Italia
Hace 15 años
Guía para pecar como Dios manda
Llegué a Altíos hace poco menos de dos años en un autobús de la ruta que baja desde la meseta central hacia el oriente, sorteando acantilados empinadísimos a lo largo de la estrecha y serpenteante carretera que parece una cornisa tendida en las montañas ancestrales inmersas en la sobrenatural niebla de la cual sólo los picos más altos sobresalen majestuosos por encima de las nubes grises, iluminadas de cuando en cuando por relámpagos que llenan el cielo con su resplandor azulado y que yo me entretuve en observar con la nariz pegada al frío cristal de mi ventana durante la mayor parte del trayecto que, contrariamente a mis expectativas, lejos de ser monótono fue casi maravilloso, si es que diez horas de absorta contemplación del paisaje fluyendo debajo de uno pueden ser consideradas maravillosas. Había heredado una propiedad al morir un pariente lejano del cual jamás había escuchado hablar. Tras la muerte de mi padre, mi madre, oriunda de Bonanza, decidió llevarme lejos de la costa hacia las mesetas del centro del país con la esperanza de nunca tener que volver a esas tierras que decía estaban malditas. La pobre murió pocos años después, dejándome solo a mi suerte en un lugar extraño en el que no conocía a nadie. Afortunadamente, los ejecutores del testamento de mi pariente lograron dar con mi paradero y me urgieron a regresar pronto a Altíos para reclamar mi herencia.A pesar de que ya había visitado Altíos en un par de ocasiones cuando era pequeño, tenía esa sensación de mariposas en la boca del estómago que se siente cuando uno llega a un lugar nuevo. Es curioso cómo a pesar de que la distancia entre Bonanza y Altíos es de apenas unos pocos kilómetros, la gente de ambas ciudades es tan distinta. Los nativos de Altíos tienen una piel mucho más broncínea, con facciones duras, toscas, y cabello liso decolorado por el sol. Incluso los más jóvenes aparentan una edad mucho mayor. Los rostros son siempre taciturnos, al contrario del habitante promedio de Bonanza, de carácter mucho más Jovial. Tal vez sean estas diferencias profundas en las características de la gente lo que con el paso de los años ocasionó que casi todo el intercambio comercial y cultural entre ambas ciudades se haya reducido al mínimo necesario, como un par de vecinos que se dan los buenos días al encontrarse en las escaleras sin realmente preocuparse el uno del otro. Esto no siempre fue así, sé que en tiempos remotos era común que la gente de Altíos trabajara en Bonanza, que por aquellas épocas era la principal ciudad de la región, antes de que las fiebres diezmaran su población y los yacimientos fueran descubiertos en Altíos.El autobús llegó a la terminal alrededor de las cuatro de la madrugada, al menos dos horas antes de que amaneciera. Después de recoger mi equipaje y hacer una rápida parada en el retrete para vaciar mi esfínter, asearme y cepillarme los dientes, me dirigí a una pequeña cafetería ubicada un par de cuadras más adelante de la terminal de autobuses, sobre la avenida central, en la cual ordené un café americano negro sin azúcar y un par de huevos pasados por agua. Comí lentamente mientras esperaba que amaneciera, lo cual sucedió mucho después de lo esperado, incluso considerando que eran los primeros días del invierno. Pagué la cuenta y pregunté a la mesera en dónde podría conseguir un taxi tratando de parecer simpático, gesto al que ella no le dio la menor importancia, limitándose a indicarme con el dedo un sitio ubicado al otro lado de la calle. Tomé entonces mis cosas, crucé la calle y abordé un viejo VW pintado con franjas blancas y rojas en los costados, el cual me llevó a mi destino mientras cabeceaba en el asiento trasero soñando con la propiedad que estaba a punto de reclamar.Llegamos finalmente a la propiedad, en donde el albacea de mi pariente me esperaba vestido con un traje de raya de gis color gris Oxford y una corbata tan ajustada alrededor de su grueso cuello que casi parecía que le iba a cercenar la cabeza. Después de una breve presentación, me dio algunos papeles a firmar, tras lo cual me felicitó con una palmada en la espalda y me ofreció sus servicios ahora que había tomado posesión de los bienes de mi difunto pariente, los cuales en realidad consistían sólo de su casa y su biblioteca, la cual, a decir del albacea estaba llena de raros volúmenes que podrían alcanzar buenos precios en las subastas de los más célebres bibliófilos, no sólo de la región sino de todo el país. Me habló también de un par de libros que podría vender en museos y bibliotecas del extranjero, lo cual mi pariente siempre se había negado a hacer, incluso cuando sus recursos empezaron a hacerse demasiado escasos para continuar con el tratamiento de la enfermedad que terminó por llevarlo a la tumba. Finalmente me dio su tarjeta de negocios y quedé en llamarle a la brevedad.La casona era impresionante a pesar de su estado de decadencia y abandono. En el enorme jardín ahora casi totalmente marchito había un pequeño estanque de aguas turbias, cubierto casi en su totalidad por las ocres hojas caídas de los árboles que lo rodeaban, a su lado, un estrecho camino de piedras redondas llevaba hasta un kiosco de madera adornado con blasfemos relieves barrocos que representaban ángeles regordetes con alas emplumadas volando alrededor de grandes figuras humanoides que llevaban máscaras de ave con picos llenos de dientes afilados, y continuaba hasta la playa dando vuelta alrededor de la casa. Por el otro lado del putrefacto estanque, otro camino llevaba a la entrada principal de mi nueva residencia. Caminé por él hasta llegar a unos tres metros de la puerta enorme, adornada con las mismas figuras que el kiosco, aunque en ésta eran apenas visibles debido al paso del tiempo. Busqué dentro de mis bolsillos las llaves que me entregara el albacea y me apresuré a entrar.Me tomó sólo un par de días acostumbrarme a vivir en aquella casa vacía. Con mis últimos recursos compré un viejo automóvil que usaba para ir al centro de la ciudad a comprar víveres cada semana. Cuando me quedé sin dinero, hablé con el albacea para que me indicara cuál de los numerosos libros de la biblioteca podría vender para sobrevivir durante algún tiempo mientras decidía que iba a hacer. En ese momento pensaba vender todos los libros y finalmente la casa, regresar a Bonanza con el dinero y establecerme ahí. El viejo zorro me condujo a la biblioteca y tomó un gran libro forrado en cuero negro con un título en latín que no logro recordar impreso en letras doradas, por el cual me dijo que la universidad del Kinimcasto había hecho varias generosas ofertas que mi pariente había rechazado sistemáticamente sin explicar nunca la razón. Me preguntó si estaba de acuerdo en venderlo a sabiendas de haber sido tan preciado por mi difunto pariente y contesté que siempre y cuando el precio fuera lo suficientemente alto, me daba lo mismo. Casi pierdo el aliento cuando el albacea me dijo el monto de la última oferta que la universidad había hecho, y más cuando me dijo que debido a las presentes circunstancias, tal vez podría lograr una oferta incluso mayor. Acordamos que él conservaría un quince por ciento de comisión por la venta y se llevó el libro, prometiendo que cuando mucho en una semana se habría completado la transacción.Con mis problemas económicos resueltos -La venta del libro había producido alrededor de tres veces la cantidad que necesitaba para sobrevivir en un año- me decidí a quedarme por algún tiempo en Altíos, que empezaba a crecer en mi cariño. Incluso contraté a un viejo llamado Hannatiel que conocí en el mercado mientras compraba algunos víveres y enseres domésticos para que me ayudara con las labores de la casa y pusiera en orden el maltratado jardín. Comencé a poner atención a los alrededores, a la playa frente a mi propiedad, al anciano que vivía algo más adelante junto a su hijo, seguramente adoptivo, el cual decían los lugareños que había sido en otros tiempos prácticamente el dueño de la ciudad y en cuya mansión aún se veían los vestigios de la majestuosidad pasada. Pero sobre todo, comencé a interesarme por la enorme biblioteca, llena de antiguos libros que versaban acerca de todos los temas del conocimiento humano, desde las ciencias hasta la filosofía, la historia y la literatura. Había tratados de artes, medicina, y ciencias ocultas entre muchos otros temas. A pesar de mi naturaleza recalcitrantemente escéptica y materialista, pronto empecé a devorar todos los libros que trataban acerca de lo oculto, del más allá, de antiguas culturas venidas de las islas del pacífico sur, sus ritos y sus dioses. Incluso me di el tiempo para aprender algunas de las lenguas olvidadas en las que estos volúmenes estaban escritos y me entretenía en recitar algunos de los pasajes en voz alta. La biblioteca de mi pariente era realmente extraordinaria. Contenía ediciones de los Cultes des Goules, el Necronomicón, el horrible De Vermis Mysteriis y los Unaussprechlichen Kulten así como diversos evangelios apócrifos y blasfemos que leí uno a uno sentado bajo el kiosco del jardín en incontables horas de devoción casi religiosa.En mis tiempos libres, que cada vez eran menos, hacía visitas ocasionales a Bonanza, en donde entablé relaciones con una joven del lugar, la cual cortó de inmediato todo contacto conmigo apenas le hube platicado acerca de mi linaje y de la propiedad que había heredado de mi pariente. Esta decepción sólo acrecentó mi fervor por la lectura apasionada de mis libros, los cuales pronto se convirtieron en mi única compañía aparte del taciturno Hannatiel. El tiempo transcurrió de esta manera hasta que un día me di cuenta del cambio que poco a poco se había ido apoderando de mi propiedad. El marchito jardín fue volviendo a la vida de una manera tan sutil que resultaba casi imperceptible. Al mismo tiempo, era evidente que este cambio no podía deberse al trabajo realizado por Hannatiel. Era como si a los árboles les hubieran inyectado la vida nuevamente y ésta fluyera a través de la savia desde los troncos hasta las ramas desnudas que se llenaron de anchas hojas verdes. El estanque aparecía nuevamente cristalino, rebosante de pequeños peces multicolores y ranas de un verde intenso, brillante y lustroso que croaban sin cesar a la luz de la luna llena en un abigarrado ensamble. El kiosco del jardín, en donde ahora ocupaba la mayor parte de mi tiempo dedicado a la lectura también había vuelto a la vida y era una vez más hermoso, como un pequeño oasis en el que encontraba serenidad y alegría. A veces tenía incluso la sensación de que mi pariente aparecería en cualquier momento para volver a tomar posesión de su casa, la cual ya no estaba vacía como cuando yo había llegado. El lugar estaba ahora lleno de antiguos muebles coloniales de maderas hermosas, gruesas cortinas de una suave tela cuyo nombre ni siquiera conozco, raras alfombras y fastuosos candelabros. Cuando pregunté a Hannatiel acerca del origen de todas estas cosas se limitó a contestarme que pensaba que todo aquello era obra mía pues cada día encontraba algún nuevo aditamento en la mansión al llegar a trabajar por la mañana. Este rejuvenecimiento de mi hogar continuó hasta hace apenas un par de días, momento en que tomó su actual configuración. Aún estando nervioso y preocupado por el cambio que lentamente se había gestado, decidí que no iba a interrumpir mi lectura y me dediqué en cuerpo y alma a los libros, determinado a leer todos los de la sección de ciencias ocultas de la biblioteca antes de tomar una decisión acerca de su destino final. Sin embargo, secretamente estaba convencido de que no volvería a vender ninguno de ellos, incluso a sabiendas de que mis recursos comenzaban a hacerse exiguos.La mañana de anteayer salí al kiosco a leer las últimas páginas del último volumen de la sección de la biblioteca dedicada a lo oculto cuando en mitad de mi lectura, un incesante golpeteo me sacó de mi concentración. Se escuchaba como el golpeteo húmedo de algún animal marino que se arrastrara penosamente por el suelo. Puse el libro sobre la mesita de metal que había hecho colocar en el kiosco y entré en la casa siguiendo la dirección de donde provenía aquel sonido. Bajé hasta el sótano, iluminado sólo por una pequeña bombilla de cueranta vatios y me detuve tratando de aguzar el oído para escuchar aquel sonido una vez más. No tuve que esperar mucho para volver a oírlo. Ahí estaba nuevamente, sólo que en esta ocasión, lo que antes me había parecido el golpeteo húmedo de un animal, en esta ocasión me parecía como un gorjeo, como el lamento de una persona que trataba de gritar a través de una garganta llena de agua, atragantándose mientras lo intentaba. Parecía provenir de debajo de la casa, retumbando con una resonancia abovedada como si hubiera alguna especie de galería bajo los cimientos de la mansión. Subí a la cocina, en donde Hannatiel preparaba el desayuno y lo despedí por el resto del día, asegurándole que pensaba estar fuera de casa hasta bien entrada la noche y que no iba a necesitar de sus servicios. Me miró con incredulidad pero terminó por retirarse en silencio, sin hacer preguntas indiscretas -cualidad suya a la que pronto le había tomado gran aprecio- y sin mirar hacia atrás, en donde yo esperaba con impaciencia desde la puerta de la mansión verlo desaparecer para volver a mi faena.Regresé al sótano con un pico de metal que tomé del cobertizo y comencé a practicar en el suelo un agujero de tamaño suficiente para pasar a través de él. Al principio tuve la impresión de estar trabajando en vano, pues bajo mis vigorosos golpes de pico el suelo se sentía sólido, pero poco a poco empecé a sentir cómo el ruido se iba haciendo hueco hasta que finalmente descubrí una estrecha galería de alrededor de poco menos de dos metros de altura bajo los cimientos de mi propia casa, tamaño suficiente como para poder atravesarla sin demasiadas dificultades. Subí nuevamente a la cocina y tomé un banco de madera, el cual coloqué en la galería, debajo del hoyo que había excavado, para así tener una manera segura de salir de ahí a mi regreso. Bajé entonces a la galería con una lámpara de mano y comencé a explorarla. Era un pasaje de unos quinientos metros de longitud que llegaba finalmente a un descampado en la ladera de las montañas en donde la cordillera central llega finalmente al atlántico. Había en este lugar una gran cabeza tallada en piedra que la vegetación había cubierto casi por completo. Sus facciones eran duras y taciturnas, como los rostros de los habitantes de Altíos, sus labios gruesos y su mirada parecía mirar al mar y perderse en el horizonte. Miré en derredor tratando de aguzar el oído en busca de algún rastro del extraño sonido que me había llevado hasta ese lugar sin poder encontrar nada más que algunos arbustos y hojas secas esparcidas por todo el suelo. Desconcertado, emprendí el camino de regreso a casa, esta vez sin usar el pasaje secreto sino a través del bosque, observando cómo el sol comenzaba a esconderse detrás del horizonte mientras el cielo se hacía más obscuro y más frío.Pasé toda la noche y hasta bien entrado el día de ayer tratando de tapar el acceso que había hecho durante la mañana, preocupado principalmente por proteger mi biblioteca de ojos curiosos, faena para la cual las manos expertas de Hannatiel fueron de gran ayuda. Finalmente le agradecí por su apoyo y lo mandé a casa nuevamente, esta vez por todo el fin de semana, tras lo cual yo mismo fui a la cama, agotado física y mentalmente. Dormí un sueño intranquilo hasta que el mismo sonido húmedo me despertó y me hizo levantarme de la cama y bajar nuevamente al sótano, decidido a encontrar finalmente su origen. Convencido de la imposibilidad de entrar a través del agujero que junto con Hannatiel había tapado con una gruesa capa de hormigón, tomé mi lámpara de mano, mi revólver y corrí hasta el descampado en el bosque, intentando cerrarle el paso a quien fuera que estuviera haciendo ese sonido. Le atraparía como a una rata y le obligaría a desistir de lo que estuviese tramando contra mí y contra mi propiedad.Al llegar a la entrada de la galería subterránea que llegaba hasta mi propiedad sentí un olor a podredumbre tan intenso que casi me hizo desistir de mi empeño. Después de vacilar por sólo un instante, tomé mi pañuelo y me cubrí con él la boca y la nariz. Inicié el descenso con pasos lentos pero firmes, empuñando mi arma para darme seguridad mientras sostenía la lámpara de mano entre la axila y el costado, alumbrando la obscuridad.Observador de Altíos, 14 de Agosto de...Las autoridades locales y estatales han suspendido la búsqueda del C. Juan P. después de tres semanas de una intensa búsqueda. Según informes de las autoridades, la última persona en verlo fue su mayordomo y asistente personal, el C. Hannatiel Tewigan, el cual declaró que el desaparecido se encontraba en buen estado físico y mental la última vez que conversó con él. "Sólo acusaba signos de un ligero insomnio" sic. Se cree que P. pudo haber engendrado un hijo con la señorita Ada M., oriunda de la ciudad de Bonanza. Los ejecutores de su testamento no han sido capaces de dar con su paradero. Según lo establecido por la ley general de bienes y testamentos, el plazo máximo otorgado para el reclamo de la propiedad es de veinte años, tras los cuales el inmueble pasará a ser propiedad de la administración de la ciudad de...Diario de viaje de Juan M., 14 de Mayo de...Poco a poco el paisaje montañoso de las mesetas centrales va dando paso al mar azul en el horizonte. Me encuentro de camino a reclamar la herencia que me dejó mi padre. Sé que mi madre no habría estado de acuerdo con esta decisión, pero tras su muerte hace apenas un par de semanas he quedado totalmente desamparado.
Posted by enroiv at 3:04
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