El asunto con esto de la poesía, de la buena poesía, es esa maña que tiene para hacernos vivirla de una manera distinta cada vez que la leemos. Una frase cualquiera que pasa desapercibida hoy puede convertirse dentro de diez años en la médula del poema. Una frase bien dicha puede pegar más fuerte que un millón de puños, o conmover, o consolar. Hoy, por enésima vez, volví a leer Algo sobre la muerte del Mayor Sabines, y la encontré particularmente conmovedora. Quise compartirla con mi mujer, y ella a su vez con su mamá. Viví una pequeña catarsis, que probablemente es lo que venía necesitando desde hace un buen tiempo. Esta noche la situación parace más llevadera. Escribo mientras mis niños dibujan en una hoja de papel bond, de esas que se usan para imprimir, y se les ve muy felices, dibujando bebés pelones y monstruos salidos del imaginario de mi madre, mezclado con algunas creaciones mías y de mi mujer.
Creo que dejaré la antología guardada por algunos años más, esperando que se empolve un poco, que se me acumulen algunas vivencias, y entonces veremos qué hay de nuevo.
