jueves, 25 de noviembre de 2010

Juan de Dios

Aquella había sido una noche mala para Sharon Smith, que era el nombre profesional de Teresita de Jesús Gómez: aún no había alcanzado a cubrir la cuota diaria que su protector le exigía, por lo que muy a su pesar, finalmente aceptó la oferta de aquel hombre ebrio y sudoroso y lo llevó a la habitación número 12 del hotel en el que prestaba sus servicios. Tuvo que hacer un esfuerzo sobrehumano para contener el asco que le producía la idea de que en unos minutos estaría dentro de su cuerpo, balanceándose de arriba a abajo como un simio en éxtasis. Sintiendo su mirada de ardiente deseo clavarse en sus nalgas al subir por los escalones lo miró de reojo mientras trataba de analizar su nivel de intoxicación, esperando que no fuera tal que retrasara demasiado el clímax. Nada sería peor que tener que estar debajo de él durante todos los cuarenta minutos acordados de antemano, empapándose con su sudor, sintiendo su aliento a mezcal rancio. Usualmente Sharon ofrecía el servicio "Al natural" por el doble del precio normal pero en esta ocasión omitió mencionar el plato fuerte de su menú.

Entraron en la poco menos que miserable habitación iluminada con una luz de un nauseabundo tono pálido y amarillento. Sobre el suelo de cemento había un colchón matrimonial desnudo, sin sábanas ni almohadas y frente a él, un pequeño baño sin puerta, con un sucio retrete que apestaba a semen y orines acumulados durante incontables noches de amor barato; en el que Sharon entró y realizó sus necesidades sin ningún pudor, como si su acompañante no se encontrara ahí. Se limitó a indicarle que se desvistiera pues su tiempo ya estaba corriendo. Tenía la esperanza de que se quedara dormido a causa del Alcohol, o al menos de ganar algunos preciosos minutos.

Sin poner demasiada atención a la hermosa mujer que defecaba frente a él, Juan de Dios se desvistió lentamente, disfrutando con cada prenda que caía al suelo, como una serpiente que va dejando la piel vieja para vestirse de un traje de relucientes escamas nuevas. Sharon apenas pudo contener la respiración cuando finalmente lo vio desnudo del otro lado de la habitación. Parecía un dios griego tallado en ébano. Los hombros eran anchos y fuertes, los brazos surcados de gruesas venas que parecían a punto de estallar, el pecho y el abdomen cubiertos de una maraña negra y espesa, las piernas gruesas y plenas parecían troncos de árboles. Pero lo que más la cautivó fueron su palpitante erección y el fuego en sus ojos, un fuego que parecía distinto al de la simple excitación sexual. Finalmente Sharon se levantó del retrete antes de lo planeado y caminó hacia el que sería su amante por los siguientes treinta y cinco minutos sintiendo verdadero deseo por primera vez desde que había empezado a vender su cuerpo.

Loco de deseo, Juan de Dios la tomó por la cintura y le mordió el cuello. Pronto la sangre empapó la blanca piel del cuello y escurrió hacia su pecho generoso mientras Sharon perdía la consciencia lentamente, aunque no lo suficiente para no ver cómo Juan de Dios se mojaba con la sangre de sus pezones aún erectos y obscurecidos, para no sentir cómo le arrancaba los labios con lujuriosos mordiscos mientras las poderosas manos bajaban por la espalda hasta las nalgas, estrujándolas como si quisiera arrancarle la carne, para no sentir su palpitante erección sobre el vientre, debajo del ombligo.