Siete horas separan Vacaville de Los Angeles. Siete horas pueden ser mucho tiempo o pueden ser poco tiempo, dependiendo de las circunstancias en las que dichas siete horas transcurran. En mi caso, esas siete horas fueron un viaje maravilloso, lleno de vacas que a lo lejos aparentaban ser manchitas blancas con negro; varias paradas a lo largo del camino: una para desayunar en Denny's, para cargar gasolina, para que mis hermosos hijtos fueran al sanitario. Escuchamos siete horas de canciones, cantamos, los nenes se desesperaron a ratos, se pelearon, se durmieron, se volvieron a despertar. Obviamente, no pudo faltar el "Ya llegamos?" repetido cada cinco minutos por Junior mientras miraba por su ventana apenas 20 minutos tras haber iniciado el viaje. Fue hermoso recorrer el estado de California, e impresionante pensar en que tras siete horas de camino, apenas recorrimos la mitad del estado, quedamos maravillados ante la inmensidad territorial de los Iu-es-of-ei, para no mencionar que pudo haber sido nuestra tierra mexica... no entremos en esos temas tan escabrosos.
Ya estando en Vacaville tuve por una semana un recordatorio de lo que se siente levantarse al amanecer, trabajar y regresar a casa en la tarde para ver a mi familia. Hubo otra cosa, algo maravilloso que nunca antes en mi vida me habia sucedido: al ser Vacaville una ciudad tan chiquita, es posible regresar por las tardes y comer en casa, en mi hotel en este caso, junto con mi familia. Por un momento fue como cuando estaba en la primaria y mi padre trabajaba a cinco minutos de la casa, regresaba a comer y creo que hasta tiempo le daba para echarse una siesta. Fue tan bello poder regresar y comer con ellos diariamente. Y fue mejor poder salir a jugar con ellos todas las tardes tras la oficina. Y fue tan triste saber que esa probadita de cielo solamente iba a durar una semana. Sin embargo, muchas veces es cuando sabes que algo va a terminar pronto que lo aprecias y lo valoras realmente.
Y en un abrir y cerrar de ojos, mi semana junto a mi familia se fue. El viaje de regreso tuvo una breve parada por San Francisco para visitar Alcatraz, pues fue algo de lo que nos quedamos con las ganas la vez anterior. Maravilloso, interesante, la vista desde Alcatraz a la ciudad de San Francisco estuvo impresionante, los chiquitines se divirtieron como enanos, valga la redundancia. Finalmente regresamos a Los Angeles, tras otras siete horas de camino, esta vez no tan ruidoso pues los bebos cayeron dormidos, agotados tras la visita a San Francisco.
Fue mi primer viaje en carro con mi familia, manejando a lo largo de California; y puedo decir que me muero de ganas de repetirlo cuanto antes. Lo mejor de todo es que tanto Juno como Mandy y mi princesa sienten lo mismo. No puedo esperar...
