miércoles, 23 de marzo de 2011

Hermes trigésimegisto

Acabo de caer en la cuenta de que en tres días cumplo treintaiún años. Ta winón.

viernes, 18 de marzo de 2011

Lucky... Thank you Leviticus!

Sin más ni más. Maravilloso video:



No la hagas de Toks en el Wings

Tengo dolor de cabeza. No es un gran dolor, sino uno de esos dolores que más bien fastidian. También tengo la boca dulce. No es una dulzura agradable, de esas que te quedan después de haber comido un helado o una golosina. Es una dulzura rancia, vieja y desagradable, producto seguramente del hecho de que desde hace casi dos semanas apenas he tomado medio litro de agua natural. Aquí es pura coca. Y no porque esta ciudad o este país te orillen a eso, sino porque no me ha dado por tomar otra cosa. Coca en el desayuno, coca en la comida, coca en la cena. Sé que no es lo más saludable, pero creo que estoy en una etapa de sutil autoflagelación, azucarándome los riñones hasta que un día digan "no más". A lo mejor es la incertidumbre en la tierra de las oportunidades, el estar y no estar. Tener ante mí miles de posibles caminos y tomar el mismo de siempre. ¿Por dónde llego al downtown?

jueves, 17 de marzo de 2011

Isaac et al

El día en que Isaac se hizo al mar fue el más cálido en muchos años. El horizonte lejano y azul parecía ondular debido al vapor del agua que subía lentamente al cielo despejado en medio del cual un sol brillante y amarillo brillaba pleno, sin rivales, sin ninguna nube que se atreviera a eclipsarlo si quiera por un momento. A pesar del insoportable calor y de la humedad que se metía en los pulmones en cada aliento, Isaac decidió partir. Sólo dijo que iba a buscar el origen de los suyos, aunque en su mirada podía adivinarse que ni él mismo sabía a dónde iba. Se montó en su pequeña embarcación sin más provisiones que una garrafa de agua y un anzuelo con algo de carnada con el que pensaba hacerse del alimento que comería sin cocinar. Todos pensamos que era una locura, pero cuando a Isaac se le mete una idea en la cabeza es imposible sacársela. Nos limitamos a desearle suerte, secretamente deseando que a lo sumo en un par de días el hambre, la sed y la soledad le hicieran volver a casa.

Los días pasaron y se hicieron semanas sin noticias suyas. Poco a poco empezamos a temer lo peor sin que nadie se animara a decir en voz alta el pensamiento que rondaba en nuestras cabezas. Sólo Atenea, su mujer, parecía convencida de que si aún no sabíamos de él era porque habría tenido éxito en su empresa y se encontraba todavía entre los suyos. Todos los días esperaba su regreso y a la hora de la comida le tenía siempre listo un plato de su comida favorita: pescado enlimonado con arroz rojo y ensalada de lechuga y cebollas bañado con un aderezo que ella misma preparaba. Sin embargo con el paso del tiempo aún la fiel Atenea empezaba a perder la calma. Se le veía deambular por la casa vacía con la mirada nublada, perdida, como si mirase dentro de ella misma. Incluso su pequeña casa, siempre tan pulcra era ahora la imagen misma de la decadencia. Todo excepto la cocina, en la cual pasaba la mayor parte de su tiempo cocinando, esperando el regreso de su esposo.

Preocupado, empecé a visitarla todas las tardes después de la faena, procurando brindarle algo de compañía para aliviar su pena y soledad cada vez más profundas. Sentía tanta pena por ella que sin darme cuenta, en lugar de tratar de convencerla de que Isaac no volvería más, comencé a ser cómplice de su locura, dejándome convencer por ella de que Isaac seguía en su viaje en tierras remotas en el extremo sur del mundo. "Verás que mañana mismo lo tendremos sentado en su hamaca tomando cerveza y pidiendo más ensalada mientras nos platica sus aventuras, algunas ciertas y casi todas inventadas", decía mientras miraba el mar azul, aguzando la vista para tratar de distinguir su pequeña barca sobre el horizonte.

Un día en que llegué a verla algo más temprano que lo habitual la encontré meditabunda en el patio trasero. ¿No has pensado -me dijo mirándome fijamente con sus ojos de un negro intenso- que Isaac no ha vuelto porque ha perdido el camino de regreso? Habría que ir a buscarlo... yo iría, pero si vuelve y no estoy para recibirlo podría pensar que algo me ha sucedido y eso le haría ponerse triste- Sin saber qué pensar, sólo atiné a contestarle que entonces yo mismo iría a buscarle. Hice un rápido conteo mental de los hombres que estarían dispuestos a acompañarme en mi expedición. Seguramente no contaría con René, el hermano mayor de Isaac, que era una persona muy práctica, convencida que un ser humano no podría sobrevivir más de unos pocos días con una ración tan exigua de agua y sin alimento. Consideraría todo el asunto como una misión suicida para buscar el cadáver de un hombre, que por muy su hermano que hubiera sido, en este momento ya estaría devorado y defecado por las alimañas marinas. Mi equipo debía conformarse entonces exclusivamente de hombres aventureros, soñadores y también un poco supersticiosos, aunque no tanto como para temer hacerse a la mar en busca de tierras remotas llenas de demonios y razas de sabiduría ancestral. Sólo lo suficiente para intentarlo.

Tres días después salimos al mar. Mi expedición constaba finalmente de Juan, "el loco", Tico y los hermanos Alberto y Bul, todos ellos amigos entrañables de Isaac, deseosos de volver a verle aunque fuera muerto. También todos ellos profundamente supersticiosos, al grado de que no fue demasiado difícil convencerlos, después de algunas rondas de tragos en la taberna local, de que con un poco de suerte llegaríamos a encontrar las lejanas tierras de los ancestros olvidados. Llevábamos provisiones suficientes para alrededor de tres meses, suficiente agua fresca, conservas, vino, nueces y semillas. Parecía que nos dirigíamos a una bacanal en vez de una misión de rescate, pero yo sabía que era importante mantener en alto el ánimo de la tripulación, por lo que permití estos excesos pueriles. Usamos el bote del loco con la promesa de que si hallábamos alguna riqueza en nuestra travesía, él podría conservar para sí la tercera parte de lo que lográramos cargar en la bodega de la nave. Al momento de partir, la siempre dulce Atenea nos despidió a orillas de la playa deseándonos buena suerte y agradeciéndonos por arriesgar la vida para traer de vuelta a Isaac.

A diferencia del día en que Isaac se hizo al mar, el día se volvió frío y tormentoso ni bien nos habíamos hecho al mar. Pronto una espesa y helada niebla cubrió el horizonte dificultando la visión de una manera tal que sólo logramos mantenernos a flote gracias a la enorme pericia del loco, asistido por el siempre servicial Tico. Tras casi diez horas de batalla, finalmente logramos vencer al furioso mar que amenazaba con hacernos trizas contra los acantilados al sur de la ciudad, antes siquiera de llegar al estuario del Kinimcasto. Pronto se hizo la calma nuevamente, aunque la niebla nunca llegó a disiparse, como si tratara de impedirnos el paso, como si no quisiera que descubriéramos el paradero de Isaac. Bulmaro, el más joven de todos, bajó a la bodega por algunas latas de cerveza y nueces saladas que repartió alegremente diciendo que la ocasión ameritaba una celebración. Echamos anclas y bebimos hasta bien entrada la madrugada, pensando en las canciones que los juglares del futuro habrían de escribir acerca del grupo de valientes que un día se hizo al mar para encontrar a su amigo perdido y traer felicidad a la bella muchacha que lo esperaba en casa.

Tras incontables jornadas de travesía por un océano inmenso y azul que parecía no tener fin, los días comenzaron a volverse monótonos, la otrora divertida y excitante misión de rescate de nuestro amigo extraviado comenzó a volverse una aburrida sucesión de horas de silenciosa contemplación del siempre calmo mar. Comencé a desear que alguna tormenta se desatara pronto, algo que nos hiciera volver a sentir la emoción de los primeros días, convencido cada vez más de que las tierras remotas de los ancestros eran sólo cuentos para entretener infantes y viejas supersticiosas. De cuando en cuando pensaba en Atenea que nos esperaba en casa. La imaginaba mirando hacia el horizonte con sus ojos azabache, el cabello negro y liso cayendo sobre su frente amplia. Mentiría si dijera que no deseaba dar vuelta y volver a casa, decirle que la empresa había sido vana, que Isaac se había perdido para siempre y no volveríamos a verle. Seguramente ella se derrumbaría a mis pies hecha un mar de lágrimas, tan grande era su amor por él, pero con el tiempo yo podría llegar a ocupar su lugar en el lecho de sábanas blancas de Atenea. Sin embargo no tardaba mucho en despertar de esa fantasía: el deber viene antes que la pasión, y nuestro deber era encontrar a Isaac, aún si teníamos que recorrer el mundo en busca de los ancestros.

Poco a poco los suministros empezaron menguar y fue aparente que si queríamos continuar con nuestra misión, era necesario hacer una parada en tierra para reabastecernos. Para distraerse durante la travesía, Tico, el loco y Bul se habían dado a la labor de capturar cuantos cangrejos emperadores de tenazas serradas les había sido posible, mientras que Alberto y Juan, que trabajaban en la empacadora de carnes en Altíos, se habían dedicado a salarlos y embolsarlos a manera de conservas usando una técnica que les daba un sabor y consistencia muy apreciados en la mayor parte de los pueblos costeros. Seguramente no tendríamos problemas para vender algunos o cambiarlos por algo de vino, pan, agua fresca y tal vez algunas mujeres de las tabernas locales. El loco puso dirección hacia tierra entonces, y todos pensamos que nos vendría bien un descanso después de tantos días de travesía.

Apenas habíamos desembarcado en el pequeño puerto de Buena Esperanza nos dirigimos al mercado principal, en donde vendimos en pocas horas nuestros cangrejos produciendo una ganancia tan considerable que empezamos a pensar seriamente en cambiar nuestra profesión al retornar a Altíos. Compramos todos los víveres que consideramos necesarios para continuar con nuestras travesía y regresamos al barco para almacenarlos en la bodega, tras lo cual repartimos en partes iguales el dinero restante y bajamos nuevamente al pueblo guiados por Juan que lo conocía perfectamente pues sus padres eran oriundos de la región. Bulmaro, cuyo cuerpo que apenas había abandonado la adolescencia estaba más lleno de hormonas que de neuronas le pidió que nos condujera al barrio alegre, "Un día más y les juro que me aventaba al mar", decía inquieto y con una amplia sonrisa sobre su ancho rostro de piel tostada.

Llegamos a una cantina miserable, atendida por meseras de escasa belleza y aún más escasas ropas, aunque de carnes firmes, que nos sirvieron algunas rondas de cervezas y aguantaron estoicamente las palmadas que Bul les pegaba en las nalgas con las risotadas cómplices de Tico, el loco y Alberto como música de fondo. Juan mientras tanto no había perdido el tiempo y ya se encontraba en una de las pequeñas habitaciones del piso de arriba en compañía de una mulatilla de piernas elásticas gastando su parte de las ganancias de la tarde en sudor, sal y piel. Yo trataba de unirme al jolgorio en compañía de ellos, sin embargo era notorio que la melancolía me invadía. Ni siquiera me importó cuando una joven de proporciones tan generosas que casi hacían olvidar las cicatrices que alguna mal atendida enfermedad de la infancia había dejado en todo su rostro intentó sentarse en mi regazo y besarme el cuello mientras me pedía invitarle un trago. Me limité a empujarla de un manotazo ante la mirada atónita de Bul. "Ya ni la chingas" dijo, "Mira que para despreciar carne de esta calidad es porque te ha de gustar más la carne de esta otra", continuó mientras se agarraba el miembro con la mano derecha, sacudiéndolo frente a mi cara y tomándome de la nuca con la mano izquierda, empujando mi rostro hacia su entrepierna, gesto que divirtió al loco de tal manera que escupió la cerveza por la nariz, empapando a Alberto. Bulmaro se inclinó y ayudó a la joven a incorporarse del suelo susurrándole al oído algo que la hizo sonreir. En seguida se pusieron en marcha hacia el piso superior. Por detrás de la espalda, Bulmaro le hizo señales a su hermano para que los acompañara, cosa que éste hizo sin demora mientras nos guiñaba el ojo en señal de complicidad.

La noche siguió su rumbo entre brindis e historias antiguas de borracheras, de peleas, de conquistas sexuales exageradas casi hasta la inverosimilitud, y claro, no podían faltar los relatos detalladísimos de los encuentros que acababan de tener lugar en el piso de arriba de la taberna. Finalmente tanto el loco como Tico habían terminado por pagar por algo de la compañía y caricias de una mujer, tan necesarias después de el viaje que ya se sentía tan largo y que sospechábamos apenas comenzaba. El único que no subió aquella noche fui yo. Pensé que lo haría. Pensé que algunos tragos bastarían para ponerme de humor y desahogar las penas, pero la verdad es que cada gota de alcohol servía sólo para que la imagen de Atenea se hiciera más y más nítida en mi memoria. Me sentía indeciso entre mi obligación y mis deseos, entre el honor y la lujuria. Deseaba con todas mis fuerzas estar con Atenea, hacerla feliz. Pensaba sólo en volver, aunque sabía que mi expedición no me permitiría hacerlo sin Isaac, antes vagaríamos para siempre en el mar.

Regresamos a la embarcación hasta bien entrado el día siguiente, aún bebiendo y con varias latas de cerveza, que guardamos en la nevera. Decidimos continuar la celebración a bordo por el resto del día y no continuar el viaje sino hasta el siguiente, después de haber descansado. Como siempre sucede, las palabras marcaron el rumbo de los acontecimientos que vendrían más adelante. El loco, al calor de las copas comenzó a reclamar el hecho de que las ganancias de la venta de los cangrejos -atrapados por él mismo en su propia nave- se hubieran repartido en partes iguales, trato al que anteriormente había accedido de muy buena gana. Esto no le vino bien a Alberto ni a Juan, ya que habían sido ellos quienes los habían salado y empacado y por lo tanto consideraban que el éxito de la venta se debía principalmente a ellos, que habían convertido la ordinaria carne del cangrejo en un manjar suculento. Pronto inició la discusión, a la que se unieron Bul, en defensa de su hermano, y finalmente Tico, siempre fiel al loco y dispuesto a defender sus puntos de vista, cualesquiera que estos fueran, en cualquier discusión. Yo no quise participar de sus idioteces de borrachos y me retiré a dormir sin que ellos siquiera notaran mi ausencia.

No tardé demasiado en caer profundamente dormido, soñando con los brazos de Atenea, con el aroma de su pelo y la calidez de su pecho, cuando en algún momento de la madrugada me despertó el aliento rancio del loco. "Ven", dijo jalándome con desesperación del brazo con tanta insistencia que casi me hizo caer de la cama, "Tico y Alberto se han matado a golpes, ayúdame a despertar a Juan y Bulmaro. Tenemos que hacer algo". Sin poder creer lo que escuchaba, lo seguí hasta la cubierta, en donde vi a Alberto tirado en el suelo con el rostro descompuesto, hinchado por los golpes. Los ojos estaban totalmente cerrados, parecían sólo un par de ranuras amoratadas, ensangrentadas. En la mano sostenía su ancho cuchillo cuya lustrosa hoja estaba cubierta de sangre coagulada. Frente a él, a un par de metros, se hallaba el cuerpo sin vida de Tico. Tenía la garganta cercenada por un tajo aterrador que había tratado de tapar con sus manos, las cuales aún conservaba alrededor del cuello. A poca distancia, Juan y Bulmaro estaban tirados en el suelo tan alcoholizados que no me costó trabajo creer que no hubiesen notado nada. Pese a nuestros esfuerzos, no logramos despertarlos sino hasta cerca del amanecer.

A pesar de que era más que notorio que la explicación del loco no había satisfecho a nadie, tampoco podíamos hacer nada sino tomar su palabra. Carcomidos por la tristeza, envolvimos los cuerpos y los arrojamos por la borda. Bulmaro dijo algunas palabras en memoria de su hermano mientras que el loco despidió a Tico diciendo "Adiós amigo, espérame allá donde vayas, guárdame un lugar". Nos sentamos juntos en la cubierta e hicimos un brindis por nuestros compañeros caídos. Sin embargo la tensión que crecía entre Bul, Juan y el loco empezaba a hacerse palpable. Pronto ambos bandos empezaron a insinuar que era tiempo de que tomara una afiliación. El más preocupado era el loco, pues temía que si Juan y Bul me convencían de que algo extraño había pasado la noche en que murieron Tico y Alberto, me pondría en su contra, dejándolo en una grave desventaja en su propio barco, situación que quería evitar a toda costa. Yo trataba de permanecer neutral, recordándoles que nuestra misión era encontrar a Isaac y a los ancestros, y que si fallábamos en ésta, las muertes de Tico y Alberto habrían sido vanas. Les pinté con palabras una vívida imagen de la abnegada Atenea que esperaba en casa nuestro regreso y cuánto sufriría si nos perdiera también a nosotros. Esto los hizo calmarse durante algún tiempo, en el que continuamos con nuestra travesía que ya parecía infinita.

Cansados, desanimados y tristes como estábamos, decidimos no volver a pisar tierra sino hasta haber llegado a nuestro destino. El tiempo siguió su curso hasta que la tragedia volvió a golpearnos. Sucedió un día en que el mar calmo se puso en nuestra contra nuevamente. Era una tormenta espectacular, tal vez incluso más aún que la que nos había atacado el día en el que nos hicimos al mar. Bulmaro y Juan tuvieron que dejar de lado sus sospechas hacia el loco y cooperar con él hasta en la más mínima de sus indicaciones. Sabían que les iba la vida en ello. El loco por su parte maniobró con gran destreza manteniéndonos a flote casi de milagro durante horas. Sin embargo, cuando pensábamos que habíamos librado la peor parte, una enorme ola golpeó el costado del bote haciéndonos tambalear peligrosamente hasta casi voltearnos. Más por instinto y reflejo que por la voluntad de supervivencia, cada uno de nosotros se agarró de lo que pudo. Todos excepto Juan, que justo en ese momento se encontraba en pleno centro de la cubierta tratando de tomar un amarre que había quedado suelto y se agitaba peligrosamente cerca de Bul. Salió volando por los aires con un grito desgarrador. En su trayectoria hacia el mar embravecido pasó lo suficientemente cerca de mí como para que intentara tomarlo del brazo, pero a pesar de mi esfuerzo se resbaló entre mis manos como una barra de jabón. No creo que nunca llegue a olvidar su cara en el momento en que fue consciente de que todo estaba perdido. Detrás del terror inconmensurable había en su mirada una tristeza infinita. La tristeza de la certidumbre, de lo inevitable.

Esta última tragedia fue lo que terminó por hundir a Bul, cuyo joven corazón había tenido ya suficiente. De la valerosa expedición que había salido de Altíos ya sólo quedaba la mitad. Uno de los caídos había sido su propio hermano. Bulmaro pasaba los días sentado sobre la cubierta viendo el horizonte, hipnotizado por los reflejos dorados del sol sobre el mar. No comía y apenas bebía lo suficiente para mantenerse con vida. Pronto sus labios se agrietaron y se volvieron cenizos. Sus mejillas que antes eran rozagantes comenzaron a adelgazar y los ojos se le hundieron, dando a su rostro el aspecto general de un caballo muerto de hambre. Al ver su estado lamentable, rogué al loco regresar a casa, argumentando que ya habíamos perdido a tres hombres tratando de encontrar a uno, y si no nos dábamos prisa en volver pronto Bulmaro sería el cuarto. Sin embargo la prolongada travesía también había empezado a pasar factura en el espíritu del loco, que se negó a escucharme, diciendo sólo que ya todos habíamos perdido demasiado: Bulmaro a su hermano mayor y a su mejor amigo, él mismo había perdido a Tico, su hombre de confianza. "Y tú, ¿Qué has perdido?" me preguntó clavando en mi una mirada glacial. "Tú nos trajiste a todos y ahora te quieres ir como si nada. Yo no me voy con las manos vacías. O nos hacemos ricos o nos morimos en el océano". No contesté. Fui a sentarme junto a Bul en la cubierta, a observar el mar.

Al loco lo maté yo. Dudé sólo una fracción de segundo, preocupado por la idea de que sin él no sabría cómo regresar a casa, pero fueron finalmente la ira y la desesperación las que me hicieron actuar. El día anterior, sentado junto a Bul en la cubierta de la nave habíamos decidido que el loco debía morir pues había perdido la cabeza y nos iba a llevar a una muerte segura. Platicamos largamente sobre cómo íbamos a matarlo y mientras lo hacíamos me percaté de que Bulmaro nunca había dejado de desconfiar de él, nunca había creído la historia que nos contó acerca de las muertes de Alberto y Tico. "No sé lo que pasó, pero estoy seguro que a mi hermano lo mataron esos cabrones. Pero se llevó a uno entre las patas. Y yo me voy a llevar al otro", me dijo con sus ojos llenos de lágrimas que por vergüenza no dejaba salir. Decidimos que aprovecharíamos las únicas debilidades del loco: su paranoia y desconfianza de todo el mundo y su amor por el alcohol. Yo me acercaría a él con las últimas cervezas que aún nos quedaban y le hablaría acerca de Bulmaro, de cómo pensaba que estaba perdiendo la cabeza. Una vez embriagado, le arrojaríamos al mar. Entonces Bul nos llevaría de regreso a casa, ya que de los dos, era el único que tenía experiencia navegando. Como es común, las cosas no salieron como habíamos planeado. Esa vez, yo fui el culpable de ello. Fue la soledad, fue la melancolía, fue la incapacidad de sacar a Atenea de mi cabeza. El plan era embriagar al loco y fui yo el que terminó por embriagarse. Para cuando Bul llegó dispuesto a poner en marcha nuestro plan, yo estaba tan alcoholizado que apenas podía tenerme en pie mientras que el loco se encontraba apenas algo jovial. Saludó alegremente a Bulmaro invitándolo a sentarse con nosotors. Lleno de rabia, Bulmaro lo ingnoró y se fue directo hacia mí, que me hallaba tendido de espaldas en el suelo. Me llenó de insultos mientras me pateaba el abdomen. El loco salió en seguida en mi defensa. Se hizo a golpes con Bulmaro, dominándolo con facilidad a pesar de hallarse algo ebrio. En ese momento me percaté que el loco no había superado el rencor que sintió cuando Bulmaro y Juan lo culparon por las muertes de Alberto y Tico pues a pesar de haberlo dominado en poco tiempo, siguió golpeándolo en el cuerpo y en el rostro hasta casi perder el aliento. El loco se había ganado su apodo debido a ese estilo extremadamente agresivo que tenía para ir al ataque, el cual le costó su incipiente carrera como boxeador ya que ningún agente quiso jugársela con él, que salía al ring como un demonio pero pronto se quedaba sin aliento. Para el loco era cuestión de matar rápido o morir. En esa ocasión, había hecho lo primero. No sabía que también habría de hacer lo segundo.

Irónicamente, la siguiente mañana, el cuerpo que arrojamos al mar fue el de Bulmaro. El loco tomó el torso, yo tomé los pies, lo balanceamos un par de veces para tomar impulso y en un instante se hallaba volando por los aires para ir a caer al mar. Nos quedamos parados lado a lado un momento. Entonces el loco me palmeó la espalda mientras me decía "Hay que empezar a pensar en qué vamos a decir cuando regresemos. Tenemos tiempo". Fue en ese momento cuando finalmente me decidí. Coloqué mis dos manos sobre su espalda y le di un fuerte empujón que lo mandó hasta el mar. Aún consciente, el loco trató de asirse del cuerpo de Bul, que flotaba a su lado. Entonces me miró a los ojos, sin poder entender qué había pasado. Me pidió ayuda, incluso me dio instrucciones para ayudarlo. Me dijo que a pesar de que no teníamos botes salvavidas a bordo, tal vez podría encontrar una cuerda que lanzarle. Entonces se dio cuenta de que no iba a ayudarle y me lanzó toda clase de improperios que yo escuchaba con el rostro impávido, aunque por dentró sentía cómo la adrenalina recorría todo mi cuerpo mientras mis ojos se llenaban de lágrimas y mi frente de sudor. Poco a poco el loco dejó de gritar y de agitarse, presa del cansancio, hasta que de repente paró del todo. Había muerto finalmente, tal vez más de miedo y de cansancio que a causa del agua que había tragado y que ya comenzaba a hundir su cuerpo en el océano, de donde nadie jamás lo sacaría.

Emprendí entonces el camino de regreso. A pesar de que al principio no sabía ni qué dirección tomar ni cómo hacerlo, pronto fue evidente que había alguna presencia junto a mí, algo que se apoderaba de mis manos y mi mente y me guiaba sin ninguna dificultad a mi destino. Me dejé llevar por esta presencia misteriosa casi sin pensar en nada. La travesía de regreso fue mucho más corta de lo que yo había esperado y en pocos días empecé a ver a lo lejos en el horizonte la conocida y añorada ciudad de Altíos. Siguiendo el último consejo del loco, comencé a pensar en la historia que les iba a contar a las personas una vez que hubiera llegado. Me invadió también la desesperación al pensar que tal vez durante nuestra travesía, Isaac hubiese vuelto. El estómago se me revolvía al imaginarlo durmiendo al lado de Atenea, sintiendo su cálida respiración en el rostro, el olor de su cabello, lo suave de su piel.

Finalmente, después de no sé cuánto tiempo en el mar, llegué de nuevo a Altíos. Mientras me acercaba a la costa, la bruma comenzaba a disiparse dejando ver la silueta de una mujer que esperaba parada junto a la playa, las olas mojándole los pies descalzos. Era Atenea. Al verme acercarme a ella no pudo contenerse más y nadó hacia donde yo venía llegando. Se me lanzó al cuello y comenzó a besarme en el rostro, en los labios, en las manos y en el pecho. Al principio no entendí lo que estaba sucediendo hasta que me dijo "Isaac, Isaac, te extrañé tanto, tanto...". Me llevó a casa y me ofreció un plato de mi comida favorita: pescado enlimonado con arroz rojo y ensalada de lechuga y cebollas bañado con el aderezo que ella preparaba. Ahora sólo falta René, mi hermano mayor, y entonces podremos volver a ser felices.

sábado, 12 de marzo de 2011

United States of Zombieland

Ya llegamos a los EU. El viaje estuvo menos pesado de lo que esperaba, gracias en parte a las amigas de María que nos echaron la mano para documentar las maletas. Gracias en especial a Ita De Ita, o Itandehui Chabacano. Ni siquiera la entrada estuvo difícil, incluso a pesar de las larguísimas filas que había. El oficial de inmigración muy amable, la gente encantada con los niños a pesar de que no hablan inglés. Lo complicado fue la salida del aeropuerto. Se puso tan complicado que creo que duramos como dos horas nada más en salir, debido principalmente a la pésima organización de LAX. Finalmente salimos. El problema es que con el ajetreo, se me olvidó la laptop en el avión, y yo bien preocupado pues me repatea el hígado la idea de no poder ponerle acentos a las palabras, a mí que me fascina eso de la acentuación, la pronunciación, la ortografía, la clásica pésima escritura de los entes que deambulan por el ciberespacio y sobre todo, que soy un amante de las esdrújulas. Finalmente la logré recuperar, la chava del aeropuerto muy amable, haciéndome bromas y sonriéndome con sus dientes blanquísimos. Finalmente regresamos a la casa contentos y felices, listos para iniciar nuestra aventura indocumentada.