran tantas que la tarea de buscar en ellas a tientas parecía demasiado como para siquiera pensar en intentarlo. Su única opción -pensó- tal como lo había sido siempre, era continuar caminando. Poner un pie delante del otro y continuar hasta donde hubiera que hacerlo, llegar hasta las últimas consecuencias de aquel camino al que su curiosidad de muchacho le había hecho aventurarse aquella tarde en la que finalmente había logrado encontrar el modo de satisfacerla. Después de unos pocos instantes de vacilación, inició el camino a Bonanza sin saber qué esperaba encontrar ahí.
A pesar de haber caminado durante horas tan rápidamente como su cuerpo cansado se lo permitía y a pesar de que la distancia entre Bonanza y Altíos era de apenas unos pocos kilómetros, Emilio cayó en la cuenta de que había anochecido antes de llegar a la mitad del camino. Se detuvo un momento y miró en todas direcciones tratando de encontrar algún lugar en el cual pasar la noche. A la distancia, las luces de Bonanza se veían similares a las luces de Altíos. Tal vez un poco más brillantes. Si era cierto que de alguna forma había regresado en el tiempo, en aquellos años era Bonanza, y no Altíos, la principal ciudad de la región, y esto lo animó a seguir caminando un poco más antes de caer nuevamente en la cuenta de que todos sus esfuerzos parecían inútiles. Era como cuando al avanzar por la carretera a toda velocidad y voltear a ver las montañas lejanas éstas parecen casi inmóviles, como si se burlaran de la velocidad con que el ingenuo conductor cree avanzar. Nuevamente Emilio se detuvo, esta vez decidido a encontrar un lugar en el cual poder pasar la noche. Tal vez todo volvería a tener sentido al amanecer. El cansancio lo venció antes de encontrar el anhelado refugio y se dirigió con pasos lentos hacia la playa, en donde se sentó a mirar el mar, su único amigo, y a escuchar el eterno murmullo de las olas hasta el amanecer, convencido de que no podría conciliar el sueño.
Despertó poco antes del alba sintiéndose él mismo más nuevo. Al mirar su cuerpo notó que las ropas le quedaban grandes. Aterrorizado notó como sus brazos parecían más cortos y regordetes, su piel más tersa y su carne más blanda. La ropa le pesaba demasiado y le impedía incorporarse, por lo que decidió despojarse de ella. Miró su cuerpo desnudo y notó que era el cuerpo de un infante. Pensó entonces en mirar su rostro y caminó hacia la playa buscando ver su propio reflejo en el agua. Cambió de opinión y caminó hacia el otro lado, hacia las marismas, en donde el agua era clara y tranquila. Parado sobre una gran hoja de nenúfar observó su rostro tierno durante algunos instantes hasta que vio que alguien se acercaba a él corriendo y llamándolo. Era su padre. Lo tomó entre sus fuertes brazos y lo cubrió con su camisa. Trató de hablar con él, de explicarle lo sucedido, pero notó que de pronto había perdido la habilidad para el habla. Su padre no parecía reconocerlo pues continuaba haciéndole preguntas que él no podía contestar. Exhausto, se abrazó a él buscando el abrigo en su pecho. Cerró los ojos mientras su padre lo llevaba a casa.
VI
Llegué a casa bien entrada la noche. A pesar de que me sentía exhausto no quería dormir. Pedí a Eepelas que me dijera qué es lo que habíamos hecho, por qué habíamos depositado el cuerpo sin vida de mi hijo en las catacumbas de ese templo que tanto atemorizaba a las personas del pueblo. No me contestó. Se limitó a decirme "Aún hay tiempo, podemos ir por él si así lo deseas, y sepultarlo como lo hacen ustedes. Nunca volverás a verlo entonces". No supe qué contestar, me limité a mirarlo fijamente con una enorme tristeza, como si esperara que me liberase de mi responsabilidad en el asunto. Deseé nunca haber salido de Altíos ese día, haberme quedado en casa como tenía planeado. Lo recuerdo bien, aquella fue la primera vez.
Hoy también espero su regreso. He perdido la cuenta de cuántas veces he tenido que pasar ese amargo trago. Sólo sé que ya son demasiadas y que empiezan a pesarme. Debo haber tenido unos treinta años en aquella ocasión. Hoy no sé ni siquiera mi edad. Lo único que sé es que en cuanto llegue la noche iré una vez más a Bonanza a beber un trago y poco antes del amanecer regresaré a Altíos. Voy a encontrarme con un niño pequeño, de alrededor de un año de edad, con grandes ojos negros que me mirarán fijamente, como si me hubiera estado esperando desde hace mucho tiempo. Lo llevaré a casa y lo perderé muchos años después una tarde de verano en un ciclo infinito, en un mundo que existe fuera del tiempo, fuera incluso de mi propio entendimiento. Siento cómo mis párpados se hacen pesados mientras voy perdiendo poco a poco la memoria. Necesito un trago. Conozco un buen lugar en Bonanza.

martes, 23 de noviembre de 2010

Trabajando Manuel

Después de dos semanas de vacaciones patrocinadas por el bueno del Varicella Zoster regresé a la oficina. Se me hizo chistoso ver cómo algunas personas trataban de evitarme mientras que otras me saludaban de lejos. Lo mejor del día fue una compañera que al verme me sonrió mientras agitaba su manilla a la distancia, sin querer acercarse a menos de dos metros de mí. Luego otra compañera me contó lo siguiente:

Pituca - Oye, ¿Saludaste a Enrique?
Petaca - Sí
Pituca - ¿De beso?
Petaca - Sí
Pituca - Yo no, mejor lo saludé desde lejos
Petaca - Pues qué crees, yo lo saludé de beso y después te saludé de beso a ti
Pituca - ¡PLOP!

Equivocado

Corrección: lo peor de la varicela es haber contagiado a mi niño. Me doy cuenta de que mis esfuerzos por no hacerlo fueron inútiles, en realidad no había forma de evitarlo si estamos tan cerca. Ahorita el pobre está tan enfermo, incluso más que yo. Yo no se quién inventó el mito de que a los niños la varicela les da muy ligera pero me dan ganas de darle una patada en los blanquillos.

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Lo peor de la varicela

No son las malditas ronchas que parecen sarna, ni el dolor en todo el cuerpo. No es el dolor de cabeza ni las náuseas. No es el dolor en las manos ni el no poder caminar. Ni siquiera es el sentirme casi un inútil, el no poder apoyar a mi familia. Ni tampoco el sentirme vencido por un insignificante virus que a mi hija de 3 años no le hizo ni cosquillas. Creo que lo peor de la varicela es no poder abrazar a mi hijita, a mi niño, a mi esposa. El sentir que si los toco se pondrán tal mal como yo. Lo peor es estar con ellos una semana y sentir que no estoy.