Esto de crecer no es tan bello como solía serlo en los viejos tiempos. Antes crecer significaba hacerte más alto y más fuerte, que te dejaran -finalmente- entrar al antro de moda sólo para descubrir que el ser mayor de edad no te quitaba lo pobre, que tus padres empezaran a darte más libertad y respeto, claro, con su carga de obligaciones, pero incluso éstas se sentían bien, pues te hacen sentir más "maduro".
En cambio ahora significa ponerse más viejo, más gordo y hasta un poco más pelón. Claro está, más pelón de la cabeza porque en lo que respecta al resto del cuerpo, te pones como un oso. Pelos saliendo de la nariz, cejas como de Loco Valdés, espaldas peludas y una larga lista de etcéteras que recuerdo me hacían decir guácala en mis años mozos. El colmo de males en estos días es que tengo incrustado en las narices algo que creo que es un pelo que no me deja respirar en paz. En serio, se siente como una basura atravezada; como una piedra en el zapato que no me deja ni pensar claramente. Y eso, señoras y señores, es un verdadero atropello.
