viernes, 19 de marzo de 2010

The female of the species is more deadly than the male

Esta mañana al despertar me sentí extraño, algo más que de costumbre, como si hubiera despertado en una mañana surrealista en medio de una película de Lucio Fulci que no me invitaba en absoluto a levantarme de la cama. Al no ser invitado a dejar el lecho, no lo hice: me limité a darme la vuelta, intentando envolverme en las cobijas y cerrar los ojos para conciliar el sueño una vez más. Sin embargo noté que tres de mis largas y nervudas patas cubiertas de finos vellos quedaban fuera y por más que me esforzase, no lograba cubrirlas. Fue sólo hasta ese momento en que caí en la cuenta de que nuevamente me había convertido en un gigantesco insecto. Decidí entonces levantarme y mirar mi rostro en el espejo. A través de mis ojos compuestos me vi multiplicado por un millar de veces, y dentro de cada uno de esos miles de ojos había miles de espejos reflejando a su vez miles de ojos en una sucesión infinita que me hizo sentir mareado. Volteé para ver a mi esposa, anticipando el terror que seguramente sentiría al hallarme convertido en un monstruo. Sus bellas formas se dibujaban debajo de las sábanas como una invitación al pecado. La lujuria y la gula se apoderaron de mi, venciendo los últimos rastros de pudor que pude haber tenido. Retiré entonces las blancas sábanas para contemplarla en toda su belleza y su cándido esplendor para ser sorprendido por un movimiento rápido como un rayo que me aprisionó entre sus verdes y aterciopeladas mandíbulas, en donde lentamente comienzo a deshacerme rodeado de un perfume enervante y una belleza sublime, de los cuales ahora sé que no voy a despertarme más.